‘Los accidentes’: la respiración entrecortada de muchos tipos de locura

‘Los accidentes’: la respiración entrecortada de muchos tipos de locura

La escritora y actriz Camila Fabbri.

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Los cuentos del primer libro de la escritora y actriz argentina Camila Fabbri, ‘Los accidentes’, que salen ahora en nueva edición en España, hablan de autolesión, de muchos tipos de locura, del amor tóxico, del ansia que provoca la maternidad, de los objetos que te salvan la vida, y lo hace dentro de una normalidad que paraliza la mirada de quien lee. A veces cuesta creer lo que se está leyendo. ‘Los accidentes’ es un lamento largo. La valía de la respiración entrecortada.

Encontrarte con este libro es asistir a la narración salvaje y bellísima de lo oculto. La imaginación como desierto y como vergel, como incógnita para deslumbrar a la inercia. Su portada ya lo dice todo, el desgarrón en la ropa, la herida que no incomoda pero que marca para siempre la manera de administrar el oxígeno de todos sus protagonistas.

Los accidentes es un libro perturbador, ese regalo que no quieres desenvolver porque intuyes que cambiará la perspectiva de todas la figuras geométricas que forman la rutina. Sus historias te dejan sin aliento, te pellizcan como solo sabe hacerlo ese amigo perverso del que paradójicamente no sabes, ni quieres alejarte.

Es un libro cuyos cuentos hablan de cuando la autolesión ya no es suficiente, de muchos tipos de locura, del amor tóxico, del ansia que provoca la maternidad, de los objetos que te salvan la vida, y lo hace dentro de una normalidad que paraliza la mirada de quien lee. A veces cuesta creer lo que se está leyendo. A veces la resolución de uno de los cuentos es la herida que cada día hacemos desaparecer colocando el dedo corazón sobre el espejo: 

“El médico de cabecera había sido muy estricto. ‘Yo no sé bien por qué tantas heridas. Lo que sé es que, cuando el que va a nacer empieza a formarse, el cuerpo es santo”.

Camila Fabbri manipula las sombras, las coloca dentro de las cuerdas vocales de sus personajes hasta convertirlas en palabras capaces de golpear el mundo hasta conseguir que escupa, por falta de oxígeno, todas las mentiras que alberga dentro de su estómago.

Y no duda ni un segundo en poner cabeza abajo el cuerpo del realismo mágico, lo aísla por completo de esa orfebrería en ocasiones de tuétano hueco, en ocasiones de pura sugestión y lo eleva a un estatus de materialismo emocional que hace que la sangre del lector fluya como si no perteneciese a un circuito cerrado vigilado con maestría por el corazón.

“Cerré los ojos un instante y lo primero que vi no fue un sueño. La nuca de mi madre era pura tormenta eléctrica”.

“El semáforo cambió. Cumplió su función de máquina”.

Uno de los hallazgos de este pequeño libro es el potente vicio, que aquí resulta virtud, que tiene su autora por dualizar cada texto, ese afán por engrosar los sentimientos de los participantes de sus historias repartiendo movimientos. Resulta muy original ese suicidio en pareja que narra en Nacimiento, la sincronía mortuoria rayana al esperpento, las heridas compartidas.

“Estar de novia para mí era eso: el estado de alerta”.

“Mordíamos la acera y después nos besábamos”.

Fabbri es excesiva para bien, catapulta la originalidad hacia el lector con vehemencia, pero jamás yerra, siempre es exacto el lugar al que arroja la piedra. Fabbri es una María Magdalena que repasa sin pudor la línea de la vida, que interpela y reparte piedras por todas las casas y lugares que habitan sus personajes para cambiarles la vida, para ofrecerles las oportunidades que les niegan su procedencia y sus miedos.

Fabbri posee una sabiduría emocional y social que extiende sin límites en cada párrafo hasta hacer de la narración una expresión altamente novedosa. No deja de correr riesgos desde el punto de vista argumental, es excéntrica en la elección de sus protagonistas, de sus diálogos, de sus silencios. La tragedia que narra es un tragedia distinta, nada impostada, una tragedia de palabras simples y atmósferas extraordinarias que hace entroncar su vastísima imaginación con las escenas más aprehensibles de lo ordinario.

Los accidentes es un libro descortés y despiadado. Todo son choque y heridas físicas. Un categórico purgatorio sin dioses y con la aterradora presencia de la vertiginosa biografía de cada uno de sus protagonistas. Todos ellos son animales de inteligencia destacada, a pesar de dolor que le infringen al currículum que irá deformando su vida hasta convertirlos en monstruos incomprendidos pero profundamente verosímiles.

“Cuando me clavas la mirada fija me dan ganas de golpearte, Agostinho. De chiquito hacías lo mismo. Esa mirada dura, rígida, como de quien nace adulto”. 

Los accidentes está plagado de gloria libertaria en cada frase. Las normas no existen para Camila Fabbri, todo en sus palabras es revolución y reverencia a la imaginación y al deseo, a un deseo al que despoja de la carnalidad que lo debilita. Su deseo posee una alcurnia distinta al de la carne sudorosa y cautiva de los amantes.

Cada relato es un juego agónico, un chorro de luz que derrumba cualquier búsqueda de orden y, sin embargo, cada historia vuelve insaciable a la memoria del lector. Revoluciona su velocidad vital mientras va entregándose a la heterodoxia que ofrece el abismal universo de la autora.

Fabbri parece homenajear a Shakespeare a cada instante. Lo hiperactualiza, su aliento es un eco que recorre el siglo XXI con la indómita extrañeza con que una madre visiona por primera vez las sábanas manchadas con el semen de su hijo.

Es también desestabilizador su refinado sadismo, los diálogos entre los interlocutores que ha creado son pura exigencia, pura poesía, puro ritmo viciado con excelencia. Y llaman poderosamente la atención los temas que escoge para hacer vivir a sus protagonistas. Su lejanía de la normalidad, las dobleces con las que marca todas sus páginas y a todos sus protagonistas. Su observación tiene el poder de hacer saltar por los aires cualquier estereotipo.

Fabbri no contempla la individualidad como fuente narrativa. Es muy dependiente del equilibrio bicéfalo de las relaciones pese al caos que articula en sus historias. Y lo expone por ejemplo en el cuento Carretera plena:

“Siempre de a parejas, la cosa”.

Vuelve macabra la rutina, como si supiese la realidad  que hay escondida en cada casa, en cada lugar, en cada nube, en cada árbol.

El clima de sus relatos es muy inusual, como si empujara lo inexplicable hasta la realidad con el único fin de hacerlo existir:

“Los ‘sí’ que pongo con los ojos nunca los cumplo”. 

Crea imágenes tan novedosas para sostener el poder de lo irreal que desborda las fronteras de la propia narración, pero es una autora tan íntegra y tan honesta que cuando la narración se vuelve inestable reconduce esas imágenes y las transforma en un asidero indestructible.

“Sobrevolé distintas épocas. Pero el aire tiene esa liviandad de lo que no pasa”.

En sus cuentos nada deja de transformarse, nada queda cerrado en el cuerpo de sus personajes, cada frase es una extensión abierta, una mano liberadora, un pasadizo secreto:

“Cuando mi mamá se murió, también me dolió lo femenino. Y en su cajoncito de muerte se llevó treinta aviones verdes. Se los puse yo”.

“Las aviadoras necesitamos labia para acatar determinadas cosas”.

“Era un tonto de mentira. Y mientras me hacía el tonto, escuchaba los gritos feroces de una mamá anciana todavía femenina. El sudor de mi mamá, escuchaba. Y así me quedaba dormido”.

Todo es útil para trasgredir en esta narración anclada entre lo onírico y lo que erosiona la vida, porque a veces los sueños también dejan marcas que aniquilan la supervivencia de nuestra eternidad.

No dejen de leer Los accidentes porque es un libro incierto lleno de certezas. Un lamento largo. La valía de la respiración entrecortada. La fantasía por encima de la realidad. Rehacer el mundo hasta desfallecer. Volverlo mayúsculo. Esconder lo inútil y empujar todas las vidas hacia el abismo hasta convertirlas en una obra de arte con imperfecciones bien visibles. Porque es una explosión colosal de materia muerta, un peeling químico que lame con precisión todo el dolor que exhala la carne ajada por la costumbre.

No dejen de leer Los accidentes porque su autora es un prodigio, una puerta que traslada los límites del mundo.

‘Los accidentes’. Camila Fabbri. Paripé Books. 154 páginas.

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