11.09.2019

Manu Chao: el retrato de un Ilegal y Clandestino

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Los autores del libro, ‘Los Kikes’, besando a Manu Chao en Lavapiés (Madrid), en 1998. Fotografía de Belén de Santiago incluida en ‘Manu Chao Ilegal’.

Los Kikes –Kike Turrón y Kike Babas (ambos Madrid, 1970)–, colaboradores de ‘El Asombrario’, mantienen una “bonita, fructífera e intermitente relación” con Manu Chao desde mediados de los 90. Ahora publican ‘Manu Chao Ilegal. Persiguiendo al Clandestino’, un paseo por la vida y obra del músico, que acaba de reeditar ‘Clandestino’ con tres temas inéditos. Os ofrecemos un extracto del libro, esa parte en la que cuentan el paso de Mano Negra a Manu Chao. Una época de transición para el músico, que encontró en las calles, en los pueblos, en la gente que apenas tenía nada, en las raíces, inspiración para sus composiciones y refugio para su soledad. “Se perdió en el siglo, sin grupo ni músicos, con una guitarra y un estudio deambulando por cantinas y barrios”.

En la última temporada Manu no había tenido domicilio fijo. Los corre-ve-y-diles le situaron en África y América con vuelta al triángulo europeo que conforman Madrid, París y Bastavales. Clandestino es el sound track de los sellos de su pasaporte. Al desintegrarse Mano Negra se abrió el periodo de experimentación con unos años dedicados a viajar, tocar percusión, bailar y contar historias. Casi tres años sin rumbo fijo, sin planes prefijados, dejándose empapar de cada lugar e inspirándose en lo que saliese por el camino.

Viajes que funcionarían como medicina, meses de aprender a encontrase solo o acompañado del mundo, pero ya no dentro de la estructura de una banda como Mano Negra que en sí misma ya había sido bastante libre. Al comienzo del viaje Manu llegó a sentirse confundido, se trataba de rehacer una vida y no siempre tuvo claro que fuese a seguir grabando discos, haciendo promociones y participando en el competitivo mercado musical. Para empezar a reconstruirse, Manu fue dejándose atrapar por los mil proyectos que le ofrecía el camino, entretenido siempre, lo cual le hizo más llevadera la despedida de su etapa vital anterior. También supuso un juego de escondite frente a sus antiguos compañeros de Mano Negra que permanecieron en Francia o se instalaron en Sudamérica y sacaron varios proyectos adelante (P-18, etc.). Una manera de no extrañar el concepto de grupo fue ir continuamente construyendo y soñando planes con la gente, lo cual le ofreció un nuevo concepto de libertad creativa y de movimientos, libre pues de un concepto de grupo que, a estas alturas, le quedaba un poco restrictivo. Si no sintió mono de escenario ni le importó no actuar en un gran show, fue porque cada noche en alguna cantina tenía lugar un acto musical de improvisación y vigorosa austeridad con gente que se cruzaba en su vida.

De momento el salto es importante y Manu lo nota: ya no tiene el respaldo de una banda, ya no hay amplificadores, ni furgonetas llenas de cajas de sonido. Manu está solo con su guitarra, en un bar de mala muerte en algún pueblo chiquito de Brasil… y justo ahí verá cómo un tipo ya anciano arranca con una preciosa canción que suena como nadie jamás la hubiese cantado, acompañado por un par de notas de una descuajeringada guitarra a la que le faltan dos cuerdas y la sobran otras dos. Manu toma nota de estas lecciones de vida, alejado de las tablas de los escenarios y de los focos. Es tiempo de mucha reflexión por el camino, soledad y tristeza atraviesan algunos amaneceres y, claro, no todo lo que se encuentra es bonito. Cuando Manu empezó la Mano Negra tenía 24 años, ahora, pasada la medianía de la treintena, las cosas no se ven del mismo color. Manu disfruta el viaje, incluyendo los momentos más jodidos de soledad y nostalgia, y va tomando nota desde una meditación particular… Toca tambores, guitarras, graba con la cámara de video horas de algún canal de la televisión latina, deambula por las calles observando, vaciándose de un pasado cercano.

Es un periplo marcado por el reencuentro con la guitarra, guitarra sin amplificar, sin lugar donde enchufarla. No usó ninguna guitarra particular, le bastó una guitarra que le sirviera para viajar, pero que tampoco supusiese un drama si se rompía, perdía o dañaba. Tras años con la guitarra eléctrica encabezando una apisonadora de sonido, retomó su guitarra acústica y entrenó sus muñecas, endureció las yemas de los dedos. No ofreció ningún concierto oficial en ese tiempo, se presentó desnudo en los lugares y, si tocó, fue fruto de la espontaneidad.

Entre lo personal y un mundo que naufraga

Aunque Manu vive el momento, reflexiona constantemente sobre la dirección que está tomando el mundo, una dirección dispuesta al naufragio. Entre lo personal y lo global, así es su viaje en este tiempo. Observa la realidad a pie de calle, entre el ripio de los caminos de la América Latina, pero también mira lo que ocurre en Europa, vertiginoso destino que va directo a la violencia y el egoísmo. Manu, sin embargo, se sabe un privilegiado por tener un pasaporte francés que le permite poder estar allí y aquí, a un lado y el otro del Atlántico sin sufrir las calamidades del clandestino de a pie.

Sin banda, pero con la sensación de contar permanentemente con muchos músicos. Usando la música como idioma universal Manu se acopló a las reglas del juego del músico popular de África o Sudamérica, donde saben más o menos una letra y un ritmo y van armando los arreglos al momento. Así se fue conformando un políglota diario musicado de viaje, donde fueron tomando su lugar canciones elementales grabadas de manera atípica, en las que a Manu le costaba distinguir si algunas frases de los temas que iban tomando forma eran originales suyos o se las trajo con la noche. Tonadas que indudablemente a la jornada siguiente tomarían otra apariencia y serían cantadas de otra manera o con otro ritmo, quizá en otro idioma, en las coordenadas de su collage de tres acordes.

Dentro de la aparente falta o necesidad de planificación, Manu necesitó ir a los lugares con algo específico que hacer, con la intención de involucrarse, para no sentirse un turista. Tenía contactos que había hecho en la época de Mano Negra en Colombia, México y Brasil. Personas con las que seguir profundizando las relaciones y con tiempo suficiente para construir proyectos. Al verse solo en este trecho del camino, Manu había sentido la necesidad de volver a todos esos lugares para tomarse el tiempo de discutir, intercambiar ideas y hacer planes con gente que le apetecía. No llegaba a los sitios partiendo de cero, además Manu se encontró continuamente con músicos para los que Mano Negra había sido un detonador musical y vital, que le pedían consejo, que lo invitaban a sus fiestas y conciertos (algo que le pasa no solo en Latinoamérica, sino también en España, Francia, Grecia e Italia). La mayoría de las personas que iba tratando sabían que Manu era una estrella especial, aunque para muchos de ellos ese hecho no fuese nada importante y buscasen solo el lado de la amistad y la similitud en la manera de concebir el mundo.

Las fronteras, las mafias, las víctimas

Clandestino de lujo, el pasaporte francés de Manu le permitió viajar sin excesivos problemas atravesando las fronteras. Esa es precisamente una de las cuestiones que más le preocupan: las fronteras, que percibe como una forma de poner barreras y distanciar a los pueblos y que solo generan odio e incomprensión entre las partes. Las políticas fronterizas entre Europa y África, Europa y Sudamérica y entre USA y Centroamérica son para Manu un foco de complicaciones: tierra de mil mafias ante el inevitable movimiento de migrantes indocumentados en busca de pan y de paz; sociedades a merced de los populismos de extrema derecha o de los integrismos religiosos.

Sin preocupación material y libre de elegir quedarse o irse de un sitio, Manu se posicionó de manera clandestina en todas las culturas que conoció. Su admirable capacidad camaleónica, basada en la sencillez de trato, se adaptó a niños y viejos, a cubanos, mexicanos o brasileños. Su piel se curtió en el sol desértico y en la luna selvática. En las carreteras, los caminos y las veredas. Por la Panamericana, desde Lima hasta la frontera con los USA. Desaparecido en acción, reapareciendo en bares de Río o Tijuana, o experimentando con peyote en el DF, o probando canciones nuevas con los niños insurgentes de Chiapas o los faveleros de Río o los desarrapados de infinita sonrisa de Bamako. Se perdió en el siglo, sin grupo ni músicos, con una guitarra y un estudio deambulando por cantinas y barrios. Manu conoció gente que no poseía nada y que tenía tanto que luchar para sacar adelante vida y familia, que ni depresión se podían permitir, esos fueron profesores de oro para Manu, en ocasiones hijos del exilio y la migración forzada, víctimas de la xenofobia y de una globalización que solo admite la libertad de viaje a los ciudadanos de los países ricos y las riquezas y las materias primas de los países pobres, incrementando así las fronteras y la explotación humana.

La inspiración de sus nuevas canciones atesora detrás este recorrido geográfico y humano y también las lecciones que se aprenden cuando uno está solo en un cuartucho impío del nordeste del Brasil o cuando un anónimo anciano en un bar te da lecciones sobre cómo hacer música fabulosa, mágica y tradicional, y al devolverte la guitarra da vergüenza hasta tocar. Momentos en los que solo queda aprender.

Viajero incansable y desaparecido

Manu ha hecho por desaparecer, por no generar noticias mediáticas durante meses, reapareciendo de repente en un punto del globo y desapareciendo de nuevo a las pocas semanas. El tema de la canción Desaparecido es en ese aspecto el más autobiográfico de sus nuevas canciones. Manu persigue el momento y cada vez se encuentra más cómodo trabajando de manera colectiva e itinerante con diferentes personas. Se descubre como viajero incansable y con un cierto pavor a cualquier tipo de situación que lo ate de manera estable en un lugar: sea una casa fija, una relación o un negocio. Desarrolla la pasión de soñar cosas en un bar o con cierta gente y después tratar de hacerlas realidad. Esta manera de hacer y funcionar no fue un camino inquebrantable o planificado; durante el trayecto, Manu se llega a preguntar a veces qué está haciendo y duda de todo. A nivel práctico fue acumulando cintas y grabaciones que a veces quedaban desperdigadas por México, Río, París o Bruselas, donde Manu hizo una grabación de la canción Desaparecido en el 97, de una sola toma, con algunos músicos belgas desconocidos, recogida en un Roland 880 con micrófonos de batalla, un antecedente lo-fi de la versión que finalmente apareció en el disco.

Manu atestigua día a día lo complicado que está el mundo y trata de buscar la vía más sencilla. Musicalmente admira y aprende de Bob Marley (al que dedicaría la canción Mr. Bobby, que apareció como tema inédito en el single y maxi-single Bongo Bong en el 99), él es el ejemplo: austero, místico y con un lenguaje universal que nace del suburbio y lo popular. En sus nuevos temas Manu no canta sobre los oprimidos, sino desde los oprimidos, la visión de los nadie en el mismo lugar de los hechos. Poco a poco se va encontrando como letrista y, si en la época de Mano Negra escribía a flashazos unos textos que buscaban más una acertada sonoridad que un concreto mensaje, ahora trabajó las canciones como cuentecitos, fascinado por los maestros cuenteros que vio en Fortaleza o la forma de narrar las historias que tienen en Galicia. A más ahondó en el viaje y más se fue perdiendo, más lejos le quedaba el interés por la actualidad del rock y el pop internacional y eso le llevó a centrarse en el folclore de los lugares que pisaba: se interesó mucho por las cumbias y las bailantas argentinas y le gustaban Los Auténticos Decadentes porque tocaban en las bailantas, en origen el lugar de encuentro y baile de los campesinos.

‘Manu Chao Ilegal. Persiguiendo al Clandestino’ (Bao Ediciones) cuenta con prólogos de Fermín Muguruza, Amparanoia y Fernando León de Aranoa. Más de 200 páginas a todo color que homenajean el art-work original del disco y que abarcan la gestación y desarrollo de ‘Clandestino’, repasando la carrera completa del músico desde antes de sus tiempos en Mano Negra hasta la reciente reedición de su emblemático trabajo ‘Clandestino / Bloody Border’.

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Sobre el autor

Kike Turrón & Kike Babas
Los Kikes llevamos escribiendo sobre música y sus alrededores desde hace 25 años. Nuestros inicios fueron en fanzines (el nuestro era literario y se llamó 'Buitre No Come Alpiste'), luego en la prensa musical independiente y ahora en todo medio de comunicación que merezca nuestros respetos. Además hemos hecho radio y televisión, realizado vídeoclips, dirigido ciclos de conferencias, publicado nuestros propios libros de relatos y escrito bellas canciones a través de nuestros proyectos musicales (en la actualidad en los grupos Turrones y Kike Suárez de La Desbandada), también hemos escrito varias biografías sobre grupos de rock de aquí.

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