09.07.2020

Mirar a la cara el dolor y el sufrimiento para superarlos

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El escritor y abogado Recaredo Veredas. © Luis Daza

No es la primera vez que el escritor y abogado Recaredo Veredas (Madrid, 1970) indaga y escribe sobre la muerte y el dolor. Antes lo había hecho en su ensayo No es para tanto. Instrucciones para morir sin miedo (Sílex, 2016). La diferencia es que esta vez lo hizo a las puertas de una pandemia global que nos recordaría, con su macabro saldo de sufrimiento, nuestra frágil condición biológica de mortales. Pocos días antes del estallido del coronavirus en España se publicaba ‘Todo es verdad. Historias de amor y supervivencia’ (Sílex), libro en el que el autor recoge el testimonio de distintas personas que han sufrido o sufren experiencias traumáticas de enfermedad o duelo. Experiencias que nuestras sociedades tienden a esconder y que Veredas se empeña en mirar a la cara como única forma de superar los traumas.

No es el primer libro que dedicas a la muerte, aunque lo hayas hecho desde ángulos distintos.

Todo es verdad es un recorrido por la capacidad del ser humano para sobrevivir a situaciones imposibles, salir herido y, sin embargo, no herir. Una de esas situaciones es la muerte, por supuesto, sea la ajena o la propia. Menciono la propia, porque morimos varias veces durante nuestra vida antes de la desaparición definitiva. Esa muerte, como ocurre en el tarot, implica la elección entre el cambio o la caída. Quienes eligen el cambio son quienes aparecen en Todo es verdad.

Aunque, al final, caeremos todos.

Tal destino es el de todos, no el de unos pocos. En cuanto indagas apenas unos centímetros tras la superficie averiguas lo evidente: casi todos hemos afrontado situaciones difíciles y, con más o menos holgura, las hemos superado. La cuestión es conseguir que esas peripecias tengan interés para el lector, es decir, encontrar aquellas conexiones que las hacen universales. De cualquier vida puede extraerse un material apasionante pero, por un lado, debe haber alguien que conceda suficiente valor a su experiencia para contarla y, por otro, quien quiera pulirla, buscar esos puntos universales y hacerla pública. Por supuesto al final del camino siempre se encuentra la muerte, pero eso es una condición común a cualquier historia y a cualquier vida.

¿Compartes eso de que la sociedad da la espalda a la muerte? Es una crítica recurrente, y se suele insistir en que antes era habitual ver a niños en los entierros y ahora no.

Cien por cien. Nos creemos inmortales, lo que favorece la rutina, la sumisión y el gasto y, en contrapartida, genera una intensa angustia y un ruido de fondo incesante. Sin embargo, la negación de la muerte y la patologización del sufrimiento no son conspiraciones, sino inercias que favorecen una falsa comodidad.

La muerte es eso que le ocurre a otros.

La enfermedad grave y la muerte se consideran sorpresas, hechos insólitos. Quienes las sufren se consideran desafortunados y, por lo tanto, culpables, cuando son simplemente humanos que siguen el camino de lo humano. La toma de conciencia de que somos seres para la muerte, como diría Heidegger, no es una caída en lo siniestro sino la entrada en lo vital. Solo quien sabe que morirá en cualquier momento puede disfrutar con plenitud la vida.

¿Y los niños en los entierros?

En cuanto a los niños, se les considera mucho más débiles de lo que son. Aceptan la muerte con una normalidad pasmosa para el adulto, empeñado en rodeos y circunloquios que incluyen el cielo, el viaje eterno o el borrado a lo Stalin. Así ocurre, supongo, porque los niños no tienen miedo a lo que consideran tan, tan lejano que ni siquiera debe tenerse en cuenta.

¿Has encontrado alguna característica común, alguna forma de mirar el mundo compartida, entre aquellos que han sufrido experiencias de dolor extremas parecidas?

El dolor extremo y su causa, el trauma, no son la totalidad de la persona sino solo una parte. Casi siempre restan zonas libres del incendio, que definen la diferencia entre los afectados. Como cualquiera puede sufrir dolor extremo, la diversidad es tan enorme como la propia humanidad. La proximidad entre los afectados depende en gran parte del método que cada uno utilice para abordar ese dolor. ·Ese método suele implicar una mirada sobre el mundo, a veces una narrativa, que el afectado interioriza y hace propia. Por ejemplo, la psicología —da igual que sea gestáltica, psicoanalítica, conductual…— aporta recursos a quienes se someten a tratamiento que posibilitan diálogos con claves propias. Otras proximidades son el miedo, que se desencadena en la cercanía de la causa o mediante una metáfora (como ocurre en las fobias), la culpa y la vergüenza. Estas dos últimas parecen incomprensibles desde fuera. Hay que caminar en los zapatos de quienes sufren y comprender los prejuicios de la sociedad que nos rodea para entenderlas.

¿Y qué has encontrado al intentar entenderlas?

La mayor parte de los entrevistados en Todo es verdad comparten claves conmigo y eso ha posibilitado el diálogo. Comienzan en la filosofía antigua, pasan por la Biblia y terminan en el psicoanálisis y sus derivas (con todas sus virtudes y defectos). En cada uno de los testimonios puede encontrarse el encaje con una escuela de pensamiento. El ejemplo más obvio es Te recuerdo, Amanda, que narra la relación de un paciente con su psicoanalista, pero existen ejemplos más laterales, como el estoicismo de los dos narradores de Vidas paralelas o el vitalismo del último testimonio: El camino del chivo expiatorio.

Otro de los mantras respecto al dolor es eso de que «lo que no te mata te hace más fuerte», y que hay enseñanzas o «lecciones» en el sufrimiento. ¿Lo ves así? ¿O con el dolor simplemente se sufre?

Depende de la intensidad, de la duración o de la capacidad de quien sufre. Si el dolor es psíquico, uno de sus beneficios es la indagación continua en su cura. En esa búsqueda se hallan caminos y personas sorprendentes e iluminadoras. El mayor perjuicio del dolor no es el sufrimiento propio, sino el que se infringe a los demás. Vilas afirmaba en Ordesa que la tragedia del trauma es que convierte a la víctima en verdugo. Sin embargo, tal vez el sufrimiento no resulta tan negativo, peor es negarse a sentirlo y dejar que se acumule bajo la máscara. Un porcentaje elevadísimo de las desgracias del mundo proviene de las máscaras del dolor.

Y después está el dolor como preocupación por el regreso de la desgracia formalmente desaparecida, que no tiene nada de dolor atenuado.

Paco Bescós, que testimonia en La hija, menciona la preocupación cronificada que acompaña a quien la sufre como su sombra, de la mañana a la noche, y no puede concebir una remisión. Sin embargo, existen soluciones, al menos parciales. Dos de ellas son la meditación y el apoyo en una religión. Sin embargo, cualquier salida se convierte en un simple alivio temporal si no se acompaña de la toma de decisiones.

¿Qué opinas de la muerte digna? ¿O, directamente, de la eutanasia? Precisamente hay quienes se oponen con radicalidad hablando de las enseñanzas del dolor.

Es un tema difícil, que no puede resumirse en un tuit o en un párrafo. Estoy en contra de su trivialización y también en contra del dolor innecesario, derivado del encarnizamiento terapéutico. El sufrimiento muchas veces no proviene de la enfermedad, sino de los intentos de curar lo incurable. Por supuesto no tengo ni idea de lo que haré cuando llegue el momento, pero me gustaría no dar mayor valor al tiempo de vida que a su calidad. Resumiendo, y siempre teniendo en cuenta que existen matices y excepciones, estoy a favor de la eutanasia pasiva y en contra de la activa. Poniéndome cursi, creo en el ritmo natural de la vida. En cuanto a las enseñanzas del dolor, sin duda existen, pero no se puede obligar a nadie a que las busque.

¿Hasta qué punto crees en las promesas del transhumanismo contra el sufrimiento? ¿Ves ahí un horizonte?

La cuestión es qué se pierde a cambio. Es decir, si la medicación, los implantes o la terapia genética que terminan con el sufrimiento también acaban con la creatividad, el amor o la compasión…, con todo lo que surge alrededor del dolor. Si la extirpación de los recuerdos traumáticos que causan la ansiedad y su hermana, la depresión, es precisa y se limita al borrado de determinados hechos, creo que cambiará a mejor la vida de mucha gente. De hecho, supondrá un alivio infinito. Sin embargo, intuyo que tales planteamientos no son viables y se aproximan al argumento de una película bonita y posmoderna, estilo Spike Jonze.

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Sobre el autor

Antonio García Maldonado
Antonio García Maldonado (Málaga, 1983) es analista y consultor independiente para compañías como Thinking Heads o Llorente y Cuenca, entre otras. Ha sido consultor en América Latina durante más de siete años. Hasta junio de 2017 fue Business Intelligence Manager de la consultora The Search Group, en su sede central en Belgrado. Escribe regularmente en EL PAÍS, The Objective, Letras Libres y El Asombrario, entre otros. Es también redactor de informes de lectura para la editorial Acantilado. Ha traducido, entre otros, a Bob Woodward, a William Kotzwinkle, a Jerry Toner, al marqués de Sade, a H.D. Thoreau o a Norman Mailer, cuyo libro 'Miami y el sitio de Chicago', prologó. Ha prologado la reciente edición de 'Viaje a la aldea del crimen', de Ramón J. Sender. Fue traductor becado del Colegio Internacional de Traductores Literarios de Francia, en Àrles. Participó como invitado en el último seminario del Aspen España Seminar. Antes de todo eso, fue librero y se licenció en Economía. @MaldonadoAg

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