‘Locas, tontas, señoritas’: un repaso por las feministas de hace un siglo

‘Locas, tontas, señoritas’: un repaso por las feministas de hace un siglo

Foto: María Pérez Herrero.

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La escritora María Pérez Herrero.

María de Maeztu, Clara Campoamor, Carmen Baroja, Victoria Kent… Mujeres que marcaron una época y que abrieron un camino por el que hoy transitamos. Cinco días antes del estado de alarma y del confinamiento nos encontramos en un bar de la Gran Vía madrileña con María Pérez Herrero, autora del libro ‘Ni locas, ni tontas’ (Espasa), un relato novelado de la creación, hace casi un siglo, del Lyceum Club de Madrid, espacio que revolucionó el feminismo, apostando por el apoyo real a las mujeres de entonces. Heroínas a las que debemos mucho. Merece la pena que nos adentremos en sus obras y vidas.

¿Cómo surgió la idea o la necesidad de escribir sobre estas mujeres?

Todo es fruto de las lecturas. Yo empecé a leer a todos los prosistas de principios del siglo XX, la generación de la Edad de Plata y poco a poco empecé a averiguar que ahí se entremezclaban un montón de personas y me puse a investigar por puro afán de conocimiento. Me di cuenta que buscabas una persona y salía otra… Empecé con la Residencia de Señoritas de María de Maeztu, que luego funda el Lyceum Club, donde está Zenobia Camprubí, también Carmen Baroja. Me leí su biografía… Y me quedé asombrada. Me metí en la Biblioteca Nacional a leer y a leer, y me salían los personajes directamente, me llamaban por las paredes de la biblioteca.

Y añadiste a la historia un personaje anónimo, la madrileña humilde y de a pie, como hilo conductor de la trama y contrapunto a todas ellas, de origen burgués.

Realmente el Lyceum Club estaba formado por mujeres que tenían ya una cierta cultura, eran de una burguesía acomodada. Ellas habían salido fuera y sabían idiomas, tenían una educación superior y se dan cuenta de que en realidad, según el Código Civil, son mujeres menores de edad, que no pueden hacer absolutamente nada. No tienen capacidad de maniobra ni en su matrimonio.

Fue esencial que ellas tuvieran una visión más global del mundo, que estuvieran viajadas.

Efectivamente, eso es así. También fue motivo la educación que recibieron. María de Maeztu tenía de segundo apellido Whitney, su madre era inglesa, una mujer muy enfocada en la educación de la mujer. En una situación además un poco precaria, porque su marido murió y ella montó una escuela en Bilbao para señoritas; desde el principio educó a sus hijas en el concepto de que tenían que esforzarse, estudiar y trabajar. Y esa idea a María se le queda para siempre y la desarrolla posteriormente.

Me llama la atención el talento y la sensibilidad de los hombres con los que ellas se relacionan, muchos de ellos artistas que han pasado a la historia con gran notoriedad. Y sin embargo, estos hombres en muchos casos son infieles, reclaman a sus parejas que estén en casa… Ellas libraban no solo una lucha social, sino su propia batalla en el hogar.

Claro. Hay que mirar todo en el contexto. No es lo mismo hablar de feminismo ahora que a principios del siglo XX. Cuando estas mujeres deciden pedir el voto y abogar por la educación de la mujer y por su trabajo, toda la sociedad está marcada para que la mujer no sobresalga, para que sea tradicional y “de casa”. Alrededor de eso, sus maridos vivían en esa sociedad, la mujer debía ser el ángel del hogar, la dulzura, la piedad, etc… Ellas cuentan con que sus maridos las van a ayudar, pero realmente lo que hicieron, ser capaces de crear este club, fue toda una proeza feminista. Me parece de gran esfuerzo, valor y audacia.

¿Pensarían ellas al poner en marcha el club que iban a conseguir todo lo que lograron? No sé si incluso luchando por esas libertades las considerarían utópicas.

Yo me imagino que sí, que ellas debieron de pensar “bueno, ya veremos, fenomenal, un club solo de mujeres, donde se van a hacer conferencias, actividades culturales…”. Y se empiezan a dar cuenta que a través también de la prensa pueden decir cosas de sus conferencias, que pueden dar sus cursos sobre Derecho, para informar a las mujeres de cuáles eran sus derechos una vez estaban casadas. Entonces era el marido el que manejaba todos los bienes de su mujer.

Una de ellas, Rosario Lacy, la primera ginecóloga española, también habla en el Lyceum del desconocimiento que tenían las mujeres de la época del cuerpo femenino, de su sexualidad.

Fueron conferencias avanzadas. Y todo esto está documentado, no me he inventado nada más allá que los personajes anónimos de la historia, los de ficción, que incluso así existieron. Cómo no iba a existir un cura comprensivo que quiere el bien de su comunidad, o esas señoras, madrileñas auténticas que se arremangan y pueden con todo, esa madre lo que desea es que su hija busque un buen marido y que le den nietos. Ese era el mundo de esa sociedad.

En la labor de investigación que has hecho sobre estas mujeres, ¿hay algo que te haya sorprendido por encima del resto?

Cuando no sabes nada de ellas, todo te sorprende. Porque están casadas con el médico famoso, con el poeta famoso, con el pintor famoso… Descubres que las hijas de Sorolla hicieron su exposición allí y vendieron sus cuadros. Me pareció curioso y no tengo conocimiento de dónde estarán esos cuadros. Estaba Maruja Mallo por ahí, Pilar Valderrama, que luego supe que fue Guiomar, el amor oculto de Machado. Hay muchas historias. Termino el libro en el año 40 y hay gente que me ha dicho que se ha quedado con ganas de saber más. Tenemos que conocer la historia y hay mucha documentación muy buena sobre esa época.

Uno de los episodios tiene un título maravilloso, ‘Demasiadas letras secan el corazón’, y refleja bien esa inseguridad del hombre, ese miedo a que la mujer supiera demasiado.

Efectivamente. Es ese feminismo incipiente que les parece bien, pero con control. Que se corten el pelo vale, pero luego en casa a las 9 para hacer la cena. Carmen Baroja en su libro lo cuenta así, que dejaba al conferenciante en la mesa y salía corriendo porque su marido ponía mala cara si llegaba tarde. Cuántas veces, incluso hoy en día, sigue pasando. Eso lo arrastramos mucho las mujeres.

¿Pensaste mucho el tratamiento que das a los hombres en el libro? Encontramos a dos periodistas, uno de mente abierta y otro retrógrado.

Los estudié mucho, porque como escritora no puede haber nada plano. Todo tiene que subir y bajar, los personajes tienen que tener sus puntos de inflexión que los lleva hacia un lado y a otro. A eso le llamo ponerles alma. Los personajes masculinos he hecho que tengan su punto bueno y su punto malo y el de duda y de reflexión. Porque en esa sociedad, en esos años, yo creo que no era fácil. De repente hubo muchos cambios sociales y muchas crisis. Y ellos tienen sentimientos humanos, de todo tipo. Y al final de la historia, no quiero hacer spoiler, pero… ¿cómo termina el libro? Bueno, pues la palabra es silencio. Que es lo que llegó después, 40 años de silencio.

¿Alguna de estas mujeres, de forma personal, te ha interesado especialmente?

Todas en ese momento fueron increíbles. Te hablo de esos primeros años, de la creación del Lyceum, del trabajo, de las ganas de decir a la sociedad que querían cambiar… Luego las historias son muy curiosas. María Lejárraga era una mujer absolutamente increíble. Cómo luego ella fue diputada en el año 33 y cómo se pateó toda Andalucía en unas condiciones tremendas. Ella lo cuenta en sus libros. Y el esfuerzo que hizo para llegar a las mujeres; y en su vida privada no quería sobresalir, estaba sometida. Yo me pregunto, ¿amor o sumisión? Clara Campoamor no la tengo documentada como socia del Lyceum, pero sí estaba en contacto, dio conferencias allí. Bueno y fue la primera mujer secretaria del Ateneo. Y claro, ella es una mujer excepcional, pero María de Maeztu también. Cómo se empeñó en hacer una residencia para mujeres. Que por cierto, la de ellos es Residencia de Estudiantes y la de ellas, Residencia de Señoritas. Y fue increíble y rompedor.

Un gran mérito fue la capacidad de todas ellas para formar un frente común y ayudarse a pesar de sus diferencias.

Su mínimo común es que ellas querían que cambiara algo de la sociedad, poder votar, tener derecho sobre sus propios bienes… Y se preocupaban por las demás. Por pedir el divorcio, la acción que hicieron en las Casas del Niño (institución educativa gratuita para hijos de mujeres trabajadoras). Se esfuerzan. Fue algo que estalló y a partir de ahí se empezaron a crear otras asociaciones.

¿Qué crees que pensarían ellas de la sociedad actual y del lugar que ocupamos las mujeres en ella?

Creo que pensarían: ‘Bueno, pues al final algo se hizo’. Tenemos divorcio, tenemos voto, podemos trabajar más o menos en lo que queremos. Se supone que hay una igualdad, que yo creo que en algunos aspectos no está conseguida del todo… Y bueno, en algunas zonas más rurales todavía hay mucho patriarcado encubierto. Dicen que somos de los países más avanzados, pero si salimos de Madrid a lo mejor nos encontramos cosas… Hay que vigilar eso. Ese patriarcado con ese concepto trasnochado de que tú eres mía y el amor es esto. Pero creo que ellas se sentirían orgullosas pensando que ellas pusieron el inicio del camino. Hay que seguir avanzando. Conocemos la historia y caminamos más.

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