27.05.2020

Recuperemos un espacio público, para compartir y no para circular

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La copa de los árboles en Central Park, el ‘pulmón verde’ de Manhattan. Foto: M. Cuéllar.

Con la pandemia, con el encierro y las fases de desescalada, estamos aprendiendo a valorar más que nunca la importancia de un espacio público saludable para todos, respetando nuestra diversidad. No caigamos en la trampa que encierra el concepto ‘facilitar la movilidad’. Lo que necesitamos son espacios agradables para estar, para quedarnos, para compartir, y no solo para movernos, para circular. Espacios vitales. Si esta emergencia sanitaria no sirve al menos para esto, poco, muy poco, hemos aprendido.

Las grandes ciudades, que antes de la ‘nueva realidad’ parecían los paraísos de comodidades y servicios para muchos, han demostrado ahora ser auténticas cárceles y las grandes perjudicadas. El confinamiento no ha sido igual para quienes lo han pasado en pequeños pisos sin vistas más que a un patio interior o sin balcones que para quienes lo han vivido en un pueblo. Después, la desescalada ha evidenciado que el espacio público es insuficiente, que lo que un día fueron plazas y calles anchas han ido mermando en diferentes momentos, casi siempre con un fin de explotación inmobiliaria o industrial. El automóvil ha ido arrebatando el espacio a los viandantes y el espacio público se ha convertido en ese lugar de transición por el que circulamos de un espacio privado a otro. Circulamos y no nos quedamos. Tan solo en los pueblos se puede ver personas compartiendo espacio y tiempo. Quizá porque sólo en los pueblos sus habitantes seguían siendo los dueños de sus espacios y tiempos, parámetros que hemos perdido por unos ritmos de vida acelerados y casi robóticos y de los que parece que hemos vuelto a ser conscientes con esta pandemia. Además, ahora queremos disfrutar de nuestro tiempo en el exterior en un espacio público que no permite el disfrute de encuentro social.

Central Park, en Nueva York, el parque más famoso del mundo, fue en sus inicios concebido y construido como un experimento de resiliencia por Frederick Law Olmsted y Calvert Vaux: querían que fuese un espacio democrático de encuentro entre las clases pudientes y las clases más desfavorecidas, de modo que ambas pudiesen interacturar en ese paraíso creado artificialmente para ello. Confiaban que, de ese modo, se construyese una sociedad mejor, a través de espacios públicos de encuentro e interacción. Porque los parques y las plazas deben invitar a la interacción, y el espacio público debería ser mucho más que las estrechas aceras por las que nos movemos de un lugar a otro. Movernos sin quedarnos, sin estar.

Los primeros asentamientos humanos se levantaron en torno a ríos porque el agua era vida; significaba la forma de llenar las tierras de fertilidad para obtener alimento. Evidentemente, no todos los asentamientos ni evoluciones de las ciudades fueron iguales; cada modelo se desarrollaba y se adaptaba a una serie de necesidades logísticas y orográficas. La ciudad industrial como hoy la concebimos surgió a finales de siglo XIX, pero llegando a un crecimiento desmesurado, produciendo una gran deshumanización, alejamiento de la naturaleza y desarraigo de los habitantes. Los lugares de encuentro pasaron de ser las plazas a ser los centros comerciales, porque en algún momento también comprar pasó de ser un acto para la adquisición de bienes necesarios a convertirse en ocio para muchos. Lo que se denominó el “nuevo estilo de vida” fue acompañado de construcciones urbanísticas que han demostrado ser insostenibles para la vida humana y el medioambiente; los planeamientos urbanísticos, especulativos en la mayoría de los casos, iban destinados a aprovechar subvenciones o llenar las arcas municipales. Los centros de las ciudades fueron ocupados por negocios y oficinas, en los bajos comerciales se suceden cadenas de comercios y las comunidades de vecinos de los barrios más céntricos han sido sustituidas por apartamentos turísticos empujando a los vecinos que no podían asumir nuevas burbaujas de los precios del alquiler a vivir a los barrios periféricos. Barrios que muchas veces no cuentan con transporte público, por lo que, al tener que desplazarse en vehículo privado, se incrementa el coste de desplazamiento a sus trabajos y el coste medioambiental.

En la Cumbre Internacional Hombre, Ciudad y Naturaleza” llevada a cabo en Río de Janeiro en 1992 ya se hablaba de las ciudades como “máquinas de fabricar la desigualdad social, la corrupción, la exclusión, la violencia y la miseria”; ya allí se hacía referencia al nivel de destrucción del entorno natural y la degradación del nivel de vida.

Si la Covid-19 nos ha traído una crisis sanitaria y económica que nos ha recordado aspectos vitales como el tiempo, el espacio o la necesidad de contacto social, y lo más importante, la salud, debemos empezar a tomar medidas para buscar cambios que subsanen errores del pasado como los urbanísticos, recuperando el espacio público, la participación social y la calidad de vida. Para Esteban de Manuel, profesor en la escuela de arquitectura de Sevilla, no se avanzará hacia un desarrollo sostenible centrado en el ciudadano si no colocamos en el proceso participativo al conjunto de la ciudadanía, volviendo al concepto griego que vincula el término ciudadano a sentirse responsable de los asuntos de la ciudad, de la polis. Precisamente en estos términos participativos, sus estudiantes presentaron el pasado 15 de mayo un modelo de transporte público metropolitano integrado, lo que incluye bus, metro, cercanías, tranvía de implantación progresiva a muy bajo coste partiendo de los recursos existentes.

Para el estudio de arquitectura y planificación urbana Skidmore, Owings and Merrill (SOM), en los próximos 40 años serán construidos más de 230.000 millones de metros cuadrados, por lo que consideran que frente al crecimiento y urbanismo rápido debe apostarse por una arquitectura en consonancia con la naturaleza. Para la Organización Mundial de la Salud (OMS), las ciudades son organismos complejos, por lo que hay que tomar en consideración no sólo las estructuras (carreteras, edificios, etc), sino también el medioambiente, la resiliencia económica, el patrimonio cultural y la igualdad social. Precisamente, este estudio recogía el guante a una propuesta de la revista National Geographic sobre cómo diseñar la ciudad del futuro. En su respuesta presentaron una propuesta en la que la urbanización se regía por la ecología. El agua se recaptaría y reutilizaría, los residuos se convertirían en recursos, la cultura y el patrimonio de una población diversa recibirían el apoyo público. Los ciudadanos llevarían una vida más sana con mejor acceso a la naturaleza. El diseño completo fue publicado en su versión impresa por la revista en abril de 2019.

Son muchas las asociaciones, colectivos y ONGs que reclaman más espacio público a los ayuntamientos, más espacio para peatones y bicicletas, lo que supondría la recuperación del espacio de todos y un apuesta en firme por la salud, dado que desde el comienzo del confinamiento el 14 de marzo se ha producido una reducción drástica de los niveles de contaminación atmosférica por NO2 en las principales ciudades españolas, reducción que se ha cuantificado en un 58% de los niveles de contaminación habituales en estas fechas durante la última década, tal y como refleja el estudio publicado por Ecologistas en Acción a principios de este mes. Ciudades que caminan reclaman también ese espacio y ofrecen prototipos de señales para el urbanismo táctico a favor del peatón y ejemplos que han recopilado de todo el mundo en una entrada en la web con el título Covid-19: reconexión. El seminario, Movilidad e infancia, compuesto por varias asociaciones y con el apoyo, entre otras, de ConBici, la Asociación Española de Pediatría o Teachers For Future Spain lleva dinamizando y reclamando   desde 2012 la necesidad de que el alumnado se desplace al centro educativo caminando o en bicicleta, y promueve la recuperación de los entornos escolares como lugares de juego y movilidad activa, segura y autónoma de la infancia.

Ahora más que nunca es el momento de recuperar la calidad de vida y el espacio público, llevando a cabo medidas como las mencionadas que suponen una apuesta por la salud a corto y largo plazo. La transformación debe venir para quedarse y no como una medida momentánea, dado que sólo mediante la reducción de emisiones preservaremos un medioambiente que nos ha recordado que pertenecemos a él como especie y que lo necesitamos para nuestra propia existencia

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Sobre el autor

Miriam Leirós
Maestra de Primaria desde hace 20 años, educadora e intérprete ambiental. Coordinadora del colectivo Teachers for Future en España. Trabajo en la escuela pública, desde donde trato de subrayar los valores de la cultura y la ecología. Con acento gallego.

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