24.09.2019

Peluso se salvó hace 30 años, ¿qué ha sido de las focas monje?

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Un grupo de focas monje en el interior de una cueva. Foto: M. A. Cedenilla / CBD-Hábitat.

Recientemente contábamos en ‘El Asombrario’ que quedan 700 linces, y nos felicitábamos por el éxito de su conservación. Hoy nos detenemos en otra especie muy entrañable y querida, que fue considerada uno de los 10 mamíferos más amenazados del planeta, y de la que ahora también quedan 700 ejemplares gracias a cuidados programas de conservación en las últimas décadas. Estamos hablando de la foca monje del Mediterráneo, una especie que se hizo muy famosa hace justo 30 años, en 1989, con Peluso, aquel ejemplar que vivía en aguas españolas, las Islas Chafarinas, y cuya vida corría peligro porque un aro de goma lo estaba estrangulando.  

Peluso se salvó de aquella trampa gracias a una expedición de científicos y militares españoles. Y sus descendientes y compañeros también de una situación de extraordinaria fragilidad. En la Odisea, Menelao llevaba una piel de foca monje, animal considerado protector frente a los caprichos del destino. Así que era de justicia que esta historia tuviera, al menos por ahora, final feliz.

Las poblaciones de foca monje del Mediterráneo (Monachus monachus) han pasado de ser cazadas hasta casi su extinción a convertirse en un símbolo de educación ambiental y de conservación. Las colonias de foca monje se extendían por todo el Mediterráneo, Azores, Madeira, Canarias y la costa atlántica de África. Sin embargo, años de caza por su piel y su grasa, la ocupación del litoral, sin playas donde criar, y el desarrollo de pesquerías industriales, en cuyas redes las focas quedaban atrapadas, diezmaron las poblaciones.

En el Mediterráneo sólo quedan en la actualidad dos grupos dispersos en las islas del Mar Egeo y el Jónico. Y en el Atlántico sobreviven dos poblaciones aisladas, una en Madeira y otra en la Península de Cabo Blanco, entre Mauritania y Marruecos. Las focas han tenido que cambiar sus hábitos de cría y, en vez de utilizar playas a cielo abierto, ahora se esconden en playas en el interior de cuevas marinas para descansar y reproducirse.

En el mundo se calcula que hay 700 individuos en tres poblaciones aisladas entre sí. La mayor población, con más de la mitad de toda la población, es la de la Península de Cabo Blanco, con 360 ejemplares. Esta población sufrió en 1997 una mortandad masiva por un alga tóxica y la colonia se quedó con apenas 100 ejemplares. Los trabajos realizados durante los últimos 20 años con el Programa de Conservación de la Foca Monje, desarrollado por la Fundación CDB-Hábitat, han logrado revertir la situación crítica de la colonia, pasando del centenar de ejemplares a los 360 de la actualidad. La IUCN ha modificado el estado de conservación de la especie en su lista roja, de “críticamente amenazada” a “amenazada”.

Niños visitando el Centro de Interpretación Reserva Satélite de Cabo Blanco. Foto: CBD-Hábitat.

El director del Programa de Conservación de la Foca Monje de la Fundación CBD-Hábitat, Pablo Fernández de Larrinoa, recuerda que el momento más difícil fue en 1997 con la mortalidad masiva y fue, como reacción a esa situación tan crítica, que se puso en marcha el programa de conservación.

Las tres claves para la recuperación de esta especie, que sigue amenazada, han sido la creación de una Reserva marítimo terrestre Costa de la Focas y su vigilancia constante; el seguimiento continuo de la población; y el apoyo y formación de la población local, sobre todo pescadores, mujeres encargadas de la venta del pescado y escolares.

Reserva Costa de las Focas

La Reserva se extiende durante 6,3 kilómetros a lo largo del litoral y protege las tres únicas cuevas conocidas de reproducción y descanso de las focas. La reserva está balizada y cinco agentes la vigilan 24 horas y 365 días al año, ya que una sola red en la entrada de una cueva puede ser mortal. La reserva cuenta con 12 observatorios para realizar una vigilancia efectiva.

La creación de la reserva no sólo ha beneficiado a la población de foca monje, sino que toda la biodiversidad marina ha visto una mejoría, alejando a los pescadores furtivos, vigilando los posibles vertidos e interviniendo de forma temprana, y limpiando las playas y costas de basura y plásticos. Cada 15 días los agentes limpian las playas de toda la basura que nos devuelve el mar.

Las tres cuevas de la Península de Cabo Blanco donde crían las focas están situadas a 40 kilómetros de Nouadhinou, una ciudad de más de 100.000 habitantes, que hasta 1999 consideraban a las focas una amenaza para su pesca y eran reacios a su conservación. Sin embargo, los estudios hechos en la zona indican que la foca monje no es competencia para la pesca y es un buen indicador del estado del mar.

Limpieza de la Reserva. Foto: CBD-Hábitat.

Fernández de Larrinoa señala que uno de los momentos más gratificantes fue cuando seis años después de que se creara la Reserva, las focas empezaron a ocupar las playas y recuperar los espacios a cielo abierto, e incluso en 2009 una foca llegó a criar en una playa, algo nunca visto en décadas.

También ha sido muy satisfactorio ver como de año en año el número de crías se dispara y no deja de aumentar, indica Fernández de Larrinoa. Nacían una media de 26 crías al año y ahora se superan las 70, incluso se ha llegado a 82 crías nacidas en un año.

Pulseras en la cola para su seguimiento

Las tres cuevas en las que habita la colonia se sitúan debajo de unos acantilados de 12 metros de altura, y las focas se refugian en las playas interiores. Para poder conocer mejor a la colonia se instalaron cámaras de videovigilancia y se han realizado miles de horas de foto-identificación desde lo alto de los acantilados. El observatorio de la población de foca monje cuenta con más de 150.000 imágenes que han permitido identificar a los 360 individuos de la colonia, e incluso trazar el árbol genealógico de crías, madres, abuelas e incluso bisabuelas. Es la historia vital de cada foca.

La obtención de imágenes no ha estado exenta de problemas. Los equipos y cámaras se rompían con el fuerte oleaje del Atlántico y había que volver a descolgarse por los acantilados para repararlos, o las cámaras se empañaban y hubo que diseñar un sistema estanco.

Hasta 2007 se conocía la vida de las focas dentro de las cuevas, pero no se sabía nada de sus hábitos mar adentro, ni dónde comían, ni cuáles eran sus amenazas. El Plan de Acción para la conservación de la foca monje exige que las metodologías sean no invasivas, así que el marcaje de animales con un dardo para colocar un GPS estaba descartado; también el de pegarles el aparato a la cabeza. Así que los técnicos del programa de conservación diseñaron una pulsera que se coloca en la cola de la foca cuando está dormida, sin necesidad de sedarla. Para ello, tuvieron que descolgarse por los acantilados, arrastrarse imitando a las focas y mientras estaban dormidas, colocarles la pulsera.

Han colocado 49 pulseras y se ha visto que la foca monje de la colonia de Cabo Blanco se alimenta muy próxima a la costa, a una distancia habitual de unas 12 millas náuticas, aunque los individuos juveniles pueden alimentarse hasta a 25 millas náuticas, en una franja norte-sur de unos 90 kilómetros de longitud. Además, se ha descubierto que las zonas de alimentación de las focas y las zonas de pesca industrial no se solapan, por lo que parece que actualmente estas flotas no suponen una amenaza para ellas.

Colaboración con escolares, pescadores y vendedoras

La población de Nouadhinou vivía hace 20 años de espaldas al mar, y no mostraban interés por su biodiversidad marina. Para implicar a los ciudadanos en la conservación de esta especie, se han desarrollado actuaciones para mejorar las condiciones de vida y trabajo de los pescadores artesanales, un programa de educación ambiental en las escuelas y otro de difusión e información general. En 2007 se diseñó y construyó un Centro de Visitantes sobre la conservación de la foca moje y de los recursos marinos en la Reserva Satélite de Cabo Blanco, el primero de África occidental, y a lo largo de esta última década se han impartido cursos de formación a 500 profesores de escuelas de primaria y secundaria en educación ambiental y desarrollo sostenible, y se han realizado actividades en las escuelas en las que ya han participado más de 2.000 escolares.

Además, la población puede informar directamente sobre avistamientos y amenazas a la población de focas, gracias a la Red de observaciones de foca monje en la península de Cabo Blanco, RESOPHOM, que cuenta con un número de teléfono para recibir las llamadas. La red está teniendo una gran acogida y participación ciudadana, y ya ha permitido localizar varios ejemplares de foca monje muertos para poder realizarles una necropsia, y detectar individuos con problemas o sufriendo algún tipo de amenaza para que los técnicos del Programa pudieran intervenir.

La colaboración de los pescadores es fundamental, y por eso se les ha dado formación. Más de 1.200 pescadores han participado en cursos sobre seguridad en el mar, mantenimiento y reparación de motores fuera borda, pesca sostenible y protección de los recursos pesqueros. Además, para implicar a las mujeres, que son las principales vendedoras de pescado, se construyó un mercado de venta en la ciudad de Nouadhibou, para reemplazar el existente, que no reunía ninguna condición de higiene. También se dieron cursos a 50 vendedores de pescado en materia de higiene, conservación, mantenimiento y comercialización de estos productos.

Un grupo de focas en la reserva. Foto: M. A. Cedenilla. CBD-Hábitat.

Exportar conocimiento y crear nuevas poblaciones

Pero entre todo el optimismo, surge otro reto importante. Como hemos subrayado, la mayor colonia de foca monje se concentra en tres cuevas y en apenas 6 kilómetros, lo que supone un riesgo muy elevado en caso de una catástrofe natural, como ya sucedió con las algas tóxicas en 1997, o de un accidente de un petrolero, por ejemplo. Por eso, los técnicos del programa de conservación han desarrollado una nueva metodología para crear poblaciones en otros lugares donde solía criar.

“La colonia solo puede crecer hasta cierto punto”, explica Pablo Fernández de Larrinoa, “y en estos momentos la colonia presenta un buen estado de conservación y podría donar ejemplares”. Ya se está ayudando a otros equipos de Madeira, Grecia y Turquía, aportando todo el conocimiento aprendido en estos 20 años, para que esas colonias también aumenten sus poblaciones. Y si hay financiación se podrá continuar con un programa que ha aumentado en 260% la población de foca monje, y crear nuevas poblaciones.

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Sobre el autor

María García de la Fuente
Escribo de medio ambiente y ciencia desde hace 20 años en teletipos, papel y online, y me sigo sorprendiendo y aprendiendo de éste y otros mundos. Me gusta contar cómo es nuestro planeta y lo que estamos haciendo con él. Twitteo en @mariagfuente

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Un comentario

  • El 24.09.2019 , Alejandro ha comentado:

    Yo ayudé a salvar una foca monje, allá por el año 1998, en la costa de Mauritania, en Cabo Blanco. Se encontraba, sola, en el fondo de una gruta, atrapada por una piedra que le hacía de cuña contra el fondo de la cueva. Avisé a un grupo de franceses de la asociación para la defensa de la foca monje, que se encontraban en una fiesta en las inmediaciones de Nouadhibou y, con ayuda de un tablón como palanca, conseguimos liberarla. Desde la lejanía, una vez en el mar, la foca nos miraba y nos seguía, agradecida. Fue muy emocionante.

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