15.03.2019

“Nunca hubo un hombre, ni una película, como mi Johnny Guitar”

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Sterling Hayden y Joan Crawford en un fotograma de Johnny Guitar.

Sterling Hayden y Joan Crawford en un fotograma de Johnny Guitar.

‘Johnny Guitar’, de Nicholas Ray, cumple 65 años. Y yo no me voy a andar con rodeos: No dejen pasar en sus vidas este espléndido y distinto western, lugar de desafíos verbales entre hombres, de desafíos de armas entre mujeres; de diálogos antológicos; entre ellos, el más hermoso diálogo de amor escrito para la pantalla. Diálogos como disparos unos y como silencios otros, balas, proyectiles que salen como fuego de la garganta o se esconden en ellas como simas oscuras.

“Hay hombres que se afanan por el oro y la plata, otros por grandes terrenos con cabezas de ganado, y otros en cambio tienen debilidad por el whisky y las mujeres, pero en definitiva ¿qué necesita un hombre? Tan solo un buen cigarro y una taza de café” (Johnny Guitar).

Ésta quizá sea la frase más masculina que un personaje diga en la película que hoy les recomiendo en Un viernes de cine. Se trata de un western, seguramente el más atípico de todos los realizados hasta el momento y que cumple 65 años en 2019.

Por supuesto, como habrán podido adivinar, se trata del filme (ya leyenda) Johnny Guitar, dirigido en 1954 por el añorado maestro Nicholas Ray, el cineasta que marcó desde su primera película las diferencias y la modernidad suficiente para que algunos le apodaran “el artista de la disidencia”.

Jhonny Guitar es, junto con Encubridora de Fritz Lang (1952), un rara avis dentro de las películas del Oeste. Una sílaba aparte del western clásico, de aquellas historias en las que las mujeres se limitan a sufrir, a enamorar, enviudar, ser capturadas, violentadas física o materialmente…, salvadas al fin por el masculino justiciero. Frente a estas mujeres del tipismo Oestético (permítanme el palabro), las mujeres de Johnny Guitar no se limitan a ir de la iglesia a la compra y de allí a la casa y a la cocina de leña o a asistir al baile de militares donde conocer al apuesto oficial; aquí son ellas las que manejan las armas, las que llevan los pantalones, figurada y literalmente.

La historia de Johnny Guitar corre a cargo de otro maestro, el guionista Philip Yordan, autor de historias cinematográficas como El gran Flamarión, Suspense, Más dura será la caída o Rey de Reyes, además de productor y dramaturgo, y que en esta ocasión adapta libremente la novela del mismo título de Roy Chanslor editada por primera vez en España el pasado octubre.

Vienna (Joan Crawford, quizá en el mejor papel de su extensa carrera) es la dueña del salón que lleva su nombre, al cual su antiguo amante, Johnny Guitar (Sterling Hayden), tiempo atrás pistolero y que ha cambiado las armas por una guitarra, llega del pasado, justo en el momento en que la archienemiga de Vienna, Emma Samall (Mercedes McCambridge), y una sarta de linchadores locales, siempre bajo las faldas de la poderosa Srta Small, se oponen a sus planes para modernizar una ciudad que espera la pronta llegada del ferrocarril y con ello la de nuevos pobladores. La lucha, sin embargo, tiene menos que ver con la tierra, el ferrocarril y los invasores que con el amor y los celos, pues Emma está obsesionada con un delincuente llamado Dancin’ Kid (Scott Brady), que solo tiene ojos para Vienna, con la que ha vivido una relación.

Dos mujeres en un escenario arquetípicamente masculino. Una, Vienna, mujer hecha a sí misma y que no se disculpa por su pasado, por su vida, sus anhelos y sus amores. Otra, Emma, asimismo pujante y poderosa, pero que se siente ofendida por la libertad de Vienna y retuerce su espíritu despechado y rencoroso, entre la envidia y los celos.

Nada bueno puede acarrear este duelo sin concesiones, duelo de naturaleza shakespeariana, violento, donde los roles están invertidos, donde los personajes dibujados por Ray, con sensibilidad y maestría, son en el fondo seres inadaptados, rebeldes, individuos que buscan su lugar, su espacio. El autoexilio, el vive y dejar vivir imposible, que se encuentra frente al desamor y los celos, a la envidia y el miedo, a la manipulación de las masas, a la animadversión hacia el otro: al diferente, al extranjero. Y cómo no, al corazón, ése que desborda y sobrepasa todos los frentes, que arrasa con la viabilidad de cualquier alianza, y al fin arrastra a todos los personajes.

Pero Johnny Guitar no es un western más de venganza y rivalidad; el arte cinematográfico de Nicholas Ray adapta el género a su conveniencia intelectual, traslada al Lejano Oeste la verdadera tragedia, en la que elabora un concepto existencial, sirviéndose de aquellos colonos que, pretendiendo defenderse de los posibles nuevos moradores, convierten a Johnny Guitar en una parábola, una narración didáctica, sobre la persecución xenófoba.

La sociedad bien pensante, inamovible, contra el recién llegado. La moral cerrada al progreso para lavar los trapos sucios en casa (la política). Muchos también han querido ver una fábula sobre la caza de brujas en Hollywood, de la que paradójicamente fueron víctimas Mercedes McCambridge y el guionista Yordan.

Una alegoría más que certera sobre las rivalidades sexuales de Vienna y la reprimida, vengativa y depredadora Emma, cuyos celos hacia Vienna desembocan en la venganza, cual Medea, capaz de asesinar a su amor antes de que se vaya con la otra, convirtiendo el filme en un drama espléndido, fundamental, avanzado, protofeminista.

El juego de miradas y silencios eróticos (demasiado para las convenciones sociales del western y de la época de su realización) y los diálogos entre las mujeres supusieron varias lecturas sexuales, que la censura y el Código Hays, así como los adeptos a la infame normativa –demasiados entonces– aprovecharon, llenando los periódicos de críticas negativas, de problemas con la censura y con la distribución americana. La crítica europea, más libre en aquellos tiempos, la calificó sin embargo de Obra Maestra, y valoró la película como uno de los grandes filmes no solo del western, sino como “un filme de leyenda”, según Truffaut, que se atrevió además a escribir de Crawford y su actuación así: “ella, que fue una de las diosas de la belleza en Hollywood, pone su rostro al límite de tal belleza, irreal, con voluntad de hierro, como un hermoso fantasma de sí misma, un fenómeno, un rostro crispado que constituye, por sí sola, un verdadero espectáculo”. Y yo estoy de acuerdo, cualquier detractor de esta mujer símbolo del Hollywood eterno tendrá que claudicar ante esta cinta.

En el plano formal, esta espléndida película combina el color, las sombras y el acento teatral de una tragedia griega. Rodada en True Color, que contribuye a darle su originalidad visual, así como el empleo del Scope como nadie ni antes ni después ha conseguido utilizar, confieren a su maravillosa planificación un lugar único en la historia cinematográfica. Imposible, por otra parte, olvidar la magnífica y mítica banda sonora de Victor Young con la canción de Peggy Lee Johnny Guitar como estandarte.

No dejen pasar en sus vidas este enorme, retorcido, espléndido western, lugar de desafíos verbales entre hombres, de desafíos de armas entre mujeres; de diálogos antológicos; entre ellos, el más hermoso diálogo de amor nunca escrito para la pantalla :  Diálogos como disparos unos y como silencios otros, balas, proyectiles que salen como fuego de la garganta o se esconden en ellas como simas oscuras.

Y sí, una historia de amor con mayúsculas. Porque al contrario de lo que Vienna asegura a Johnny, “…cuando una llama se extingue, solo quedan cenizas”, el deseo y el ansia con la que aún se ama, la pasión desatada, crea en esta obra maestra ese renacer del ave que surge de dichas cenizas. Vean un clásico contemporáneo donde el vive y deja vivir que anhelan los protagonistas se encuentra acorralado por odios y celos, como bien reflejan el vestido blanco de Vienna y el negro de Emma. Blanco y negro dentro de un colorido escenario como las únicas posibilidades. ¿Les resulta cercano o conocido?

“¿Estas de su lado o del nuestro, Vienna?

– Yo no estoy del lado de nadie”.

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Sobre el autor

Antonio Bazaga
Toño Bazaga. Más de 20 años dedicados al mundo del cine, habiendo tocado casi todos los palos: producción, desarrollo, escritura, financiación… Convencido de que el futuro del cine está aún por llegar. Apasionado de la literatura y la historia, creo que el celuloide es el mejor invento para contar lo que pasa, lo que pasó y lo que puede pasar. En fin, parte indispensable de nuestra vida.

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