05.02.2014

Las figuras aladas de William Blake siguen buscando nuestras almas

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Poeta, pintor, grabador. “El artista total” para sus seguidores. Nos acercamos a la original obra de William Blake y su búsqueda épica e impenitente por hallar el alma en el cuerpo a través de una selección de libros que muestran que, dos siglos después, no solo es capaz de mostrarse actual, sino que aún irradia un magnetismo difícil de explicar.

Pronunciar el nombre de William Blake es hablar de todas las excepciones. Hablar de este gigante ya no solo de las letras, sino también del arte, es adentrarse en un mundo lleno de colores y de imaginación, mucha imaginación, y un mundo, por otra parte, muy distinto del que hemos conocido. Por suerte, el panteón fantástico de este artesano, poeta, grabador, pintor y visionario refulge de la mano de editoriales (no tanto de exposiciones, mensaje para marcianos gestores de la cultura) que aún creen en el poder plástico y literario de su obra.

En este sentido, Ediciones Atalanta lleva siendo una avanzadilla desde hace ya unas décadas; a estas alturas todos sabemos cómo se las gastan, pero al parecer siguen empeñados en reverdecer lo que hoy –ars gratia artis, como decía el lema de la Metro Goldwyn Mayer– es imposible sacar a flote. Este acontecimiento, como cualquier otro, necesita un comienzo, así que voy a acentuar el valor de haber construido ese monumento editorial gracias a la elaboración, edición y compilación del primer volumen de sus Libros proféticos, reunidos en facsímil y en versión bilingüe. Un amigo me recordó recientemente aquella famosa frase de la obra de Edmond Rostand sobre ese último caballero de letra y espada que es Cyrano de Bergerac: “Un hombre honesto no es francés, ni español, ni alemán, es ciudadano del mundo y su patria está en todas partes”. Y es que con William Blake pasa un poco lo mismo, su obra no tiene ninguna nacionalidad pero a la vez forma parte de todas ellas. ¿La universalidad, quizás? Valga decir que así son los genios. O no.

Elucubraciones nacionalistas al margen –la parrilla informativa está repleta, el tiempo nos revelará si por suerte o por desgracia–, las vicisitudes de la vida de William Blake son esas que todo melancólico añora a pesar de no haberlas vivido y que tampoco vivirá, cosa que ahora podemos decir con total seguridad sabiéndonos conscientes del bombardeo diario de imágenes al que contribuimos, pero de esto hablaremos otro día. La vida de William Blake, decía, es de esas vidas que uno en ocasiones puede considerar delirante; entiéndanme, no es habitual ir a visitar a un amigo y encontrárselo con su pareja tumbados en un jardín recitándose mutuamente en voz alta el Paraíso perdido de Milton. De acuerdo que Milton hoy sería a todas luces una rareza, pero nada tendría de especial si no fuera por que esos amigos se encuentran plácidamente tumbados como Dios los trajo al mundo. Esto sí tiene miga. ¿Maravilloso? Evidentemente.

Pero extraño se mire por donde se mire, tanto en el XVIII como en el XXI. Anécdotas en su vida las hay a puñados, pero su trayectoria personal, profesional y vocacional, así como la relación que tuvo con Catherine Boucher, su esposa, con la que se casó a los 25 años, es –rara vez podré estar en desacuerdo con Patrick Harpur– verdaderamente memorable y adquiere para mí todo el interés del mundo. Imaginemos una criatura de diez años capaz de decirle a su padre que no quiere ir a la escuela y que en su lugar desea pintar y dibujar. Dejemos de lado a su madre, eso sí, puesto que ella fue la encargada de propinarle algún sopapo que otro, y dibujemos a ese padre, James, propietario de una lencería de Londres, que accede con la ternura que todos desearíamos ofrecer como padres pero también recibir como hijos, y pensemos entonces que no solo le sostuvo sino que alentó su perseverancia. ¡Que levante la mano quien no hubiera deseado un padre así! El caso es que William ingresa con diez años, justo después del primer guantazo materno, en la escuela del dibujante Henry Pars y con apenas 14 en el modesto taller de James Basire, un grabador que lo envía a copiar estatuas antiguas y, sobre todo, al panteón real británico por excelencia, la abadía de Westminster.

Se dice, sin mucho fundamento las más de las veces –seamos honestos como Cyrano de Bergerac–, que allí  fue donde el muchacho se empapó del amor por el gótico y la artesanía del arte, allí y no en otro lugar, donde entre tantos rayos de sol reflejados en aquellas vidrieras de colores fascinantes el joven William quedaría maravillado por la magia de los antiguos artífices. También había sufrido visiones con nueve años, pero ahora bien, desde que un ingeniero sueco de minas, espirituoso también de los de tomo y lomo, Emannuel Swedenborg, sufriera la suya sentado en un café de Londres alucinando con la aparición de Cristo, Blake decidió formar parte de ese cotarro espiritual inscribiéndose en la Sociedad Swedenborgiana, “lo más parecido a ir a misa que llegó a hacer”, dice Harpur. Pero en realidad aquí empieza el dilema para Blake. En una carta a su amigo el reverendo Trusler, William se confiesa: “Siento que un hombre podría ser feliz en Este Mundo. Y sé que Este Mundo Es un Mundo de Imaginación y Visión. Veo Todo lo que pinto en Este Mundo, pero Nadie más ve de la misma manera”.

La labor de Blake como ser humano no fue comparable a la de ningún hombre de su tiempo. A las pruebas me remito. Después de lidiar con el trance familiar que supuso casarse con la hija analfabeta de un hortelano sometió, de nuevo, el amor al amor mismo, y enseñó a Catherine a leer y a escribir. Un gesto que lejos ya de definirlo mediocremente como amable o altruista, habla del profundo sentido que tenía de las personas. Otra cosa es su vida interior, que Harpur, en cambio, desestima de golpe y porrazo tildándola de irrelevante. Ciertamente no es equiparable, es evidente, pero de ella se extrae con mayor nitidez el carácter del poeta, del ciudadano del mundo, por usar las palabras de Rostand.

Libros Proféticos I Blake_HD

Así las cosas, insisto en que imaginen a un señor que ve cosas bizarras y a la vez a una mujer que le ayuda a verlas, porque en efecto Catherine no solo fue su compañera sentimental sino que se convirtió en el pinche de cocina que necesitaba. Y así pasaron ambos sobre el obsesivo e ilustrado Siglo de las Luces, tomados por un par de congéneres descarriados al servicio de su propio delirio, marginados, de no ser porque otro joven pintor, Dante Gabriel Rosetti, tremendo pero trasnochado visionario –se administraba formidables dosis de cloral para llevar a cabo sus cuadros y llevó a la ruina a más de una conquista femenina, de lo que por cierto no hablan los manuales de arte–, y no un pura sangre como Blake, acogiera la obra del maestro como principal inspiración artística.

En este volumen, por volver al libro y no a otros derroteros, se recogen el Tiriel, un bellísimo poema narrativo en heptámetros donde Blake dio rienda suelta al género de la epopeya en torno a la figura tiránica de su protagonista (a la postre, está imbuido de las enseñanzas del Homero de Pope); el Libro de Thel, un relato arcádico compuesto en métrica alejandrina de catorce sílabas que sobresale a la fuerza por ser el primer ejemplo que combina texto y grabado en la obra de Blake; el conocido Matrimonio entre Cielo e Infierno del que no es necesario añadir nada; esos tres libros concebidos a modo de ensayos poéticos, La Revolución Francesa, América: Profecía y por último Europa: Profecía, donde cabe señalar el frontispicio que incluye su famosa lámina El anciano de los días (1794); también Visiones de las hijas de Albion, uno de los más hermosos homenajes que Blake abordó en su reivindicación contra la esclavitud femenina y que la crítica de la literatura ha sepultado gracias a las malas costumbres; o El [primer] libro de Urizen, un émulo libresco del Génesis bíblico profuso en imágenes a color estampadas por el autor; cierran el Libro de Los, el Cantar de Los, tan breves como sugerentes al paladar y el tal vez más ambicioso poema de este primer volumen, que no es otro que Vala, o los cuatro Zoas, en el que Blake invirtió diez años de su vida y nunca consideró terminado. En él podemos ver la maestría del artista, que ya se expresa suelto y con holgura, expresionista en ocasiones, pero vigoroso siempre. Una delicia a la que corresponde una cuarta parte de la publicación.

Kathleen Raine (copertina)

Fue la suya una búsqueda épica e impenitente por hallar el alma en el cuerpo. Asimismo Kathleen Raine, posiblemente la mayor especialista en William Blake que haya existido nunca –por encima de don Luis Cernuda, aunque nos cueste decirlo– además de un portento en estudios de literatura inglesa, dice que “para él, el error fundamental de la civilización de Occidente consiste en la separación de la mente y su objeto, la naturaleza”, separación tomada desde Aristóteles y que luego aceptaron comúnmente todas las sociedades modernas secularizadas. El mensaje inspirado de Blake es “ni más ni menos que declarar y demostrar las desastrosas consecuencias humanas de esta escisión”.

Pero Blake da para mucho, ya que después de dos siglos no solo es capaz de mostrarse actual, sino que aún irradia un magnetismo difícil de explicar. Nos advierte de muchas cosas y nos advierte con sus figuras aladas y levitantes que dentro de nosotros tal vez exista un mundo que desconocemos y afuera uno que no vemos. Tampoco sabemos quién es más genial, si el propio Blake, opuesto en rotundo al culto de la Pasión de Cristo, “que consideraba una veneración del cuerpo muerto de Jesucristo” en palabras de la erudita británica, o la propia Raine, que declaró literalmente: “Me indigna esa tendencia al masoquismo, o al sadismo, o a ambos, en el culto católico posterior a la Contrarreforma de las Estaciones de la Cruz”. Como ven, hay para todos. Lástima que a ambos se les haya atribuido un sesgo militante que, como pueden comprobar, tiene sus matices. Consecuencias lógicas del desconocimiento. Por ello Atalanta recoge estas cuestiones en un libro titulado Ocho ensayos sobre William Blake, donde nuestra protagonista despliega todo su arsenal ensayístico e investigador con la misma rotundidad y alevosía con que Blake grababa sus poemas intentando enviar un mensaje críptico a la Humanidad. El original se publicó en 1991 y es, hasta el momento, en presente, lo mejor que se puede encontrar en español sobre la vida y obra de este creador único.

Así que, después de hablar de William Blake, ese hombre al que también Chesterton dedicaría una biografía (William Blake, Espuela de Plata, 2007) y donde dijo, con todo el buen sentido común que le caracterizaba, pero sin dejar de perder por ello una pizca de ese humor elegantísimo: “Habría sido el primero en mantener que la biografía de cualquier hombre necesariamente debe comenzar con las palabras: En el principio Dios creó el Cielo y la Tierra”, como ven, los matices van sucediéndose. Ahora es cuando yo podría hablar de Chesterton con devoción y desmesura porque Chesterton es un personaje sin igual, pero eso es otra historia. Así que me centraré en el alma, ya que el alma es el verdadero motor del cambio, no solo en el arte y la literatura de finales del XVIII y principios del XIX, donde brota con una mayor fuerza, sino también en la visión de conjunto de la Europa del momento. Recordemos de pasada la publicación en 1807 de la Fenomenología del espíritu de Hegel, un libro que vertió un nuevo concepto de espíritu en todos los recovecos de Centroeuropa y que luego se propagó con pasmosa facilidad al resto de países que mostraron cierta sensibilidad para la filosofía. Según el fenomenólogo italiano Luca Vanzago, autor de una reciente Breve historia del alma (Fondo de Cultura, 2011), para Hegel esta representa “sobre todo la primera manifestación del Espíritu”. En ese caso, continuemos levitando.

Patrick Harpur (copertina)

Patrick Harpur, citado ya, entre otras cosas, por ser el encargado de prologar los Libros Proféticos, es autor de otro texto alumbrado por Atalanta –ya les digo que es todo un acontecimiento–, La tradición oculta del alma. Y es que se nos antojaba preciso hacer comparecer en la misma sala los ensayos de Raine, las profecías de Blake y este tratado de Harpur. Lo decíamos antes: el alma se ha erigido como el vehículo más extraordinario que el hombre haya cultivado en su paso por la Tierra. Ha sido objeto de disputas, de enfrentamientos, de guerras incluso, pero no ha dejado de inspirar, dada la abstracción de su naturaleza inmaterial. Todos la conocen y nadie sabe lo que es. Ha sido piedra filosofal para cristianos, ente animado con vida propia para culturas tribales preliterarias, clave de bóveda metafísica para ilustrados dieciochistas o un fenómeno aporético para positivistas, pero no ha dejado de ser una inspiración rutilante a la que acudimos cuando la desorientación se hospeda en nuestra fragilidad, flaqueza o debilidad, sin embargo, rara vez cuando –por recordar a Petrarca– alcanzamos la cima del Ventoso. Blake la convirtió en su motor inmóvil y levantó un pedestal diáfano (no hacía falta nada más) en su memoria, la del alma, que había transitado personas y lugares en un eterno retorno que volvería una y otra vez para decir, ahora sí, que “si eres alimento de gusanos, oh virgen de los cielos, ¡qué grande tu utilidad!”, pues como diría el poeta en el Libro de Thel: “Todo lo que vive no vive solo, ni para sí […]”. Aristóteles, dos tazas, por favor.

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Sobre el autor


Desde que empezó a colaborar en 2007 como redactor en distintos medios, esta mente inquieta no ha dejado de interesarse por manifestaciones culturales de todo tipo. Es italianófilo, investigador de Historia del Arte, especialista en la obra de Miguel Ángel Buonarroti, y ha publicado artículos en revistas universitarias nacionales e internacionales. Su amor por el arte y la literatura lo han convertido en un humanista de sensibilidad transversal, abrazando así una lectura multidisciplinar en cualquier campo de estudio que lleva a cabo. Su faceta como poeta y escritor, todavía inéditas, espera hallar el instante propicio para saltar a la palestra literaria. Hasta que ese momento llegue, su letra queda al servicio de la comunicación en defensa de una cultura común y plural. Cultivar es cosechar. Puedes seguirle en Twitter: ‘@Mario_Colleoni’

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3 comentarios

  • El 29.04.2014 , Luis ha comentado:

    Hola. Soy Luis. A ver si podéis echarme un cable. Me gustaría conocer más sobre un grabado del sensacional William Blake. Creo que se llama Jerusalem, pero no estoy seguro. Muestra un hombre que, sigilosamente, se dispone a cruzar una puerta, mientras lleva en su mano derecha algo cuyo brillo amenaza con delatarle. Para mí, lo está robando. Pero, ¿qué es eso tan esplendoroso que “roba”? Os agradezco de antemano vuestra atención.
    Saludos cordiales,

    Luis Falcón

    • El 30.04.2014 , Mario S. Arsenal ha comentado:

      Hola Luis,

      Realmente no localizo el grabado del que hablas; hay uno muy similar llamado “El fantasma de la Pulga”, pero no es un hombre, se trata de una figura monstruosa, no sé si ese al que te refieres. Únicamente puedo remitirte a la bibliografía inglesa, pues en España no hay catálogo de grabados y, para una oportunidad que tuvo el CaixaForum de hacerlo, soprendentemente la desecharon. Siento no poder darte más datos concretos. Si sigues interesado en ello, escríbeme por privado y lo miramos.

      Un saludo.

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