Un menú para salvar nuestra salud y la del planeta

Un menú para salvar nuestra salud y la del planeta

El apoyo a la ganadería extensiva es crucial en la apuesta por una alimentación más saludable y sostenible.

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El apoyo a la ganadería extensiva es crucial en la apuesta por una alimentación más saludable y sostenible.

Nos comemos el planeta; de hecho, usamos casi el 72% de la superficie terrestre para alimentarnos. Y para poner en marcha este engranaje productivo a gran escala, los países industrializados hemos convertido el campo en una fábrica global. Los efectos han hecho saltar ya las alarmas de las máximas autoridades científicas. En WWF, desde hace décadas analizamos el origen y las consecuencias para el planeta de la enorme huella humana, y uno de los principales causantes de las emisiones de gases de efecto invernadero o la pérdida de biodiversidad es el sistema alimentario. Por ello, iniciamos una nueva colaboración mensual con ‘El Asombrario’ para hablar de alimentación, naturaleza y salud, una ecuación que arroja las claves para frenar el calentamiento global y apostar por un futuro sostenible.

Por NYLVA HIRUELAS / CELSA PEITEADO (WWF-España)

A nivel mundial, el sistema alimentario produce hasta el 30% de las emisiones de gases con efecto invernadero. La destrucción de los bosques, la transformación de humedales, pastizales y otros ecosistemas naturales liberan carbono al tiempo que contribuyen a la desaparición de especies salvajes y a la degradación del suelo. El sector alimentario en su conjunto es responsable del 75% de la deforestación en todo el mundo, con una mayor presión sobre los bosques de los trópicos.

Además, la manera en que cultivamos y en que cuidamos el ganado modela el paisaje que conocemos, con efectos también sobre el suelo. En España, un tercio del territorio está afectado por la erosión, y el riesgo de que nuestro país se convierta en un desierto es más que preocupante. La sobreexplotación de agua, la escasez cada vez más severa de este recurso y la contaminación de ríos, acuíferos y del terreno, debido a la agricultura y ganadería intensivas, son también alarmantes. El uso de plaguicidas y fertilizantes químicos está provocando un daño irreparable en plantas y animales. De hecho, se estima que la producción y demanda de alimentos son responsables del 60% de la desaparición de la biodiversidad a nivel mundial.

Expertos internacionales sobre clima, agrupados en el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPPC), reconocen que necesitamos apostar por una dieta sostenible para ayudar a frenar el calentamiento global. Los datos son impactantes: el consumo de un menú más saludable reduciría un 26% los gases de efecto invernadero de la cadena alimentaria en España.

Pero esta forma intensiva de producción está poniendo en riesgo no solo la salud del planeta, sino la de la humanidad; y lo que es más preocupante, nuestra capacidad para producir alimentos. El sistema alimentario actual resulta paradójico: dedicamos un 80% de los terrenos agrarios a la producción de alimento para ganado para obtener leche y carne que proporcionan apenas el 33% de las proteínas que consumimos. Producimos alimentos para más de 9.000 millones de personas y, hoy en día, más de 800 millones padecen hambre crónica. Y lo que puede resultar más sorprendente es que un tercio de la superficie que empleamos para alimentarnos está fuera del continente. Muchas selvas se están arrasando para transformarse en tierras de monocultivo a cualquier precio, principal motivo de los incendios que sufrió el pasado verano la Amazonía. La voracidad de países industrializados, como el nuestro, hace que importemos en España hasta 22 millones de toneladas de pienso animal, producido principalmente a base de soja, para alimentar cabañas ganaderas intensivas donde el bienestar animal brilla en muchos casos por su ausencia.

Trabajos de cuidado y recuperación de la dehesa como bosque sostenible.

Esta tendencia a industrializar la forma en que producimos alimentos también se traslada a la manera en que los consumimos. En países como el nuestro, ingerimos de media más del doble de proteínas de las que los expertos en nutrición recomiendan, desapegándonos de la dieta mediterránea, con impactos directos sobre nuestra salud. Por si fuera poco, a este cóctel hay que añadirle que el 30% de los alimentos producidos acaban en la basura, principalmente en nuestras casas. En el caso de las frutas y verduras, hasta la mitad son desperdiciadas, y con ello, el agua o energía empleadas para su producción.

Reducir el consumo de carne y priorizar los alimentos de origen vegetal, como cereales, legumbres, frutas y verduras son algunas de las recetas para preservar la “salud planetaria”. De hecho, volver a recuperar la dieta mediterránea es una de las opciones más saludables y sostenibles.

Cabe destacar que una alimentación saludable y respetuosa con la naturaleza no solo contribuye a luchar contra el cambio climático, sino que, además, ayuda a afrontar uno de los principales retos que tenemos: acabar con el hambre en el mundo. Este es uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) que recoge la Agenda 2030 de la ONU para conseguir que dentro de diez años vivamos en un mundo sin pobreza, sin desigualdad y donde se respeten los límites del planeta. Vivimos en un mundo contradictorio donde 821 millones padecen desnutrición, mientras la cifra de personas con sobrepeso asciende a 1.900 millones.

Para conseguir cambiar este sistema injusto y avanzar hacia nuestros objetivos tenemos que transformar el sistema alimentario para que sea sostenible, justo con los agricultores y ganaderos, respetuoso con el medioambiente y sano para consumidores. Y, para ello, en España tenemos que tener en cuenta que nuestra forma de producción está determinada por la Política Agraria Común (PAC), un modelo desequilibrado que agota el campo y da la espalda a las fincas de mayor valor natural y social. La agricultura responsable, familiar, ecológica se encuentra también en peligro de desaparición, ante un sistema injusto que prima más a producciones intensivas con la que compite en desigualdad de condiciones. Por ello, desde WWF estamos trabajando para que en este 2020, el año en el que se decide el futuro de esta política, se apueste por una PAC verde y justa.

Por otro lado, trabajamos proyectos a pie de campo para demostrar que, con pequeños cambios, la producción puede mantener la calidad mientras conserva su entorno. Asimismo, apostamos por la conservación de los ecosistemas más característicos del paisaje español, como la dehesa o el olivar de montaña, ambos en peligro por la intensificación de la agricultura y la ganadería.

Tampoco nos olvidamos del papel de la industria y distribución alimentaria, con las que trabajamos para lograr su compromiso en el abastecimiento de alimentos sostenibles –por ejemplo, que no importen materias primas que causen deforestación-, a la vez que les pedimos que ofrezcan un precio justo a los agricultores y ganaderos que apuestan por las buenas prácticas en sus fincas.

2020 es un año clave para alcanzar nuestros compromisos sociales, ambientales y climáticos que pasan por transformar el sistema alimentario y rescatar a la agricultura y ganadería agroecológicas, garantes de nuestra salud y la del planeta. En WWF seguiremos trabajando por esta próxima revolución verde, de verdad.

  COMPROMETIDA CON EL MEDIO AMBIENTE, HACE SOSTENIBLE ‘EL ASOMBRARIO’.

 

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