¿Recuerdas cuando estábamos todos vivos en la Movida?

¿Recuerdas cuando estábamos todos vivos en la Movida?

El escritor y periodista Enrique Llamas. Foto: Pablo Á. Mendivil.

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El escritor y periodista Enrique Llamas presenta hoy su segunda novela, ‘Todos estábamos vivos’, ambientada en la Movida madrileña. Una visión distinta por parte de alguien que nació justo cuando terminaba la década de los 80. Hablamos con él. “Se reivindica mucho más la alegría de esos años, y se tiende a olvidar el enorme coste humano que tuvo”.

“¿Recuerdas cuando estábamos todos vivos y vacilábamos de mesa en mesa con los ojos como bolas de billar, desafiando a quien tuviera lo que había que tener para cruzarse en nuestro camino?” (El Ángel).

Todos estábamos vivos es una novela que surge de las preguntas. Para Enrique Llamas no todo lo que ocurrió en los años 80 fue una fiesta: sida, drogas, cambios sociales, políticos… Por tanto, se hizo esta pregunta: ¿qué habría sido de mí en esa década? En este marco de los 80 viven, a la búsqueda de su identidad, sus personajes, inmersos en un cambio de paradigma, donde nuevos elementos frenéticos se sucedían: el sexo, la moda, la música, el arte, miles de estímulos creativos para lograr la diferencia. Llamas sitúa su segunda novela, editada por AdN, en los barrios que acogieron la llamada Movida Madrileña, como Malasaña o Chueca, hoy gentrificados, pero entonces peligrosos para unos, atractivos para otros.

Una época de transgresión que puede ser fácilmente mitificada desde el aburrido prisma actual de lo políticamente correcto. Curiosamente, todo está documentado, así que, intercambiando realidad y ficción, Llamas urde la vida de sus jóvenes protagonistas llena de música, pero también de drogas. Como diría Ana María Matute: créanselos, créanselos porque me los he inventado. Afirmación que Llamas asume.

Tu primera novela, ‘Los Caín’, transcurría en el mundo rural, sin embargo en esta te sumerges en la ciudad y concretamente en el centro de Madrid.

Lo que me pasó con Los Caín es que podía unir la experiencia adquirida por la vida docente de mi padre en diversos pueblos y las distintas historias que yo había escuchado. Me encajaban no sólo para escribir relatos, sino una historia con mayor profundidad. Mucha gente, después de leer Los Caín, me animó a que siguiera narrando el mundo rural, porque es un mundo que conozco y porque me gusta la herencia de Delibes. Pero yo creo que los temas te eligen a ti. Así que al charlar con mis amigos de los años 80 y de lo que nos hubiera gustado vivirlos, uno de ellos dijo: “Yo posiblemente hubiese muerto de sobredosis”. Entonces algo hizo clic y todas las imaginaciones de mis amigos se impusieron sobre otras historias que todavía tengo en la cabeza sobre el mundo rural.

Siempre se comenta que una segunda novela da más vértigo que la primera, ¿es así para ti?

Sí, es verdad. El vértigo es mayor y lo sentí ya durante la escritura al elegir una estructura poco convencional. Tuve dolores de cabeza al preguntarme muchas veces dónde me metía. Con Los Caín fui más inconsciente porque no tenía editor, ni contactos, ni nada. También, por tanto, más vértigo a la hora de presentarla a la editorial. Sentí que tenía más que perder. Y luego todo se ha visto agravado por esta extraña situación que vivimos.

¿Cuánto tiempo te ha llevado escribirla?

Unos dos años.

Tú naciste a finales de los ochenta…

Exactamente dos meses antes de que terminaran.

¿Qué significan para ti esos años?

Yo he crecido oyendo a mis padres lo bien que se lo pasaron. Ellos estaban en los 23 o 24 años. Son de una generación un poquito anterior a la de mis protagonistas. Mis padres me hablaban más de política, fue emocionante para ellos ver cómo cambiaba España. Esto te lleva a mitificar una época. A mí siempre me gustó Mecano, era uno de mis grupos favoritos, también Alaska, pero cuando vine de Zamora a Madrid intuí otra parte más dura. En el 2000 llegué a los restos de la Movida en Malasaña como eran La Vía Láctea o el Penta. Pero es fácil idealizar la parte del color, de la creatividad, la de la libertad de expresión sin ningún tipo de cortapisas, sin la corrección política que hoy está tan en boga.

Este idealismo nos llevó a una pregunta entre amigos: ¿qué habría sido de nosotros si hubiésemos vivido en esos años? Salieron algunos inconvenientes y no solo el de las drogas. Yo soy homosexual, así que si los hubiese vivido, tal vez habría contraído el sida.

¿Crees por tanto que está sobrevalorada?

Creo que es muy importante y que marca un antes y un después, pero también que se tiende a olvidar el coste humano que tuvo. Se reivindica mucho más la alegría de esos años, que la hubo, pero no es tanta la visibilidad que se da a las enormes pérdidas humanas que registró.

Otra de las preguntas que me hice para escribir el libro es si yo con 50 o 60 años sería capaz de hablar tan alegremente de mis años de universidad si hubiera perdido a muchos amigos. Y no sé la respuesta.

Pero también ha habido sucesos dramáticos en las décadas posteriores.

Sí, claro, pero no tan dramáticos como el de la heroína o el sida. Es cierto que mi generación ha vivido una crisis económica muy grande en la que se ha pasado mal y ahora viene otra. Pero me quedo con la crisis de 2008 y no con la del VIH, incluso me quedo con la del coronavirus y no con la del VIH. Hubo caminos para muchos que no tuvieron retorno, con la droga y con el sida.

De esa década se ha hablado por activa y por pasiva. ¿Con qué fuentes has contado para dar forma a tu historia?

Yo hice lógicamente un trabajo de fondo, incluso hablé con un amigo psicólogo experto en duelo. Lógicamente, te ves todo tipo de documentales. El archivo de TVE, como Ochéntame otra vez, me fue de gran utilidad. Otras fuentes fueron la ficción de la época: las películas de Almodóvar, las de Eloy de la Iglesia, la literatura, libros como Crónica del desamor, de Rosa Montero. María Millán, que es comisaria de exposiciones, me documentó sobre los artistas de la época, como Pepe Espaliú.

‘Mientras estábamos vivos’ puede ser también entendida como una descripción del paso de sus protagonistas de la adolescencia a la juventud.

Cuatro personajes a la búsqueda de su identidad o de algo que ni siquiera saben. Durante el proceso de documentación descubrí a un poeta muy interesante, El Ángel; su padre fue crítico de flamenco de El País, a él le debo el título del libro, pero también intentar saber cómo pasas de ser un niño de buen colegio, una familia convencional y con pantalón bien planchado a ser un heroinómano. Por eso me interesan esos personajes que empiezan la universidad y se sueltan de la sombra de sus padres y comienzan a volar en solitario. Sobre todo las mujeres que habían recibido una educación muy distinta a la del mundo al que se van a tener que enfrentar. Me interesaba ese modelo de personas bien que salen de casa de sus padres y van a esos barrios deprimidos, inseguros, que era el centro de Madrid, y se transforman.

¿Ese paso de la adolescencia a la juventud en tu generación ha sido muy diferente?

Ahora, hablando contigo, me salen todas las preguntas que me hice. Otra fue cómo es que esta gente se metió tanto en las drogas sin preguntarse por las consecuencias. Yo pertenezco a una generación que es heredera de los excesos de esa generación. El primer recuerdo que tengo de la televisión es un anuncio de un gusano metiéndose por una nariz. Una campaña antidroga que equiparaba el gusano a la cocaína. Hemos hecho un paso a la juventud con más miedo, que en algunos casos es bueno, ya que te da un respeto hacia ciertas conductas. Pero los miedos te hacen menos atrevido y tal vez menos creativo.

La música define también a los 80 y, como dices, los músicos mueren, pero la música no.

Sí, reivindico la música, fue parte esencial del ecosistema. Muchos jóvenes se adentraron en ella sin saber de música y con resultados excelentes en algunos casos. También hubo un movimiento plástico muy importante y voces en la literatura muy interesantes, pero, claro, el apodo de “maldito” se aplica más a la música. Curiosamente, en esos momentos TVE le daba mucha visibilidad a su estética. Y gracias a esto tenemos muchos registros audiovisuales. Incluso el concierto homenaje a Canito en la Escuela de Caminos, de 1980, está grabado por TVE. [En ese concierto actuaron Nacha Pop, Alaska y los Pegamoides, Mamá, Paraíso, Mermelada…]. Fue el comienzo de la Movida.

Hablando de música, ¿cómo son ‘las chicas de ayer’ o al menos tus chicas de ayer?

Habrá muchas tipología de chicas de ayer, pero yo he querido retratar a dos de ellas: Adela y Diana, y el conflicto con sus respectiva madres, personas brillantes y famosas. A pesar de tener condiciones similares, sus derivas son muy diferentes. Las madres tienen un poderío que puede comer a sus hijas. Las dos tienen que escapar, así que en los ambientes de libertad de la Movida puede estar su posibilidad. Pero siempre hay consecuencias imprevistas.

Dibujas a una muy inocente y a otra un poco más perversa.

Yo doy mucha importancia al ambiente, la trama está dentro de él. Para esto me basé en El perro del hortelano. Me aprovecho de esa obra, incluso para los nombre de Diana y Teo. Y sí, es cierto; una es muy inocente, confía mucho en la bondad de los desconocidos, como se dice en Un tranvía llamado deseo y en Todo sobre mi madre, y hay otra que es mala. En Los Caín también había personajes malos. Yo pienso que existen y los meto en mis novelas. Cada una tiene un final muy distinto.

La provocación es parte de la época. Hay un personaje, Teo, que confiesa que no es tan importante saber cantar como llamar la atención, echarle morro, ser pasota. Es el único que sobrevive.

Es al único que salvo… físicamente, porque moralmente… Esto también ocurre ahora; en mi lista de Spotify hay gente que no canta bien, pero tienen sentido del ritmo y conexión con el público o tienen melodías y letras estupendas. Hay gente que tiene mucho carisma. En los 80 se dan cuenta de su importancia; antes se decía tener buen rollo.

Sitúas la novela en pleno centro de Madrid, ¿te dio respeto hablar de las periferias?

Teo viene de ellas y él aspira a consagrarse como un músico de moda. Los problemas eran los mismos, pero las realidades eran distintas. Yo hablo de las calles que he conocido y quería mostrar que la geografía del centro de Madrid ha cambiado mucho, pero es que además es donde estaba la Movida.

Tus personajes femeninos son de clase media-alta y, por si hay alguna duda, existe la reiteración de Claudio Coello con Hermosilla, que es donde vive Adela.

El recurso de la reiteración es un guiño. Los vecinos de Adela tienen un hijo y está en Los Caín. Por supuesto, en la Movida estaban todas las clases sociales. Pero unas clases medias, incluso clases económicas muy aventajadas, se desclasaban hacia abajo aunque luego fueran a dormir a sus casas de Claudio Coello con Hermosilla. Este intento de desclasarse aparece también en Romanticismo, de Manuel Longares, una de las grandes novelas de los últimos tiempos.

¿Consideras arriesgado utilizar un tiempo que no es lineal, sino que avanza y retrocede ofreciendo nuevos acontecimientos en la narración?

Siempre pongo el ejemplo de Titanic. Todos sabemos que se va a hundir. De hecho, yo comienzo la novela con la muerte de una de las protagonistas: “La última vez que la señorita Adela despertó…”. Tengo que reconocer que tengo muchas influencias de las series actuales; Ryan Murphy es uno de mis guionistas favoritos. La serie del asesinato de Gianni Versace me inspiró para afrontar esta estructura; en ella se retrocedía constantemente en el tiempo, un recorrido hacia atrás hasta llegar a la infancia del asesino para comprender el presente. Yo acabo en la juventud de las madres de mis protagonistas. En esta serie el elemento psicológico de los personajes se apreciaba mejor de esta manera. Posiblemente, con una estructura lineal no me hubiese enganchado en absoluto. Sé que es arriesgado, pero creo que mantiene al lector más en vilo. Eso sí, a mí me dio muchos dolores de cabeza para no perderme a la hora de escribirla. Pero encaja todo.

Unes a personajes reales y ficticios.

Saco a algunas personas que creo relevantes, no a todas las que me hubiese gustado. Elegí las que me parecían más características. A todas ellas las trato con mucho respeto, especialmente a aquellas que ya no están. Son las voces a las que dedico la novela, aquellas que no están para contarlo. Hay algunos como Las Costus, de los que describo su casa, que salen, hablan. Otros son amigos de mis protagonistas, pero no son tan visibles, hay otros que salen pero no digo quiénes son. Es mi juego con el lector. Me emocioné al escribir de Enrique Urquijo. Siempre he tenido claro como lector que la frontera entre lo real y la ficción no es tanta o no existe. Pero tengo que decir que uno de los personajes, Siberia, no es Alaska y que se llama así porque estaba leyendo Miguel Strogoff. Cuando no sé qué leer, leo a Julio Verne.

¿Haces más homenajes en tu libro?

Sí y utilizo los títulos de los capítulos para ello. El poeta El Ángel (Ángel Álvarez Caballero), como he comentado, me ha inspirado el título. Pero también hay un homenaje a su poemario Los planos de la demolición y a su disco Polvo de Ángel.

El cuarto de atrás y Cuestión de tuberías son una referencia a Carmen Martín Gaite. Así como Olvidada señorita Adela lo es de Ana María Matute. El acto es mi homenaje a Parálisis Permanente. En 1982 publicaron su único disco con este título. Una maravilla del punk español.

Martín Gaite, Delibes y Matute son para mí grandes referentes. Los Caín se titula así por Los Abel de Matute. Tuve la oportunidad de conocerla. Una mujer de una humanidad tremenda. Una de las grandes escritoras españolas.

En el futuro, ¿dónde crees que te va a llevar la imaginación?

Esta pandemia ha trastocado algunos de mis planes, como a muchos. De momento, a mis 30 años tengo una incapacidad para tratar y escribir del presente.

Enrique Llamas presenta y firma su novela ‘Todos estábamos vivos’ hoy, jueves 24 de septiembre, junto a Sergio Fanjul. En la librería Cervantes y Cía de Madrid. Para obtener el enlace de Zoom o asistir a la firma: info@cervantesycia.com

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