Manuel Cruz: "El edificio político que algunos pretendían demoler resistió"

Manuel Cruz: «El edificio político que algunos pretendían demoler resistió»

El filósofo Manuel Cruz. Foto: PSC.

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El filósofo y senador Manuel Cruz. Foto: PSC.

Hablamos con el filósofo catalán y político Manuel Cruz, ex presidente del Senado por el PSC, a propósito de su nuevo libro, ‘Transeúnte de la política. Un filósofo en las Cortes Generales’. Habla con él largo y profundo quien le conoce bien, quien ha sido su asesor y ahora es su asistente. Y hablan (en la primera de dos entregas sin desperdicio) de la pandemia y el confinamiento, del independentismo catalán, de la cohesión territorial de España y el federalismo.

Manuel Cruz (Barcelona, 1951) suele contar que una de las preguntas más habituales que le hacen se parece a aquella de la canción que interpretaba el grupo Burning en la época de la Movida: ¿Qué hace un tipo como tú en un sitio como este? Este catedrático de Filosofía Contemporánea de la Universidad de Barcelona, autor de más de una veintena de ensayos, entró en las listas del PSC al Congreso en las elecciones generales de 2016, y tres años después encabezó la lista de los socialistas catalanes al Senado. Cámara de la que fue presidente en la XIII Legislatura, y de la que actualmente forma parte, presidiendo la Comisión General de Comunidades Autónomas.

De la observación de esa experiencia en unas legislaturas clave en la historia reciente de España nace Transeúnte de la política, con un subtítulo –’Un filósofo en las Cortes Generales’– elocuente pero inesperado, porque el libro fue concebido como crónica de su primer paso por la Carrera de San Jerónimo. Sería después, y fruto de su dietario en la Presidencia del Senado, cuando decidió sumar al libro su visión personal de esta etapa, en la que España, pese a lo que califica de dos grandes «impugnaciones» representadas por el procés y por una parte de la calificada en su momento como nueva política, resistió, aunque de forma más resistente que resiliente.

En esta primera parte de la larga conversación que Manuel Cruz ha mantenido con quien esto firma (que fue asesor suyo en la Presidencia de la Cámara Alta y ahora es asistente), el autor analiza la pandemia y sus consecuencias, valora las diferencias entre los trabajos parlamentarios de Congreso y Senado, y sobre todo reflexiona en torno a la impugnación independentista, la cohesión territorial de España y la posible vía federalista. 

Este es un libro sobre tu experiencia política, una mirada de filósofo observador, pero es obligado empezar preguntándote cómo has vivido la pandemia y qué destacarías del comportamiento social e institucional.

La he vivido con estupor, por supuesto. Estábamos ante una experiencia rigurosamente inédita para la que no disponíamos de categorías ni de esquemas interpretativos adecuados. Se puede afirmar, con escaso temor a equivocarse, que era la primera experiencia global, de la era de la globalización, que afectaba a la práctica totalidad de ciudadanos del mundo. Hasta ahora, como mucho podíamos hablar de experiencias de las que todos teníamos noticia o éramos testigos (porque eran retransmitidas en directo), pero no que fueran vividas por todos en cualquier lugar del planeta que vivieran.

¿Alguna lección?

Las lecciones todavía las estamos sacando, aunque, en todo caso, como sucede siempre con los relatos, el final que termine por producirse acabará determinando con efectos retroactivos el sentido que le atribuyamos al conjunto de lo ocurrido (el prestigioso crítico literario británico Frank Kermode escribió hace unos años un magnífico libro, El sentido de un final, sobre esto). Entretanto, una primera lección ya se puede ir extrayendo. Aquella reacción inicial, muy reiterada por muchos, de que íbamos a salir del confinamiento en cierto modo purificados, más solidarios y benefactores, se ha demostrado una mera ensoñación. No nos hemos vuelto otros, radicalmente diferentes. Más bien diría que somos los mismos, con nuestros rasgos de origen más acentuados. El solidario se ha vuelto más solidario y el egoísta receloso (durante un tiempo blanqueado en su condición de tal por el mero hecho de aplaudir desde el balcón de su casa al caer la tarde) ha profundizado en su ser, yendo más a la suya si cabe.

Fíjate, de hecho, cuántas quejas se están produciendo en las últimas semanas, con el repunte de los contagios, en el sentido de lo poco que se siguen las instrucciones de las autoridades, la inconsciencia con la que algunos desdeñan que puedan constituir con sus comportamientos un peligro para otros, etc. Tanto es así que se podría afirmar que de lo que más se habla en las últimas semanas es de lo insolidarios que ahora resulta que somos, circulando sin mascarilla, yendo a fiestas familiares y botellones, viajando a sabiendas de que estamos contagiados y otras conductas análogamente reprobables, de las que tenemos puntual noticia a través de los medios de comunicación.

Pero lo cierto es que hubo un momento de optimismo, casi de esperanza, en esas actitudes primeras como la que nos llevaba a aplaudir en los balcones.

Yo creo que aquel espejismo inicial tenía mucho de consolador. En el fondo, arraigaba en un profundo convencimiento, muy propio de nuestra cultura católica, según el cual tanto sufrimiento no podía ser en vano, y alguna compensación tenía que ofrecer al final. Está claro que semejante expectativa no tenía el menor fundamento. Y, sobre todo, parecía dar por descontado que todo aquello de lo que la experiencia de la pandemia nos iba a purificar, esto es, nuestros vicios, como el de no apreciar el auténtico valor de las cosas o nuestra frivolidad consumista (esto lo ha llegado a declarar el propio Sloterdijk), eran el resultado de nuestra mala cabeza, y no de causas estructurales. Dicho lo cual, sería una pena que estas prisas por componer un relato rotundo e inequívoco (en un sentido u otro) empañara el dato objetivo de que el grueso de la ciudadanía de este país hizo y continúa haciendo un esfuerzo valioso que no cabe desdeñar ni sería justo caricaturizar. Probablemente dicho esfuerzo no nos ha convertido en otros distintos a los que éramos, pero eso que hicimos, por qué no decirlo, lo hicimos bien. En aquellas semanas del confinamiento hubo, dentro del dolor (o tal vez precisamente por ello), momentos y gestos de honda belleza humana.

En el libro cuentas tus años en el Congreso y tu experiencia en la Presidencia del Senado. ¿Qué te llamó la atención en esta Cámara respecto a la primera? ¿El trabajo es similar en una y otra?

Tanto la composición en comisiones como el trabajo que se desarrolla en ellas y, por supuesto, en los plenos son extremadamente semejantes entre ambas Cámaras. Prácticamente un calco. La diferencia fundamental entre las dos pasa a mi juicio por la muy diferente repercusión pública que tienen sus respectivas actividades, lo que sin duda acaba repercutiendo en forma de una muy desigual trascendencia política. Está claro que los medios de comunicación prestan al Senado una atención infinitamente menor que al Congreso. De hecho, aquel solo aparece en los informativos de las televisiones, y muy de tarde en tarde, en algún breve corte de alguna de sus sesiones quincenales de control al gobierno. Prácticamente, nunca más. Esto posee un inconveniente severo, al tiempo que representa una ventaja no menor. El inconveniente, como es obvio, es el enorme desconocimiento que tiene la ciudadanía de este país no solo respecto a las actividades que desarrollan los senadores, sino también respecto a la enorme potencialidad de una cámara que se define como “de representación territorial” en un país como el nuestro, con un Estado articulado en comunidades autónomas.

¿Y la ventaja?

La ventaja es que esa menor atención al Senado por parte de los medios libera a este de una considerable presión. Los senadores no acostumbran a tener la obsesión por la visibilidad que no es rara (por no decir habitual) en algunos diputados. De hecho, esa sensación que con mucha frecuencia se tiene en el Congreso de que determinadas intervenciones desde la tribuna están hechas mirando al tendido de las televisiones y no a la realidad de los interlocutores que están presentes en los escaños del hemiciclo, en el Senado no se produce. Se puede trabajar por tanto con menor presión, lo que a menudo se traduce en una mayor eficacia.

Pero parece que pesan más los inconvenientes, ¿no? De ahí que se hable tanto de reformarlo.  

En efecto, otro de los efectos negativos de la escasa atención que se le presta al Senado es que se desconoce la aportación que este hace con la segunda lectura que lleva a cabo de las leyes que le llegan procedentes del Congreso. Me temo que son muchos los ciudadanos que ignoran que con considerable frecuencia las modificaciones que se introducen al pasar por la Cámara Alta mejoran el texto original, cosa que queda acreditada por el hecho de que la mayoría de tales modificaciones son aceptadas luego, cuando regresan a manos de los diputados, incluso en los casos en que alteran algún elemento central del redactado original.

Y respecto a lo territorial, la otra dimensión fundamental del Senado a la que has hecho referencia hace un momento, ¿qué papel puede jugar el Senado?

Puede jugar un papel primordial. El hecho de que una de las dos Cámaras legislativas se defina, como he dicho, en términos de representación territorial da una medida de la importancia que el constituyente le otorgó. El Senado tiene una reforma, más que pendiente, por completar. La ciudadanía apenas tiene noticia (obviamente, porque no se le ha informado) del magnífico trabajo que se lleva haciendo desde hace varias legislaturas para adecuar la Cámara a la realidad del país. Pero la necesidad de la reforma no prueba su obsolescencia sino la confianza en sus posibilidades. Además, el Senado debería representar de manera visible todo lo relacionado con la naturaleza autonómica de nuestro Estado. Debe ser el lugar de encuentro de las conferencias de presidentes de comunidades autónomas, así como de los encuentros sectoriales de los diferentes ministerios con los consejeros correspondientes de las comunidades autónomas. Eso por mencionar únicamente dos actividades que podrían residenciarse en el Senado sin mayores problemas, ni tan siquiera de reglamento.

Alguna vez te he escuchado decir que podría ser algo así como una Cámara más estratégica, ¿a qué te refieres?

Precisamente por el sosiego al que antes hacía referencia, el Senado debería ser un espacio en el que se debatieran en profundidad y con la necesaria calma (ajena al ruido mediático) aquellas cuestiones de calado referidas no solo a la estructura territorial del Estado en sí misma sino a aquellas en las que la dimensión territorial opera de manera determinante. Me viene ahora a la cabeza la de la España vacía o vaciada, aunque la cuestión de la articulación de los servicios públicos en el conjunto del territorio nacional, con los sanitarios en lugar destacado en este momento, también valdrían como ejemplo ilustrativo.

En tu libro ‘La flecha (sin blanco) de la historia’, aludías desde el título a Aristóteles y a su afirmación de que los humanos somos arqueros cuyas flechas necesitan un objetivo. Leyendo tu ‘Transeúnte de la política’, da la sensación de que España, tras la exitosa integración europea y la crisis, ha carecido, precisamente, de eso.

En mi libro afirmo explícitamente que el edificio político que algunos pretendían demoler (eso que genéricamente se suele denominar la herencia de la Transición) resistió. También digo que quizá nuestro problema nunca fue el edificio en cuanto tal sino sus inquilinos. Pero eso no evita tener que plantearse que, como le agrada decir a Miguel Ángel Aguilar, existe un desgaste de materiales. Y es cierto, como señalas, que los objetivos comunes, compartidos, que antaño cohesionaban y daban impulso a nuestro país parecen haberse desvanecido. En su momento, el acceso a la democracia o la integración europea cumplieron, ciertamente, esa función. Eran, por así decirlo, propuestas compartidas de futuro. Con franqueza, no creo que hoy, en el contexto de esta feroz pandemia que está arrasando con todo, resulten pensables en primera instancia otros objetivos que los defensivos, esto es, los de intentar poner a cubierto de los daños al máximo de ciudadanos.

Pero no parece eso demasiado persuasivo, al ser, como dices, defensivo.

Desde luego. No sé si un objetivo así puede aspirar a ilusionar, porque la supervivencia o la dignidad no deberían ser cosa de ilusión. En todo caso, sí me atrevo a afirmar que es un objetivo viable. Afortunadamente, por lo que estamos viendo, la Unión Europea no está dispuesta a encarar la presente crisis con los mismos criterios y la misma metodología, nefastos ambos, con que encaró la crisis anterior de 2008, y la existencia de un fondo de recuperación significa que podemos pensar en salir de esto con el menor daño posible. Ese será el momento en el que recuperar la ilusión para proponernos, como sociedad, un nuevo impulso.

Europa, de nuevo, como elemento cohesionador, donde aún son posibles ciertos consensos.

Creo que un planteamiento así puede tener un efecto cohesionador mucho más serio y profundo que otros objetivos más volátiles. Porque los objetivos que realmente cumplen esa función cohesionadora de la que hablamos son los que modifican de manera estructural la vida de los ciudadanos. Y aunque es cierto que todavía amplios sectores parecen dispuestos a casi cualquier cosa por objetivos inmateriales (el añorado Jesús Mosterín, al que tuve el privilegio de tener como profesor, solía decir que la gente solo está dispuesta a dar la vida por cosas inexistentes como Dios, la Patria y similares), no lo es menos que en tiempos como estos los proyectos ya no pueden ser solo políticos. Un proyecto meramente político tiene la fecha de caducidad inscrita en el dorso.

Es un rasgo, el de la dificultad para plantearse objetivos cohesionadores, que todas las democracias parecen sufrir.

Esta dificultad para proponer nuevos y potentes objetivos susceptibles de ser compartidos por el conjunto de la sociedad no es algo coyuntural, sino que en gran medida expresa una característica de nuestro tiempo, que no es otra que la enorme dificultad que tenemos para pensar el futuro, que de manera creciente asociamos a un territorio ignoto y peligroso en el que, lejos de provocarnos ilusión alguna conocerlo, tememos adentrarnos. Esto tiene que ver, claro está, con profundas transformaciones que se han producido en la realidad de nuestras sociedades, pero también en sus imaginarios colectivos, con el derrumbamiento de alguna de las vigas mayores que sostenía el edifico de lo pensable, como, por ejemplo, las grandes visiones del mundo y, entre ellas, los grandes relatos de emancipación. De ahí mi insistencia en que muy probablemente los nuevos proyectos que seamos capaces de diseñar, para los que necesitaremos un nuevo impulso, deberán tener también una nueva naturaleza, distinta a la de los que antaño alimentaban nuestras ilusiones de transformación. Ya no pueden ser solo políticos.

En esa diferencia que estableces entre resiliencia y resistencia, ciertamente es llamativo que hubiera fuerzas políticas, o movimientos, que basaran su programa en esa percepción de debilidad tan grande. Una percepción que luego no se confirma, como quedó claro tras el unilateralismo independentista. Viviste aquellos años en el Congreso, y además eres catalán. ¿Realmente ese era el diagnóstico de las fuerzas que impulsaron ese movimiento?

Déjame que haga algo de repaso, para contextualizar mejor cómo se llegó hasta aquí. Por lo que respecta al nacionalismo catalán, conviene no olvidar que el horizonte de un Estado propio es algo que, de una u otra forma, siempre ha estado presente en su discurso, aunque fuera como latencia. De hecho, podríamos considerar que constituye uno de los elementos que lo definen (de ahí que a los nacionalistas les agrade tanto la expresión “nación sin Estado”, que alude a esto, a lo que les falta, y les desagrade la de “nación cultural”, que no incorpora dicha dimensión política como una carencia). Si uno reconstruye los avatares del nacionalismo a lo largo de la democracia, no le costará darse cuenta de que el señalado elemento nunca ha dejado de estar presente y de operar.

Pero no siempre fue así.

Ahora, por ejemplo, algunos hablan de manera muy desenvuelta como si el año 92, con las Olimpiadas de Barcelona, hubiera sido un año modélico en lo que respecta a la colaboración del nacionalismo catalán con el gobierno central, presidido por aquel entonces por Felipe González. Parecen olvidarse no solo de los recelos que siempre tuvo Jordi Pujol ante la figura emergente de Pasqual Maragall, sino también de la campaña Freedom for Catalonia, en la que participó activamente el entonces joven hijo de Pujol (Oriol), condenado años más tarde por el caso de las ITV, llevando la antorcha olímpica con la leyenda correspondiente en su camiseta e intentando que las grandes cadenas de televisión de todo el mundo se hicieran eco de sus reivindicaciones independentistas. Si no me falla la memoria, otros jóvenes que participaron en esa misma campaña luego ocuparon cargos de responsabilidad en la administración catalana, como Joaquim Forn, que llegó a ser conseller de Interior bajo la presidencia de Carles Puigdemont.

Muestra de lo mismo fue el debate, cansino hasta la extenuación, que tuvo lugar también entonces respecto a qué himno debía de sonar en primer lugar en la jornada inaugural. Ya en aquella ocasión el himno nacional español recibió una sonora y organizada pitada, solo que se lo hizo sonar a un volumen tal que tapó cualquier otro ruido. Lo propio, en fin, podría decirse, dando un pequeño salto en el tiempo, en relación con la consigna “dret a decidir” que se pone en marcha en la primera década del presente siglo, mucho antes de que el nacionalismo, luego devenido ya explícitamente independentismo, utilizara a mansalva la coartada de la sentencia del Estatut como presunto agravio justificativo del procés. Son ejemplos elegidos al azar, pero podría aportar una infinidad más sin el menor esfuerzo.

¿Entonces?

Parece de toda evidencia que el planteamiento independentista que irrumpe de manera explícita y generalizada en la segunda década con el procés se sustentaba en un análisis que confundía una situación de crisis social, económica y política en España con la debilidad del Estado en cuanto tal. Sabemos bien de dónde derivaba aquella situación de crisis: de la onda expansiva de la catástrofe económica de 2008 y de la aparición del movimiento de los indignados, el cual salpicaba directamente a un Artur Mas que había llegado a la Generalitat alardeando de saber recortar y prometiendo un govern «business friendly». Pensó, sin duda, que redirigir el creciente malestar social hacia Madrid sería una operación de coste cero porque, pensaba (ahí están sus declaraciones) que el Estado se encontraba contra las cuerdas.

Y no era así, y hubo consecuencias dramáticas, también para ellos en primera persona.

Semejante confusión entre crisis y debilidad, lejos de constituir un episodio aislado, resulta bastante representativa de toda una manera de proceder por parte del independentismo a lo largo de estos años. Hasta el punto de que se podría afirmar que la persistencia en las equivocaciones ha sido una constante del procés. Veamos, si no. Aquellas elecciones autonómicas adelantadas de 2012 en las que Mas se presentaba como un nuevo Moisés para obtener una mayoría aplastante que le permitiera llevar adelante sin ataduras ni hipotecas su proyecto se saldaron con un fracaso del convocante, que perdió un número notable de votos y escaños. En vez de asumirlo, Mas decidió unir su suerte a la de su más directo rival electoral, ERC.

A continuación, en 2015, en unas elecciones convocadas publicitariamente como plebiscitarias, el plebiscito fue derrotado de manera inequívoca, provocando por añadidura el efecto colateral de la retirada del mismísimo Mas. ¿Y qué ocurrió, en fin, en las autonómicas de 2017? Pues que la primera fuerza política de Cataluña fue Ciudadanos. Esto solo por lo que respecta al resultado de las propias elecciones catalanas, sin introducir ningún otro tipo de variables en el análisis. Ni un nacionalista tan acreditado y perseverante como el escocés Alex Salmond se hubiera atrevido a mantener esta estrategia de máximos en semejantes condiciones (de hecho, así se lo hizo saber públicamente a sus correligionarios catalanes en múltiples ocasiones).

¿Y de dónde nace esa insistencia?

Una clave para entender una perseverancia de tal magnitud es la relacionada con la fidelidad a prueba de fracasos que mantiene el electorado del bloque independentista. Es cierto que en su seno siempre hubo tensiones entre los dos grandes partidos que lo forman pero eran asunto menor, en la medida en que, a la hora de extraer los saldos electorales, la suma de los dos era prácticamente siempre la misma. Los problemas que entre ellos se iban produciendo nunca provocaban fugas hacia opciones no independentistas sino que, como mucho, los desplazamientos del voto que se producían tenían lugar sin salir del propio perímetro, esto es, de uno a otro partido. Eran vasos comunicantes prácticamente perfectos.

Quede claro que tamaña solidez electoral no respondía a los motivos que usualmente explican que una fuerza política se mantenga en el poder durante largo tiempo. No cabe hablar de una gestión eficiente de los recursos por parte del gobierno catalán, gestión inexistente desde hace años. Como tampoco se explica por el hecho de que las fuerzas independentistas fueran alcanzando las metas anunciadas y obtuvieran así el respaldo continuado y entusiasta de la ciudadanía.

Siempre pedían un último empujón a su electorado. «Esta vez sí que sí…»

Tal vez esto último merezca ser destacado. Por más que se haya constatado la derrota del procés y se hayan hecho evidentes las mentiras en las que se sustentaba (despegue económico espectacular, triunfal acogida en Europa como nuevo Estado independiente, etc.), sus líderes no han renunciado a continuar engañando a ese sector de la ciudadanía al que saben muy proclive a no poner en cuestión sus mensajes. Parece claro que si la sociedad catalana no estuviera tan fuertemente motivada, no se repetirían resultados electorales. El sentimiento es la gran certeza del corazón en tiempos de incertidumbre de la razón. Cuando se vota por un sentiment, de manera explícita (apelando a Cataluña como un todo sin fisuras) o implícita (a través de elementos identitarios como la lengua y similares), el éxito o el fracaso políticos de aquellos en los que se depositó la confianza constituyen factores de menor importancia. Pero en cualquier país del mundo los votantes sancionan a los políticos cuando fracasan o mienten. En cambio, eso en Cataluña no sucede. Lo cual resulta, por añadidura, particularmente llamativo en tiempos de extrema volatilidad del voto como son los actuales.

Y de esto, y recurriendo a una expresión que te gusta utilizar, y que empleaste de título de uno de tus libros, ¿quién se hace cargo?

Sin duda, hay una severa responsabilidad por parte de unos dirigentes políticos que incluso, una vez constatado su fracaso y desveladas sus mentiras, no cejan en continuar engañando a una ciudadanía a la que saben muy proclive a no poner en cuestión sus mensajes. Se podrá argumentar que, tras años de tan intensa exaltación independentista, a sus dirigentes les resulta muy difícil tener que reconocer ante los suyos que lo que pusieron en marcha se ha saldado con una estrepitosa derrota (una república que duró exactamente ocho segundos) y temen perder el capital acumulado, en forma de aumento en el apoyo social, al proyecto independentista. Pero el argumento dista de ser concluyente: ahora se podrían atrever a hacer alguna autocrítica porque disponen de un pretexto para endosarle a las circunstancias exteriores (la pandemia) la necesidad de reconsiderarlo todo sin tener que insistir demasiado radicalmente en sus propios errores.

Pero cabría apuntar que el contexto europeo de la pandemia, con la aprobación del Fondo, es mucho menos favorable a sus intereses, si es que alguna vez lo fue.

Es evidente que si Europa no estaba dispuesta a aceptar una declaración unilateral de independencia en su momento, menos aún estaría ahora dispuesta a acudir en socorro económico de un nuevo país que hubiera quedado fuera de la Unión. Las ayudas que lleguen de Europa llegarán a España en cuanto Estado miembro. En las presentes circunstancias, una Cataluña fuera de España y, por tanto, de Europa no es que pasara por dificultades, es que se encontraría en una situación directamente catastrófica.

¿Y servirá de algo para que el independentismo reconsidere sus posiciones?

Por lo que estamos viendo, ni por esas. No me cuesta entender que, desde fuera de Cataluña, sean muchos los que se preguntan ¿a qué tanta perseverancia por parte de los líderes independentistas en un planteamiento inviable a todas luces? Me atrevo a sugerir dos causas. Una, relacionada con los propios responsables políticos, sería la más que dudosa competencia de algunos ellos y –vamos a ser delicados– el peculiar principio de realidad de algunos otros. De ambas cosas sería epítome Quim Torra. La otra tiene que ver con las escasas consecuencias que provocaban sus errores. Déjame ser vertical para terminar esta respuesta: nadie les ha pasado nunca factura por ello, ni hay indicios de que quienes podrían hacerlo (sus votantes, claro) vayan a estar por la labor en un futuro próximo.

Siempre has sido federalista destacado al reflexionar sobre el problema territorial de España. ¿Por qué consideras que hay que ir por esa vía? No parece que eso vaya a colmar al independentismo catalán, ni siquiera al nacionalismo vasco, que insiste en la bilateralidad como irrenunciable para mantenerse en posiciones más alejadas del soberanismo que sí vemos en Cataluña.

Porque el federalismo es la forma más eficaz y contrastada de asumir las diferencias territoriales sin perjuicio de la cohesión del todo. Es más, reforzándola. Ya sé que a mucha gente el término federalismo le sugiere la exasperación de la descentralización, y teme que en la práctica equivalga a la antesala de la independencia. Pero es exactamente al contrario. Porque lo que hace el federalismo es equilibrar los necesarios procesos de descentralización, ineludibles en un país compuesto como el nuestro, con la articulación de mecanismos de cohesión. Ahí radica la razón por la que el independentismo rechaza toda forma de federalismo, y es lógico que así sea porque no tiene el menor interés en la cohesión, sino al contrario.

De boquilla declara que el federalismo es una pantalla pasada, básicamente porque teme que el reconocimiento explícito que aquel hace de la necesidad de asumir las diferencias pueda desactivar buena parte de su discurso. El independentismo necesita tener enfrente un adversario que propugne un discurso unitarista, homogeneizador, centralista y si, además, es dudosamente democrático, miel sobre hojuelas (aunque a muchos independentistas hay que recordarles constantemente la obviedad de que se puede ser jacobino convencido y demócrata sin tacha).

En cambio, el federalismo es percibido en muchos sectores sociales de fuera de Cataluña como otra concesión a los independentistas, cuando según tú es lo contrario.

Porque el independentismo teme que quede en evidencia que el grueso de problemas que existen y denuncia se podrían resolver profundizando y mejorando el modelo vigente. Eso le lleva a la sobreactuación permanente, a un victimismo que no cierra nunca ni se toma vacaciones. Por eso, ante cualquier forma de cooperación que pueda mostrar las ventajas de la cultura federal, corre a denunciarla como un proceso de recentralización y a denunciar que se pretenden laminar competencias o a echar más café en las tazas de todos. El episodio más reciente se produjo en los momentos más álgidos de la pandemia, en los que al independentismo le faltó tiempo para poner el grito en el cielo, llegando a hablar de un 155 sanitario encubierto que solo existía en la cabeza de los independentistas.

Faltan elementos de cooperación, o como ahora se dice, de cogobernanza.

Cosa distinta es que en un momento dado, y para determinados asuntos claramente establecidos, puedan existir órganos bilaterales entre el gobierno central y cualquier autonomía, que es algo que ya existe y tiene un perfecto encaje en nuestra arquitectura constitucional. Pero eso no tiene que entrar en conflicto con el principio general de que se necesitan espacios para coordinar esfuerzos y articular proyectos comunes. Las confederaciones hidrográficas, por ponerte un ejemplo de organismo federal consolidado, solo pueden ser cooperativas: sería un completo dislate que una comunidad autónoma plateara una relación bilateral con el gobierno central para tratar del tramo del río que pasa por su territorio al margen del resto de comunidades afectadas.

La cuestión es si con eso se aumenta la cohesión por donde las costuras están más débiles.

Lo que pasa es que, como resulta obvio, para quien solo piense en irse y, por añadidura, tenga prisa en hacerlo (“tenim pressa” era uno de los eslóganes del independentismo en los momentos álgidos del procés), el más convincente de los argumentos le habrá de resultar irrelevante y el mayor de los dislates, aceptable si entiende que favorece sus intereses. De hecho, lo constatamos a diario. Pero la propuesta federal es por completo ajena a esta forma de discurrir. Por la sencilla razón de que el federalismo no constituye un proyecto para contentar al independentismo, sino para mejorar la organización territorial y social de España en su conjunto (cohesión territorial y cohesión social deben ir siempre de la mano desde una perspectiva de izquierdas)

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