06.12.2015

Rafa Ruiz, tiempos de revolución y de ternura con ‘Toletis’

Menéalo
El periodista y escritor Rafa Ruiz con su perrito 'Truman'.

Rafa Ruiz y ‘Truman’.

El periodista y escritor Rafa Ruiz, coordinador de ‘El Asombrario’, acaba de publicar ‘Toletis. Cuatro estaciones’ (NubeOcho/Mad is Mad), su tercer libro de cuentos infantiles. Cuentos de “realismo mágico-ecológico para niños de 7 a 107 años”, como él mismo explica. En esta entrevista nos explica cómo en los tiempos de capitalismo radical en que vivimos, cada vez son más necesarias “la revolución, la reivindicación firme de unos derechos de igualdad y democracia; y la ternura, la solidaridad, los abrazos”. Siempre en complicidad con la naturaleza, tan maltratada por este sistema.

(El entrevistado quiere dedicar esta entrevista a su buena amiga Carmen González, que le sirvió de inspiración para Carmenchuchu -uno de los personajes principales del segundo libro de ‘Toletis’, que se dedica a repartir pensamientos positivos por el mundo- y que nos dejó el pasado sábado).

Quisiera comenzar la entrevista preguntándote sobre el origen de este niño llamado Toletis que da nombre y protagoniza tus libros de relatos.

Toletis surge, por una parte, de mi experiencia personal, pues yo nací en un pequeño pueblo de nueve habitantes en el norte de Burgos y crecí inmerso en la naturaleza, rodeado de animales; prácticamente todos mis antepasados han sido ganaderos. Y, por otra parte, sale de mi experiencia profesional, porque durante gran parte de los 25 años que trabajé en El País me dediqué a escribir de medioambiente. De la fusión de estos dos ámbitos nace Toletis, un personaje que me permitía ir más allá de la escritura periodística, que es una escritura muy constreñida, y reflejar en parte el mundo en el que crecí.

¿Por qué te decantaste por literatura infantil?

Bueno, literatura infantil sólo en parte, puesto que el subtítulo de Toletis es: “cuentos para niños de 7 a 107 años”. Además, no se trata tanto de elección, cuanto de suerte. Escribo también literatura para adultos; pero Toletis ha tenido más suerte al haber encontrado rápidamente una ilustradora que les puso imagen, la fantástica Elena Hormiga, y unos editores, Mad is Mad y NubeOcho (), casa ésta que apuesta por libros con nuevos valores para el mundo infantil más allá de las princesas cursis y los monstruos violentos, y en la que nos encontramos muy a gusto Toletis y yo. En mi vida, la literatura está presente en todos sus aspectos y géneros.

Toletis, nombre que llama la atención por su extrañeza, da a los animales y a sus amigos nombres provenientes del mundo egipcio.

Como a la mayor parte de los niños, el momento de la historia que más me fascinaba y me sigue fascinando es el del Imperio Egipcio. Y esta atracción la siente también Toletis; de ahí que decida llamar a su amigo Tutankamon, a su abuelo Ra -como el dios Ra-, a su perro Amenofis… Con estos nombres quería hacer un guiño para los niños, porque sé que a ellos el mundo de las pirámides y de los faraones les encanta. Aunque yo no tengo hijos, siempre me he entendido muy bien con los niños, quizá porque conservo una parte importante de niño. Por lo que se refiere al nombre de Toletis, nace de tolete, que es una palabra antigua castellana cuyo significado viene a ser “torpón” e “inocente” y que hoy apenas se utiliza, aunque cuando yo era pequeño, en mi pueblo, todavía sí. Además, quería encontrar una palabra, y afortunadamente con Toletis me pasó, de esas que escribes en Google y apenas obtienes resultados, cosa rarísima y emocionante.

Dices que entiendes bien el mundo de los niños, ¿los tuviste muy presentes en el proceso de escritura del libro?

Sólo hasta cierto punto, porque creo que nuestra relación con los niños es absolutamente contradictoria y yo quería huir de ella. Resulta contradictorio que, por un lado, la sociedad cada vez sea más cruel con ellos y, por otro lado, cada vez se exagere más la ñoñería para comunicar con ellos. Me acuerdo que el primer libro de Toletis estuvo a punto de editarse en una gran editorial, que al final prefirió prescindir de él porque no les encajaba bien en ninguna franja de edad. Esto, para mí, es la demostración de la fragmentación del público lector infantil; creo desacertado estipular por edades lo que debe o no debe leerse.

De ahí que Toletis se presente como un libro para lectores de todas las edades…

De hecho, en este segundo libro de Toletis, el último cuento está dedicado a las lecturas que yo he realizado a lo largo de la infancia y menciono libros que hoy muchos cuestionarían como aptos para niños. Yo mismo no dejo de preguntarme si cuando leía entendía lo que leía, pero de lo que no hay duda es de que encontraba algo en esos libros que me atrapaba: de la misma manera que a los niños no se les crea un mundo en el que vivir dependiendo de su edad, tampoco debería convertirse la literatura en algo coercitivo según la edad. El niño lee y se queda con determinadas cosas, las cambia, las transforma, las adapta y las imagina, encuentra palabras que conoce, otras que no, pero que entiende por el contexto y no pasa nada. No entiendo que las editoriales sean tan ñoñas al determinar las lecturas para los niños, pero luego, paradójicamente, pueden ver vulgaridades a todas horas en televisión. Cuando se escribe para niños, creo que no hay que tener particularmente presente a un lector concreto, sino la sensibilidad de los niños, que implica tener en cuenta su inocencia y su imaginación.

Hablas de inocencia, pero los relatos de grandes autores como Perrault o los Hermanos Grimm eran especialmente crueles; de hecho, las versiones más conocidas son versiones dulcificadas.

Son cuentos muy crueles, y también te digo que no sé hasta qué punto estos son los cuentos que más gustan a los niños. ¿Les gustan realmente o les gustan porque hemos caído en la inercia de repetirlos, de darles siempre lo mismo, y salen hasta en la sopa?

Tú planteas unos relatos en los que el lector no sabe si lo que se cuenta es la ‘realidad’ o es todo fruto de la imaginación del protagonista.

Muy bien visto; es precisamente así, puesto que la idea de fondo del libro es que con imaginación y con la complicidad de la naturaleza se puede resolver cualquier problema y cualquier tristeza. En relación a lo que comentas, es verdad que hay muchos cuentos en los que no sabes si lo que se explica es así o lo ha imaginado Toletis y sus amigos; yo lo llamo “realismo mágico ecológico”, inspirándome en el concepto de realismo mágico hispanoamericano. Busco reflejar ese mundo que se inventan los niños, que es real en cuanto que los niños se lo creen. Por ejemplo, Toletis viaja a la sabana africana a través de una sábana. Le basta un cambio de acento para trasladarse allí.

La fantasía se convierte en realidad, basta un cambio de acento y de perspectiva.

Voy más allá: ¿Es verdad lo que nos explican los telediarios? En absoluto, es el resultado de interesadas manipulaciones. ¿Es más real tu cotidianidad impuesta que el mundo de tu imaginación?

En este sentido, en ‘Toletis’ hay una clara reivindicación de la imaginación como auténtica realidad del individuo.

Reivindico la imaginación y reivindico la naturaleza como el último aspecto de la realidad, porque la naturaleza es aquello no manipulado y, precisamente por ello, aprender a escuchar la naturaleza, aprender a convivir con ella, es recuperar lo real perdido. La naturaleza, como se explica en el primer libro de Toletis, nos enseña a vivir en consonancia con los ritmos naturales del tiempo. Una de las peores cosas de nuestro tiempo, que yo defino como la sociedad del vértigo, es vivir acelerados cuando, por el contrario, la naturaleza es un devenir que necesita unos ritmos fijos, ella no puede ir más deprisa ni más lenta. Toletis nos enseña a dar tiempo a las cosas. Es una expresión que adoro: darle tiempo al tiempo. Tan sencillo y tan difícil.

Los niños se convierten en los maestros, son aquellos que desde su inocencia pueden entrar en diálogo con la naturaleza.

Efectivamente y, además, ofrecen ese cariño y ese calor humano del que hoy en día se carece y se requiere. Creo que en los tiempos de ultracapitalismo en los que vivimos hacen falta dos cosas: por una parte revolución y protesta, cosa que trato de hacer a través de El Asombrario, con textos periodísticos y, por otra parte, ternura, puesto que la gente está muy sola, está falta de cariño. En este sentido, creo que Toletis aporta ternura, una ternura que no tiene edad, que implica tanto a niños como adultos.

De ahí que, retomando el tema de antes, ‘Toletis’ se reivindique como una literatura infantil para un público adulto.

Por supuesto. Tres de los libros de los que bebe Toletis y que para mí fueron esenciales son: El principito, Alfanhuí y Platero y yo. Se trata de tres grandes libros cuya lectura no se reduce al público infantil y que nos trasladan a un mundo de algodón al cual, salvando todas las distancias, también intento trasladar yo al lector con Toletis. Alfanhuí, de Rafael Sánchez Ferlosio, fue todo un descubrimiento para mí en cuanto que también proyecta una determinada complicidad con la naturaleza, diferente a la de Toletis, puesto que por entonces no había la sensibilidad ecológica de hoy en día, pero Ferlosio sí planteaba una determinada complicidad entre el protagonista y el mundo natural que le rodeaba.

¿No es peligroso buscar cobijo en un mundo de algodón que no es el real? Puede ser una forma de alienación.

Sí, obviamente, pero ten en cuenta que Toletis es un libro de ficción y no es un manual de autoayuda ni el programa electoral de un partido. De esas dos variantes ya hay muchos. Y muy buenos. Y muy malos. (Risas).

Yo creo que, más que ofrecer cobijo, ‘Toletis’ reivindica un modo de vida en consonancia con la naturaleza que tiene más de político que de algodón.

La revolución más profunda que puede haber hoy en día es la de apostar por la naturaleza, porque lo cambia todo. Si hay algo contra el capitalismo salvaje e inhumano es la sensibilidad ecológica; entre otras cosas, porque el capitalismo se basa en engrasar la rueda para que el sistema vaya más rápidamente, consuma hasta la extenuación, y la naturaleza, en cambio, funciona de forma contraria: a la naturaleza no se le puede exigir un ritmo que no sea el suyo. Por esto digo que reivindicar la naturaleza es algo revolucionario, entendiendo revolucionario en el mejor de los sentidos, como motor de cambio ante lo que Joaquín Araujo suele llamar Estado del Malestar, que no del Bienestar. En este sentido, Toletis incorpora este carácter de protesta; aunque lo presenta, por decirlo de alguna manera, de una forma tierna, algodonosa.

¿Hay una intención de inculcar a los niños una sensibilidad ecológica que la sociedad no siempre inculca?

Sí, evidentemente. Yo he intentado huir de la moraleja, pero sí, claro que Toletis es una reivindicación de un modo de vida que está desapareciendo; veo con pena la desaparición de la vida rural, no tanto por unas determinadas tradiciones que me parecen bárbaras y que deberían abolirse, como el maltrato a los animales en determinadas fiestas, sino por ese contacto con la naturaleza y con el entorno que nada tiene que ver con el mundo urbano. Yo visito cada mes el pueblo donde aún viven mis padres y te puedo decir que no doy más de 20 o 25 años a ese modo de vida rural; cuando se muera la generación que hoy pervive en los pueblos, ¿quién los sustituirá? Lo veo con mucha tristeza, y lo sigo con cierta impotencia.

Así que con ‘Toletis’ intentas mostrar un mundo que, de otra manera, muchos niños no conocerían.

Sí, efectivamente, y, si te fijas, los relatos de Toletis son ricos en un vocabulario relacionado con el mundo de la naturaleza; en ellos se mencionan muchas especies de árboles y de plantas, se describen los animales… He tratado de no abusar para no pecar de pedantería, pero sí que hago continuos guiños a la riqueza de nombres de la naturaleza, desde los escaramujos a los majuelos.

¿Tenías miedo de que los niños no conocieran el vocabulario específico que utilizas?

Yo creo que la mejor manera en la que los niños aprenden es a través del juego y de la diversión, de ahí que juegue mucho con el lenguaje, inventándome palabras e introduciendo onomatopeyas. Respecto a los nombres específicos de las plantas, me sucede que, como escribo sobre cuestiones vinculadas a la ecología desde hace muchos años, no soy consciente de emplear un lenguaje complicado y, sinceramente, tampoco lo tuve en mente en el momento de escribirlo. Este segundo libro de Toletis lo escribí de forma muy fluida, salió de una manera muy fluida, durante una primavera en Sanlúcar de Barrameda, prestando mucha atención a los relatos que me contaban estos niños imaginarios, pero para mí tan reales. Estaba a solas con ellos, y ellos me iban contando sus cosas y sus aventuras.

¿Trataste de adaptar o trasladar el imaginario y el lenguaje de los niños en tus relatos?

Yo no creo que los niños deban leer cosas que reproduzcan perfectamente el modo en que ellos hablan porque, de lo contrario, no aprenderían nada. A los niños no se les debe hablar ni más alto ni con diminutivos ni como si fueran tontos, hay que hablarles de tú a tú; evidentemente, habrá palabras que a lo mejor no entiendan, pero precisamente, a través de no entender, aprenderán. Dicho esto, cuando escribí Toletis, sí tenía muy presente que no me podía recrear en estructuras lingüísticas muy complejas que dificultaran la lectura de los niños; por esto, traté de evitar las subordinadas en exceso. En cierta manera, utilicé una escritura periodística, puesto que en el periodismo se intenta evitar también el abuso de subordinadas, de estructuras gramaticales muy complejas, para facilitar la comprensión y la rapidez en la captación del mensaje.

Este acercarse al mundo de los niños como adulto lo ejemplifica el personaje de la Tía Josefina.

La tía Josefina es la gran matrona, es la tía que todos tenemos, aquella que acoge a todos los niños de la familia. Ella representa la alegría, la risa y la capacidad de introducirse en el mundo de los niños y en sus juegos.

Unos juegos en los que participan los animales, que se convierten en auténticos interlocutores.

Yo creo que todos vamos en la misma nave, que todos somos uno. Los animales, de todo tipo, forman parte de la vida de Toletis, conviven con él, conviven con nosotros. Veo cierto problema en que actualmente haya un gran movimiento de defensa de los animales domésticos, en concreto perros y gatos, un movimiento que aplaudo, pero que olvida los otros animales que, como te decía, también están en esta misma nave. ¿Son más importantes los perros y los gatos que los linces o las cigüeñas? Hay un tipo de conservacionismo urbano muy centrado en la defensa de los animales domésticos que para mí se queda corto, porque la naturaleza va mucho más allá. Y lo más triste es que, en estos más de 25 años que llevo escribiendo sobre cuestiones de ecología y medioambiente, me doy cuenta de que hemos avanzado poco.

¿Por qué crees que no se ha avanzado? ¿No interesa política y económicamente?

Al discurso dominante no le interesa la ecología de verdad, como mucho le interesa un discurso ecologista de adorno y de marketing, pero no el real, porque supondría aceptar un discurso profundamente anticapitalista. Al discurso dominante siempre le ha interesado arrinconar el movimiento ecologista y esto se ve claramente en la progresiva reducción de las secciones de medio ambiente de los periódicos o en el parcelamiento de los partidos verdes, haciendo ver que se dedican a cuestiones muy específicas y no a un modo totalmente distinto de entender la vida, y las asociaciones ecologistas, a las que no se presta la atención que merecen. Se vende que estos grupos se dedican a algo muy pequeño y muy reducido, y no es así: no hay nada más global que defender el planeta. A este interés por parte del discurso dominante se suma el aumento de la población urbana, que sobrepasa ya ampliamente en el mundo a la población rural y esto lleva a una desconexión respecto al mundo de la naturaleza y la protección de los ecosistemas.

Un mundo que en ‘Toletis’ presentas como circular, donde todo tiene un sentido y donde nada se agota: las plantas renacen precisamente gracias al abono de aquellas que murieron.

En el contacto con la naturaleza, nada termina, todo es circular. En la naturaleza, lo que parece que es muerte es vida, es alimento. Esta idea de retorno circular la refleja el dibujo de Paul Klee que sirve de eje del último relato de Toletis, realizado con un estilo infantil. Klee dibujó ese árbol y ese individuo que lo observa cuando ya era un artista consolidado, fue una de sus últimas obras y la hizo como si se tratara de un dibujo infantil. Este dibujo no sólo es el resumen de todo Toletis, sino que además representa esa circularidad de la vida, no olvidemos que se suele decir que los ancianos se vuelven como niños antes de marcharse. Yo concibo la vida como algo circular, por esto, como te decía antes, rechazo esta idea del pasar página y de querer trazar la vida como si fuera una línea en la que se van dejando cosas atrás. La vida es circular o, mejor dicho, es una espiral; y no por casualidad en Ecología se habla de economía circular, un concepto que procede de Oriente, donde la idea de la circularidad está mucho más arraigada que aquí. Frente al empeño por la línea recta de Occidente, reivindiquemos el círculo de Oriente.

El materialismo histórico que ha dominado la filosofía occidental es el que nos ha hecho asumir una idea de la historia como una línea en constante progresión.

En efecto, y precisamente por esto me interesa el concepto de economía circular. Incluso la política está asumiendo la imagen del círculo en contraposición a la línea.

¿En qué sentido?

Estamos evolucionado de una sociedad muy jerarquizada, tanto en las empresas y en los partidos como en la vida, a una estructura de relaciones más circular. No por casualidad en Podemos hablan de círculos, una idea que ya estaba presente en las asambleas circulares del 15M. En cierta manera, es una reivindicación de lo circular contra la jerarquía y yo suelo decir que estamos pasando de un mundo de estructuras a un mundo de redes, y no me refiero sólo a las redes sociales y a internet, sino al desmoronamiento de una serie de estructuras; incluso la propia estructura de los Estados está en entredicho.

Sin embargo, incluso el modelo circular parece ser más una aspiración que una realidad: el modelo jerárquico clásico se impone, basta ver el caso de algunos partidos.

Cuidado, caes en el discurso dominante. (Risas). Si aludes a Podemos, que ha recibido precisamente esta crítica que tú señalas, hay que tener en cuenta que Podemos tiene apenas dos años de vida; hay que darle tiempo al tiempo, como te decía antes que nos enseña la naturaleza, y analizar todo lo que estamos viviendo con más perspectiva. No seamos impacientes. Los cambios sociales son más lentos que las conversaciones por whatsapp, pero no por ello quiere decir que no estén sucediendo.

Piensa en ‘El señor de las moscas’: allí, en esa comunidad de niños, el líder termina por imponerse y se establece una jerarquía.

Yo creo que por las tecnologías y las comunicaciones, hoy en día el mundo es mucho más pequeño y la interrelación favorece esa desjerarquización de la que te hablo y mayores autonomías. No vivimos en islotes. Piensa, por ejemplo, en cuántas empresas trabajan con profesionales autónomos que realizan su trabajo desde su casa y lo realizan para diferentes empresas situadas en países distintos. Lo que sucede es que esto es un proceso, no un suceso, y deberemos mirarlo y juzgarlo con perspectiva.

Insisto, la desjerarquización me parece utópica: incluso en la comunidad de la red siempre hay una jerarquía, más o menos explícita.

Depende; porque, por ejemplo, en el ámbito periodístico la exclusividad de la información ya no está en manos del periodista, ahora la información y la posibilidad de comunicación se han democratizado enormemente. Antes los partidos políticos tenían una estructura jerárquica mucho más férrea, ahora casi ninguno renuncia a las primarias y a la consulta con su electorado. Pero vuelvo a lo de antes, lo que sucede es que este proceso de desjerarquización, de cambio de estructuras a redes, de líneas a círculos, es muy reciente para poder observar sus frutos; pero, por favor, fijémonos porque hay ya muchos indicios de que algo está cambiando, desde cómo están conformadas las empresas hasta la reivindicación de la descentralización del Estado.

De lo que no cabe duda, más allá de las discrepancias, es que tú y Toletis miráis el futuro con optimismo.

Por supuesto, en esto estamos de acuerdo. Por lo general, no tengo una mirada negativa hacia el futuro, aunque sí creo que, si no nos convencemos todos de que es necesario cuidar el planeta, cambiar nuestra relación con él de manera urgente y radical, estos cambios que se están produciendo no servirán de nada, no veremos el proceso, porque todo se irá al carajo; la nave se habrá hundido.

Menéalo

Sobre el autor

Anna María Iglesia
Anna Maria Iglesia quiso hacer periodismo, pero la literatura la atrapó. Se decidió por la filología, aunque pronto se dio cuenta que aquel estudio todavía tan historicista no era su camino, así que tras licenciarse en filología italiana se adentró en la teoría literaria y en la literatura comparada. Se volvió a licenciar, está vez en teoría de la literatura y literatura comparada y no contenta decidió proseguir con el master, la tesina hasta llegar al doctorado. Desde hace dos años y medios se pelea cada día con una tesis a medio hacer acerca del concepto de espacio público y de espacio privado como construcción narrativa. No soporta que le pregunten, "¿y cuándo la defiendes?". Al mismo tiempo, contrarresta la soledad de la doctoranda, colaborando con distintos medios, como Revista de Letras, Culturamas, El Cotidiano o el Núvol; en todos ellos alterna artículos culturales, desde reseñas de libros, reportajes sobre obras teatrales hasta reflexiones críticas vinculadas al ámbito de la literatura, del teatro o, en ocasiones, del cine, con entrevistas, su verdadera pasión. Y es que nada le agrada más que acrecentar su horizonte a través de largas conversaciones: escribir y hablar la definen. Twitter @AnnaMIglesia

¿Quieres leer más artículos de este autor?

Un comentario

    Deja tu comentario