18.01.2020

Ese momento en que la hipnosis del amor se rompe y surge la angustia

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Foto: Pixabay.

¿Qué es lo que desencadena ese momento en el que la imagen de la persona amada se altera y se ve irremediablemente ligada al mundo de lo vulgar? A veces es autoboicot, a veces el síntoma de otras carencias. ¿Sirve el análisis exhaustivo de la acción de amar? ¿Debemos detenernos a desglosar sus componentes para no sentir demasiado y volver a caer en nuestro loop de desilusión? Otra entrega de esta sección quincenal a dos voces. Diálogos sobre encuentros, el eterno femenino resistente y las masculinidades errantes. A cargo de Analía Iglesias y Lionel S. Delgado. En este espacio se alternan dos textos abordando un mismo asunto: el amor o su imposibilidad en tiempos de turbocapitalismo. 

Encontrar el amor es uno de esos eventos que ocupan el pódium de las experiencias vitales de nuestra cultura. ¿A quién no le fascina esto de enamorarse? Sin embargo, cualquiera sabe que esa experiencia tiene mucho de agridulce. Como dice Irantzu Varela en su charla sobre el amor romántico, el amor es una emoción que vivimos siempre desde la desconfianza. Nadie pone en cuestión si tenemos miedo, y siempre dudamos si amamos, amamos de verdad o si solo es capricho.

Sabemos muy poco sobre el amor. Y muy poco sobre el desenamoramiento. Analía Iglesias, en el artículo que intentaré responder, pone su ojo en la erupción del malestar en la pareja. Yo intentaré ir un poquito antes, al momento en el que la hipnosis del amor se rompe y caemos en el abismo de la angustia.

La mancha en la nariz

Creo que la ruptura del embrujo viene con una mancha en la nariz. Me refiero a ese momento en el que la imagen de la persona amada se altera y se ve irremediablemente ligada al mundo de lo simple. Mi querido Barthes pone el ejemplo de esa risa molesta, ese gesto que disgusta, ese rasgo de imperfección que de repente vemos en la persona que amamos y que hace estallar el globo.

Encontrar la vulgaridad de la persona que para nosotros era absolutamente original es uno de esos momentos fundacionales de la experiencia amorosa. Las primeras veces que lo vivimos lo experimentamos con angustia pero, según crecemos y la historia se repite, el desengaño se presenta como una necesidad pasmosa: la ruptura del hechizo amoroso y la caída en lo mundano son inevitables.

Cuando nos damos cuenta de esa inevitabilidad, cualquier relación que tengamos se mide por el antes y el después de la mancha en la nariz. Los hay, incluso, que buscan esa mancha a consciencia: “No me fío de quien no tenga esa mancha. ¡La tiene y mejor encontrarla pronto!”, me decía un colega hace un tiempo.

El autoboicot

La cantidad de mecanismos de autoboicot que ponemos a trabajar, inconscientemente, a veces, es enorme. Buscar la mancha en la nariz para vivir esa desilusión y corroborar que esa persona no es la adecuada es uno de esos mecanismos que más he visto a mi alrededor. Yo mismo lo he puesto a funcionar varias veces.

El modus operandi es sencillo: nos ilusionamos muchísimo cuando alguien se fija en nosotros. “¿Me mira?”, “¿será mi amor verdadero?”. Empezamos con las imágenes mentales de futuro juntas. “¿Encaja en tu vida?, ¿sí? ¡Tira pa’lante!” (no es necesario preguntarle nada a esa persona, las representaciones son autofundadas).

Sin embargo, con el encuentro la cosa se complica. Hay algunas personas que sostienen mejor que otras las representaciones mentales, otras no responden como esperábamos o muestran esa mancha en la nariz que las hace incompatibles. Y esa forma neurótica de proceder hace que descompasarse sea cuestión de tiempo.

Sentimiento y síntoma

El amar neurótico es un amar marcado por el estrés. Este amor está encaminado a la angustia ya que es un amor que se vive desde la ansiedad y la inseguridad. Pero, ¿es este un tipo de amor incorrecto o resulta más bien una consecuencia lógica y radical del amor de toda la vida? ¿Cómo es la experiencia amorosa?

Ya desde el primer momento, el amor se conceptualiza como abandono de sí. Pensar ya el enamoramiento temprano como rapto y como flechazo cancela desde el minuto cero la capacidad de acción y respuesta del individuo. ¿Por qué nos resulta tan difícil pensar en alguien que decide no enamorarse y corta con el embrujo amoroso voluntariamente?

El amor sigue encontrándose en el punto más alto de la pirámide de los buenos deseos: “Salud, Dinero y Amor”, el tridente catacrocker de los brindis de Año Nuevo.

El amor como gran evento de la existencia, sin el cual la vida está incompleta: “Tiene dinero, sí, pero el pobre nunca conoció el amor”. El amor es la prueba del algodón de la vida feliz y plena.

Desde luego, el amor que se menciona es ramplonamente simple. Cuando se habla de “conocer el amor”, no se habla de esa energía pulsional que nos une emocionalmente con algo o alguien. Cuando tu padre o tu tía te invitan a “conocer el amor”, seguramente se refieren a tener pareja.

El amor (con mayúscula) es parejocéntrico. La pareja es la única unidad de medida que conoce. Conseguir pareja es un objetivo vital básico, tanto como el trabajo. Sin embargo, como la genialérrima Natalia Wuwei, creo que hace mucho daño que hablar de relaciones se refiera mayoritariamente a relaciones románticas y sexuales, desdibujando todas las demás.

Lógicamente, si hacemos reposar tantas representaciones de bienestar sobre el amor en pareja, terminamos situando en el centro de nuestra vida emocional a un ser que nunca ha dejado de ser mundano, imperfecto, común, pero al que le exigimos que mantenga vivo el teatro de nuestras representaciones. “Baila para mí”, le pedimos con los ojos. Y le recriminamos si falla: “Lo siento, pero estoy buscando otra cosa”.

El amor simple

Y, sin embargo, aunque el amor (con mayúscula) sea uno de los conceptos más utilizados de nuestra cultura occidental, no sabemos mucho del amor. “El amor se vive, no se piensa”, me dijo una amiga antes de escribir este artículo. Y, curiosamente, aunque lo vivamos (o creamos que lo vivimos), poco o nada podemos decir racionalmente sobre la experiencia que nos rapta.

“El amor es mucho más de lo que puedas decir de él”, se dice. Pero sospecho que detrás de este tipo de afirmaciones, lo que hay es una comprensión nula de los procesos que subyacen a la experiencia amorosa.

Algunas hipótesis sobre el amor:

Unas de ellas, más psicológicas.

  1. Proyecciones ansiosas que hacemos hacia fuera para desviar energía emocional de nuestros problemas. Me entretengo enamorándome porque no me entretiene la vida.
  2. Romantización de la energía libidinal para sostenerla en el tiempo y acercarnos de manera más permanente a ese objeto de deseo sexual.

Otras, más materiales

  1. Entornos neoliberales que disuelven las redes de apoyo y los vínculos amistosos y ante esto, nuestra balsa es una pareja. Alguien que siempre esté ahí con quien escaparse de la soledad.
  2. Búsqueda de estabilidad logística y encontrar alguien con quien llevar las cargas de cuidado doméstico (cocinar, lavar, limpiar).

En fin, puede haber tropecientas razones que subyacen al sentimiento amoroso, pero más que analizarlas, lo que veo a mi alrededor es una alegre ignorancia sobre lo que nos pasa.

Amar, amar

Creo que esta falta de interés por las razones del sentimiento amoroso es porque lo que de verdad nos cautiva y nos fascina es el sentimiento de amar. Nos enamora estar amando, sentir el éxtasis amoroso es una razón en sí misma. Somos yonquis del enamoramiento, y el drama viene cuando, como con cualquier droga, nos cuesta cada vez más colocarnos de serotonina, dopamina y oxitocina.

Ahí se desencadena la búsqueda ansiosa del enamoramiento. Deseamos un teatro que sostenga el enamoramiento un poco más, y nos frustramos cuando la mancha en la nariz aparece cada vez más rápido. De ahí que la afirmación amorosa sea inmediata. El tan deseado “flechazo” habla más de nuestras ganas de querer enamorarnos que de la madurez de un sentimiento estable.

Por otra parte, pensar que el acto de amar es fruto de la libertad es ingenuo. Octavio Paz hablaba del amor como la libre elección de un vértigo. Pero el amor, como cualquier fenómeno social, está sujeto a normatividades culturales. El buen amor tiene una serie de pautas, reglas, contenidos normativos, producto de la historia (el amor como vasallaje, como adoración estética), la política (el amor activo en el hombre, pasivo en la mujer), la literatura (el amor como culminación espiritual, como metáfora de la vida), etcétera.

Quizás sea hora de cuestionar la amatonormatividad, que, entre otras cosas, pone en el centro el amor de pareja frente a otros amores, y comenzar a pensar en afectos diversos y horizontales.

En su artículo, Analía hace un elogio de la valentía de gozar de ese ahora que ignoramos de dónde viene y adónde va. Yo soy quizá un poco más hater. Posiblemente podamos dejar por un momento de buscar ese “ahora sí”, para indagar en las raíces que nos llevan a querer. ¿Sabemos qué queremos, cómo queremos y para qué queremos? ¿Sabemos amar o usamos indiscriminadamente esa palabra para nombrar algo que nos da miedo pensar?

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Sobre el autor

Lionel S. Delgado
Lionel S. Delgado (Rosario, Argentina; 1990) es filósofo y sociólogo. Investiga en la Universidad de Barcelona sobre temas de urbanismo, feminismos y modelos de masculinidad. Aborda las contradicciones emocionales y las prácticas de resistencia en busca de claves que permitan comprender para cambiar. Con un pie en lo político y otro en lo académico. Twitter: @Lionel_Delg

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2 comentarios

  • El 18.01.2020 , Joaquín ha comentado:

    Lugares comunes con nuevas palabras.

  • El 08.02.2020 , Yulimar ha comentado:

    Comparte esa opinión sobre el amar., la verdad que es difícil no poder entenderse uno mismo… te sientes enamorado compartiendo tu vida con alguien de pronto sin más hecha todo a perder y empiezas a buscar excusas para alejarte o alejar esa persona de tu vida…. No entiendo ese comportamiento porque en el fondo haces daño a ti y tu compañero.

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