El profesor Farina nos enseña a comprender los sonidos de la naturaleza

El profesor Farina nos enseña a comprender los sonidos de la naturaleza

Foto: Pixabay.

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Tu percepción del paisaje está condicionada por la cultura. Tanto, que si lo liberases de sus categorías mentales cambiaría ante ti y verías el horizonte, más dinámico de lo que crees, con otros ojos. Y la vida… Profesor de Ecología en la Universidad de Urbino, Italia, Almo Farina ha dedicado buena parte de su vida a comprender el paisaje. Desde el sonoro, grabando el canto de la naturaleza, al sensorial, desde la perspectiva de los organismos. Retirado a sus 70 años, continúa estudiando los sonidos de la naturaleza con métricas sofisticadas como la geometría fractal. En abril pasado el New York Times se hizo eco de uno de esos estudios sobre cómo estamos apagando el canto de la naturaleza. Hemos hablado con él. 

¿Cómo percibe el mundo el resto de seres vivos? Es una de las grandes preguntas que nos hemos hecho a lo largo de la historia. Para ello echó mano de la biosemiótica, entrando a formar parte de una generación de científicos comprometidos con desvelar los significados de la naturaleza, codificados en los genes. Propone revitalizar los «santuarios rurales» por armonizar mejor que ningún otro lugar el equilibrio entre la cultura y la natura, legados de biodiversidad que la Europa meridional atesora gracias a la cultura mediterránea, y cuya «biofilia representa una poderosa herramienta educativa para las nuevas generaciones».   

Usted dice que cuando se acercó a la ecología del paisaje no estaba satisfecho ni por la perspectiva americana ni por la europea. ¿Por qué?

La ecología del paisaje americana está más basada en la geografía y en patrones espaciales, mientras la europea se centra en la cultura humana y la interacción entre personas y medioambiente. Teniendo en cuenta nuestras raíces mediterráneas, yo considero al ser humano parte de la naturaleza. En América creen que la naturaleza está separada, que hay áreas urbanas, áreas salvajes y áreas agrarias. Aquí esos espacios están más mezclados. Hace 15 años intenté implementar metodologías para investigar la ecología del paisaje desde el campo de la biosemiótica, porque reconozco que para interpretar mejor el paisaje tenemos que considerar el punto de vista de los organismos. El paisaje humano existe, pero el paisaje en general o como ecosistema, no. Ecosistema es un concepto que puede ser usado sin atributos.

¿Cuál es entonces la diferencia entre su perspectiva y la del paisaje como ecosistema?

La perspectiva ecosistémica trata los flujos de materia y energía a través de las cadenas tróficas. Pero mi propuesta trata la forma en que los organismos interactúan con su entorno. El punto de vista del organismo es la única forma de interpretar el mundo real, no simplemente describiéndolo bajo el interés que tengamos. El mundo real es diferente: cognición, percepción, genética… No son elementos separados unos de otros. He intentado combinar distintos componentes del conocimiento, porque cada uno usa distintas herramientas, parámetros matemáticos, etc. Es una historia sin fin, pero considero que el punto de vista del organismo es la mejor forma de aproximar estos problemas.

Ese punto de vista le ha llevado a proponer la hipótesis del ‘ecocampo’, que vendría a presentar el paisaje como una superposición de capas o niveles. En sus artículos pone como ejemplo el petirrojo (‘Erithacus rubecula’), que selecciona zonas boscosas durante la temporada de reproducción. Utiliza los árboles como lugar de canto (ecocampo de patrullaje) y la maleza para buscar alimentos (ecocampo de forrajeo) o para colocar el nido (ecocampo de nidificación). ¿Podría explicarnos esta idea?

Es importante destacar que los organismos no perciben el entorno de forma uniforme. Para satisfacer cada necesidad fisiológica una especie activa una función, y cada función activa una plantilla cognitiva (si tengo sed, la imagen del agua, por ejemplo). El ecocampo es una plantilla cognitiva formada por los recursos que necesitamos. Cada organismo tiene distintas necesidades (anidamiento, apareamiento, etc.), así que su paisaje está constituido por tantos ecocampos como puede activar. En general el ambiente externo lo percibimos a través de una serie repetida de ecocampos, de la lente amplificadora de nuestras necesidades. Este es el punto focal de la hipótesis. No es fácil de entender, pero es muy eficaz porque es aplicable a todos los organismos.

¿También a las plantas?

Sí, también a las plantas. Podemos imaginar una planta que construye su forma sobre la base de lo que necesita, en el sentido de que la forma de la planta es su pensamiento. Por ejemplo, una planta que está a la sombra tiene hojas alargadas, o cambia de forma cuando siente frío y humedad. La diferencia entre animales y plantas es que la planta lo que “piensa” lo procesa en forma, mientras nuestro pensamiento lo transformamos en acción.

¿Y los humanos? ¿Esta percepción ha quedado solapada por la cultura?

En el ser humano hay un componente instintivo y un componente cultural. Conservamos los sentidos, pero hemos perdido la transmisión cultural para usarlos, para distinguir por ejemplo los sonidos de la naturaleza. Eso no es un rasgo genético sino cultural. Pero el ser humano no perderá su parte animal por vivir en las ciudades, tardaría miles de años. Lo que pasa es que aunque no perdamos nuestra capacidad perceptiva del mundo externo, no la usamos ni la sabemos usar.

En sus artículos cita estudios como el de Petherick sobre los efectos del diseño ambiental en el temor a sufrir un crimen, demostrando una diferencia en la percepción de seguridad entre mujeres (más sensible al diseño ambiental) y hombres. El condicionamiento cultural y social afecta en la forma en que ellas perciben antes las vías de escape. Algo que me gusta de su hipótesis es esta interdisciplinaridad humanística. 

Yo soy muy crítico cuando el hombre imagina la naturaleza como algo externo a sí mismo. Cuando la naturaleza solo es algo para proteger y no para vivir. Todos tenemos el derecho de existir como especie. No podemos ser una especie suicida. El hombre lleva sobre esta Tierra mucho tiempo, más del que podemos imaginar. No estamos en el centro del universo. Pero es absurdo meter la naturaleza en el centro del universo sin el hombre. La naturaleza no es algo separado del hombre, simplemente el hombre es una parte de la naturaleza. En algunas regiones es una microparte de la naturaleza, y en Nueva York o en Madrid el hombre es la naturaleza. Lo que tenemos que hacer es ser responsables hacia la naturaleza, y hablo en términos de especie. La clave es que el hombre cuando es mucho impacta sobre la naturaleza y cuando es poco impacta menos. Pero no hay animales que no impacten. En este momento el hombre es muy dominante, pero puede perfectamente pasar este periodo. Basta un virus como este para hacernos cerrar todo. El fundamento del ecocampo no parte de premisas ideológicas, sino factuales, fisiológicas, cognitivas. Es por lo que creo que es un mecanismo formidable. Un mecanismo no ideológico, porque gran parte de la ecología ecosistémica es ideológica.

¿Podemos distinguir entre la biosfera y la tecnofera como sistemas funcionales diferentes?

Sí, pero no es fácil de responder. Digamos que la tecnosfera, nuestra sociedad, está organizada partiendo sobre todo de energías no renovables, de las que necesitamos enormes cantidades. Pero la tecnosfera no puede prescindir de la biosfera, estamos dentro de ella. La tecnosfera no es más que un circuito cerrado dentro del cual tenemos la ilusión de girar al infinito sin pagar ningún tipo de precio energético. Durante la cuarentena no nos hemos comprado zapatos, ni vestidos, ni hemos usado el coche. Todas estas cosas son cosas de más. Adicionales. La naturaleza no hace nada adicional, no derrocha porque es mucho más eficaz. El hombre toma la energía acumulada en la Tierra, la reutiliza y cree haber resuelto sus problemas, pero en realidad genera otros, porque toda esa energía que hemos robado a la Tierra nos viene devuelta en forma de entropía. Somos grandes productores de entropía, la cual luego nos perjudica. Como el cambio climático. La tecnosfera es algo que necesita grandes cantidades de energía para funcionar, porque lo queremos todo. La naturaleza diversifica sus funciones, nosotros queremos hacer todas y mal, no de forma económica.

¿Cree que seremos capaces de adaptar la tecnosfera para hacerla más eficiente o económica? 

Es una bella pregunta, pero no creo que sea tan fácil, porque queremos tener todo. El teléfono, el reloj, el libro, bolígrafos de colores… Y toda esta tecnodiversidad comporta enormes cantidades de energía. Yo no soy un pensador visionario, prefiero intentar captar el presente que el futuro.

En sus artículos sobre paisaje sonoro lo describe como un sistema complejo compuesto por geofonías (sonido del viento, la lluvia o el mar), biofonías (sonidos de los seres vivos) y tecnofonías (desde la música al ruido), insistiendo en la importancia de las propiedades emergentes. ¿A qué se refiere?

Puede responderse de dos formas. La primera, hablamos de propiedades emergentes cuando no sabemos dar una explicación. La segunda, tenemos propiedades emergentes que son la combinación de diversos mecanismos que no pueden emerger individualmente pero que en conjunto dan un producto que llamamos «propiedad emergente». Un ejemplo es el canto de las aves. Cada especie individualmente hace su parte, pero en conjunto producen lo que podríamos llamar una cierta sinfonía. Es el caso del coro de la mañana (el canto de las aves al amanecer). Igualmente, una sinfonía es la propiedad emergente de todos los instrumentos musicales que suenan. Las propiedades emergentes existen en los sistemas complejos. Una orquesta es un sistema complejo, un conjunto de instrumentos sonando en el tiempo de forma sincronizada.

Las propiedades emergentes existen en la naturaleza, están coordinadas porque las especies han aprendido a convivir. Mi amigo Bernie Krause, compositor y ecólogo acústico, suele hablar de la «sinfonía de la naturaleza», pero yo le digo que la naturaleza no usa partitura. Lo que hace es no sobrecargar el sonido, así que cada especie relega un espacio acústico propio en la frecuencia o en el tiempo, evitando cacofonías o confusión. Pero es una propiedad emergente si sirve para algo, porque si no es un epifenómeno. La propiedad emergente se incorpora al genoma de una especie solo si es recurrente, porque la estabilidad de la naturaleza es fundamental para comprenderla. Cuando aras un suelo cada año rompes su propiedad emergente, porque no das tiempo a los microorganismos y raíces a autoorganizarse.

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