Mariana Enríquez, la consagración literaria del terror

Mariana Enríquez, la consagración literaria del terror

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La escritora Mariana Enríquez.

La escritora Mariana Enríquez.

La escritora argentina Mariana Enríquez, ganadora del último Premio Herralde de Novela con ‘Nuestra parte de noche’, es el mejor ejemplo de que la literatura de terror, tradicionalmente denostada por la crítica, atraviesa uno de sus mejores momentos.

Lo que ha venido haciendo Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973) en los últimos años podría definirse como “rotura de los moldes”. Transgresión, si preferimos quedarnos en un término más conocido dentro del campo de la literatura. ¿Ha transgredido la escritora argentina los géneros literarios? Partiendo de la base de que lo que comúnmente creíamos conocer como géneros -o subgéneros, depende de a quién se le pregunte- literarios hace tiempo que está más que diluido y confuso, la transgresión de Enríquez no se ha producido tanto dentro del propio género literario como en el exterior/mundo editorial en el que se incardina.

Que quede claro desde estas primeras líneas: Mariana Enríquez es una escritora de terror. Los lectores lo sabemos, la crítica lo sabe, ella lo sabe. Porque lo hace conscientemente, desde pequeña, cuando sus primeras lecturas elegidas de una enorme estantería familiar fueron los padres de la literatura gótica. Enríquez creció leyendo a Bram Stoker, a H. P. Lovecraft, a Poe, a Stephen King. Al rey indiscutible del terror contemporáneo, Mariana Enríquez, en su reciente entrevista concedida al programa de televisión Página Dos, lo compara con Charles Dickens. Y es que, ¿qué era el decimonónico sino un autor de masas, un gran plumífero de novelas llenas de aventuras?

Mariana Enríquez es una escritora de terror, no porque no le quede otra, como los canónicos, los apocalípticos literarios –si es que aún quedan– podrían pensar: escribe literatura de género porque no es capaz de dar forma a la de verdad, la realista. No. Ella es escritora de terror porque es la forma en que como lectora más disfruta y porque es lo que siempre ha querido escribir. Sin dudarlo y por voluntad propia. Al principio imitando, como todos, y luego encontrando una voz propia, poderosa y singularísima, que bebe indudablemente de King, pues se acerca más a un terror cuyo elemento perturbador son las personas en vez de los monstruos que creen imaginar, y también de otros muchos grandes nombres del terror, como Shirley Jackson.

Como empecé diciendo, Mariana Enríquez no ha renovado el género literario del terror. Sí le ha dado frescura, potencia estilística, calidad narrativa, pero la inmensa mayoría de los miedos acerca de los que escribe y de los humanos, criaturas o entes que los provocan ya estaban ahí, en una tradición literaria universal que, cuando se trata de los géneros no miméticos –el conde Drácula, la Tierra Media de Tolkien, los planetas anárquicos de Ursula K. LeGuin–, parece necesitar el poso que deja el tiempo para convertir al escritor aficionado a fabular en un canon digno de leerse y, sobre todo, de estudiarse.

Lo renovado, entonces, ha sido el panorama literario, que desde hace años parece acoger con los brazos abiertos a estos fabuladores: a los distópicos, al polvo de hadas, a las criaturas que reptan. Parecen haberse dado cuenta de que tan solo son dos caras distintas de la misma moneda. Y la consagración y la aceptación profesional –porque de la aceptación lectora gozan desde hace décadas, si no siglos– llegan de la mano de sellos editoriales que son sinónimo de calidad literaria. Porque no nos engañemos: no es lo mismo que te publique Anagrama a que lo haga una pequeña editorial de resonancias pulp cuyo centro de mandos es un trastero. Si la casa fundada por Herralde te publica, significa que eres bueno; si publican literatura de terror, eso significa que el terror –¿ya por fin?– es oficialmente bueno.

Mariana Enríquez desembarcó en la editorial barcelonesa con dos colecciones magistrales de cuentos que reunían todas sus influencias, intereses, obsesiones: Las cosas que perdimos en el fuego (2016) y Los peligros de fumar en la cama (2017). Después de ella llegaron a la misma casa otras autoras cuya literatura vive dentro de lo extraño: entre lo imposible y lo real, el horror y la fascinación, la grieta por la que se cuela lo que no debería estar aquí. Carmen María Machado, alabadísima en EEUU, y su colección de cuentos Su cuerpo y otras fiestas (2018), y recientemente Michelle Roche Rodríguez y su novela Malasangre (2020), una historia de vampiros en plena dictadura venezolana.

No vayamos a creer que estas autoras son las primeras en conseguir el beneplácito editorial y de la crítica: ya lo había hecho antes la argentina Samanta Schweblin, y mucho antes, grandes precursoras del género fantástico como Cristina Fernández Cubas o Pilar Pedraza. Lo que ocurre es que Mariana Enríquez y sus contemporáneas son la muestra de que la literatura de género puede estar a punto de liberarse de este odioso cartel que la ha acompañado en los últimos tiempos y de abandonar los rincones oscuros de las librerías para, al fin, codearse –quién sabe si incluso superar– con los miméticos.

Obedece a la Oscuridad

Además de las dos anteriormente citadas colecciones de cuentos, Mariana Enríquez es autora de algunas nouvelles como Éste es el mar (Literatura Random House, 2018) y Chicos que vuelven (Eduvim) y de la magnífica biografía de Silvina Ocampo La hermana menor (Anagrama, 2018). Este otoño ha vuelto a Anagrama por la puerta grande como vencedora de la última edición del Premio Herralde con su novela Nuestra parte de noche. Más acostumbrados a la autora en las distancias cortas –es una auténtica maestra del relato breve–, las más de 600 páginas de esta novela a muchas voces y a muchos tiempos pueden crear reparos al lector en un principio, pero Enríquez no solo las salva, sino que crea una historia tan oscura y brillante que solo ella podía haberla escrito.

Están Juan, un padre alto y rubio, hermoso y enfermo, temeroso y malhumorado, y su hijo Gaspar, dulce pero melancólico, en unas primeras páginas que recuerdan a road trips de tintes terroríficos como La carretera, de Cormac McCarthy. La gente desaparece, porque es Argentina en 1981. Hay una dictadura, un calor sofocante y militares por todas partes. Pero Juan, el padre, solo tiene que mirarles para que les dejen pasar. Podría hacer incluso que desearan arrancarse su propia piel a tiras. Enríquez no te explica las cosas rápido y de forma evidente; tienes que ir avanzando poco a poco con ella y desenmarañando la historia. ¿Padre e hijo huyen o van hacia alguna parte? Pronto sabemos que hay algo a lo que temer más que a los militares.

Juan es un médium, la posesión más preciada de una secta poderosa y antigua que sirve a un único señor: la Oscuridad. La Oscuridad es un dios antiguo, voraz y violento, devorador de cuerpos, a veces enteros y otras veces solo rostros, dedos de las manos o piernas. Pero, sobre todo, la Oscuridad es una devoradora de almas, y no te puedes esconder de ella. La Orden es el grupo ocultista, la secta, que convoca a este dios. Se creen su testimonio en el mundo de los vivos, con el poder de controlarlo a través de médiums como Juan y el sacrificio de seres humanos: los campesinos, los huérfanos, los disidentes, cualquiera por el que, en el contexto de una dictadura militar, nadie vaya a preguntar. Pero, por muy terrible que sea el hombre, capaz de actos monstruosos, nadie puede controlar a un dios.

Juan, además del médium, es el yerno de una de las jerarcas de la Orden. Su mujer, la madre de su hijo, murió –o fue asesinada–, y de entre todas las almas en pena que no desea ver y aún así se le aparecen, Rosario no es una de ellas. Y eso lo atormenta. La historia es una continua huida hacia delante, porque Juan se muere y puede que el pequeño Gaspar haya heredado sus poderes, y si no, igualmente su cuerpo sería un receptáculo sano al que migrar la conciencia y las capacidades de Juan. Más allá de sectas, asesinatos y monstruos primigenios, Nuestra parte de noche es una novela sobre la “condena heredada”. ¿Cómo protegemos a nuestros hijos de nuestro legado? ¿Cómo somos individuos libres de la herencia de nuestros padres?

Aquel verano en que ninguno tuvimos futuro

Apenas un mes antes de que Mariana Enríquez se alzase con el Herralde, la editorial madrileña Páginas de Espuma publicó en su nueva colección de cuentos individuales ilustrados Ese verano a oscuras, un relato excelente que recoge algunos de los temas y personajes más habituales de la escritora argentina y que es puro King.

Esta vez estamos en el asfixiante verano de 1989, democracia inestable y crisis económica, en un suburbio de Buenos Aires donde las casas son pequeñas, las piletas -piscinas- son el único freno al sol abrasador y donde casi todos los padres están en paro y se pasan el día bebiendo, tomando el fresco en la calle, de madrugada, y pensando en conseguir un visado para España o Italia. Además, la recesión ha llevado al gobierno a provocar cortes de luz intencionados para ahorrar dinero. La pena, el aburrimiento y la desesperanza tenuemente iluminadas por la luz solitaria de las estrellas.

“A los 15 años, cuando una chica no tiene futuro, toma el sol con todo el cuerpo cubierto de Coca-cola y a la piel pegoteada se acercan las moscas”. La narradora y su mejor amiga viven en el mismo barrio, se tiñen el pelo de negro, llevan ropa gótica, fuman marihuana barata, química, resguardadas del calor en los descansillos del edificio y, como no hay nada que hacer, se obsesionan con los asesinos en series. Ambientes empobrecidos, personajes desclasados, adolescentes que no saben en qué clase de adulto convertirse –en cualquiera salvo en sus padres–, son comunes en muchas de las narraciones de Enríquez, y Ese verano a oscuras, ilustrado por Helia Toledo –terrosa y punki, poco inquietante quizás– los reúne a todos ellos.

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