04.03.2014

Los domingos duelen

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domingo

Los domingos son dolorosos para muchos como consecuencia heredada de la infancia. Paco Tomás reflexiona en esta columna sobre este día fatídico de la semana. Cuenta además, con una sinceridad que desarma, algunas de las razones que le llevan a temer la llegada de la mayoría de los números rojos en el calendario.

***

Es domingo. Al contrario de lo que muchos puedan pensar, ha salido el sol. Escribo sin saber si definitivamente voy a publicar esta columna rota, como un resto de una vieja civilización. No sé si daré rienda suelta a este analgésico exhibicionismo o lo guardaré en una carpeta de mi ordenador bajo la etiqueta de ‘inéditos’. El contenido de estas palabras que se van escribiendo por impulsos, como un cadáver exquisito, no le interesa a nadie mas que a mí. No hablo de la homofobia de la Iglesia, del dolor de Uganda ni de las aplicaciones para el móvil que nos hacen la vida más fácil. Hablo de esa incómoda sensación, de esos amplificadores de la melancolía que son los domingos. Lo intuí desde muy pequeño: los domingos duelen. Y me impresiona descubrir que, varias décadas después, su funesta influencia sigue activa.

Supongo que la infancia, el origen de todo, marca el inicio de esta relación antipática con el séptimo día. Fueron los días de la misa de once, de la comida familiar, de la visita a los abuelos; el telón de la semana, el último suspiro, pero, sobre todo, eran los días que anunciaban el eterno comienzo, el regreso del lunes, el bucle demente al que había que acostumbrarse. Deseaba con todas mis raquíticas fuerzas que los sesenta minutos que separaban las cuatro de las cinco de la tarde fuesen eternos, se multiplicasen por mil, sucediese algo extraordinario que paralizase el tiempo y le impidiese avanzar hacia el día siguiente. Pero eso nunca sucedía. Y las sintonías de los programas deportivos de radio y televisión aprisionaban mi estómago y lo oprimían hasta hacer brotar la congoja.

Imagino que ningún niño quiere volver al colegio después del fin de semana. En mi caso, era no querer volver al miedo, a la burla, a la discriminación, al acoso del niño diferente, que ni siquiera sabe que es diferente, en un colegio en el que nadie le daba mayor importancia al hecho de que tus compañeros te recibiesen, a la entrada de clase, alineados en un pasillo que tenías que cruzar bajo una lluvia de golpes, collejas y patadas. Nadie le daba la mayor importancia al hecho de que hubiesen escrito, con un objeto punzante, ‘maricón’ en la madera de tu pupitre para que así no pudieses volver a borrarlo. Nadie le daba la mayor importancia al hecho de que, durante los recreos, padecieses el dilema de jugar con las niñas o fingir que querías jugar con los niños, con el único objetivo de ser aceptado en el grupo. Cuando yo era pequeño, eso se solucionaba con un “son cosas de niños”; ahora, al menos, se llama acoso escolar.

Supongo que ahí empezó mi nefasta relación con los domingos. Pero han pasado muchos años desde entonces y lo curioso es que, a día de hoy, cuando todo lo que padeció aquel niño ya no es traumático y ha servido para afianzar los pilares de mi conducta, los domingos sigan alimentando la sensación de vacío. En ocasiones me despierto y los escucho llegar, tranquilos, seguros de sí mismos, como los psicópatas que disfrutan con la agonía de sus víctimas. He llegado a presentirlos durante una de esas vacaciones en las que se pierde la noción del tiempo y, de repente, sin saber por qué, un recuerdo nostálgico se materializa ante tus narices, se evoca en una frase, un aroma, una melodía, y experimentas esa desconcertante sensación, como una hostia imprevista, que te hace indagar en el calendario para descubrir que simplemente es domingo.

Los domingos duelen. Me siguen doliendo. Y aunque he aprendido a domarlos, no he logrado despojarlos de toda su autoridad en mi ánimo. Creo que el amigo y gran actor Jorge Calvo debe ser de las pocas personas que consiguió, con su fiesta ¡Qué Maravilla!,  que algunos domingos de mi vida tuviesen la luz de un viernes.

Los domingos duelen porque, de alguna manera, los siento como días de transición. Y las transiciones duelen. La soledad siempre es más cruel los domingos. La pena es más severa los domingos. La nostalgia se regodea en los domingos. Hasta intentar comer un plato de paella puede ser insoportable un domingo cuando todos los restaurantes exigen un mínimo de dos personas. No importa que salga el sol o el cielo amanezca cabreado con la tierra; el domingo siempre encuentra una razón para pellizcarte el corazón. Todo se interpreta: un mensaje en el whatssap, un video o una foto en el Instagram, un recuerdo del día anterior. Todo, como en una pesadilla, se convierte en un arma blanca en manos de un tipo de poca voluntad.

He llegado a entregarme al sábado con tanta vocación de eternidad, sin ver el horizonte del fin de semana, que inauguro el domingo abrazado a la resaca. Y entonces es cuando él se frota las manos, dibuja una mueca sonriente en su rostro invisible y te mira con la condescendencia del perdonavidas. Son esos domingos en los que las horas se van ensombreciendo en tu interior hasta que, sin darte cuenta, como un autómata entregado al masoquismo, buscas el disco de los Carpenters y pinchas Rainy days and mondays, comprobando que no eres nada original. Que Karen Carpenter ya sentía todo eso que tú sientes solo que para ella eran los días lluviosos y los lunes los culpables de que nada esté mal y, sin embargo, nada se acople como debería.

Como un mecanismo de defensa, recuerdo el final de la cuarta temporada de A dos metros bajo tierra. David Fisher está tratando de superar la peor experiencia de su vida. No puede conciliar el sueño y baja hasta el salón en una mañana lluviosa y desapacible, de esas que hubiesen inspirado a Karen Carpenter. Allí, mirando la ciudad mojada, está el espíritu de su padre fallecido. David ha hablado con él durante toda la serie. En medio de la conversación, uno de esos regalos de la guionista Nancy Oliver, el hijo no entiende que su padre le diga que debe estar agradecido a todo lo que le ha sucedido y el patriarca, interpretado por el enorme Richard Jenkins, le contesta: “Te agarras a tu sufrimiento como si significase algo, como si mereciese la pena, y no merece la pena. Olvídalo. Las posibilidades son infinitas y tú solo te lamentas. (…) ¡Puedes hacer lo que quieras, idiota! ¡Estás vivo! ¿Qué es un poco de sufrimiento comparado con eso?”

Y con el corazón vendado salgo a la calle a vivir otro domingo de mierda.

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Sobre el autor

Paco Tomás
Soy periodista, guionista y, en los tiempos que corren, funambulista. Escribo. Eso es lo que hago la mayor parte del día. También leo y, en ocasiones, releo. Escribo artículos de opinión, teatro, programas de televisión, guiones de cine inéditos y ahora también hago radio. Soy el de “Carta Blanca” en La 2, el de "Alaska y Segura" en La 1, el de “La Transversal” y “Wisteria Lane” en RNE, el del serial “Kurt & Courtney” en Radio 3 y el autor de "Los lugares pequeños", mi primera novela, editada por Punto en Boca.

Puedes seguir al autor en twitter @srpacotomas

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5 comentarios

  • El 05.03.2014 , Alberto Monteagudo ha comentado:

    Qué gran verdad… los domingos son días perdidos totalmente. Yo siempre los paso en casa y el pensamiento de ‘mañana es lunes…’ deja de sonar en la cabeza..
    Pero bueno, gracias a los domingos sabemos apreciar mejor los viernes o los sábados…

    Y siento mucho que tuvieras que sufrir ese acoso cuando eras pequeño… pero de todo se aprende, y como bien has dicho, eres quien eres gracias a todo lo que has vivido 🙂

    Un saludo

    Alberto Monteagudo

  • El 05.03.2014 , Xosé ha comentado:

    Para mí los domingos son el día que me espera, puntualmente, ese regalo sin abrir que es Wisteria Lane. Y por eso -quizá solo por eso- es un día alegre. Así que, a pesar de que para ti sea un día de melancolía, que sepas que con tu trabajo haces que muchos podamos disfrutar. Un abrazo.

  • El 05.03.2014 , julio ha comentado:

    Por todo eso no hay nada mejor que los domingos en la montaña. Subir al monte, caminar durante seis o siete horas y regresar eufórico,cansado y feliz y con el domingo ya en caída libre… así los domingos y su mal rollo no existen…

  • El 11.03.2014 , marta ha comentado:

    Cuando era pequeña para mi los Domingos eran inquietantes, vacíos, grises..ir a misa, vestirme de niña, Estudio Estadio en la tele, mi madre planchando y los deberes sin hacer, “siempre” los deberes sin hacer..
    Ahora lo que me alivia de los Domingos es que me gustan los Lunes!

    Estupendo artículo!!

    Un saludo,
    marta

  • El 14.04.2015 , Uno ha comentado:

    Quizá por aquella peli de los 70,”Sunday, bloody, sunday” siempre creí que el mal rollo dominical era cosa de los ingleses. Spleen y eso…Pues siento que te afecte. No se si el “Siempre es domingo”de Gelu podría ayudarte. ¿Qué pierdes por probar?
    Un saludo

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