23.03.2019

Sexo y terrorismo: las relaciones peligrosas del acomplejado falo blanco

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Foto de Irene Díaz.

Foto de Irene Díaz.

¿Cuánta pasión hay en la violencia? Conmovidos por el atentado del supremacista australiano en Nueva Zelanda, nos propusimos el desafío de analizar cuán ligada está la ira al erotismo en nuestra cultura y qué fantasmas acechan al hombre hetero blanco, hoy. Racismo y fantasía sexual en esta entrega de nuestra sección quincenal a dos voces, ‘Por culpa de Eros’. Diálogos sobre encuentros, el eterno femenino resistente y las masculinidades errantes en tiempos de turbocapitalismo. A cargo de Analía Iglesias y Lionel S. Delgado.

“El racismo está atravesado por la pasión”, me dijo Lionel para convencerme de que hoy teníamos que hablar de esto. Se refería mi compañero de escritura a desmenuzar la cólera detrás de la masacre que el supremacista blanco australiano provocó en dos mezquitas de una pequeña ciudad de Nueva Zelanda, hace una semana. Nos acercábamos al dolor desde la repugnancia de asistir mediáticamente a un ataque tan ruin contra un grupo de musulmanes practicantes en su día de oración, el viernes, y en torno a su templo. Tampoco aquí nombraremos al terrorista, una medida por la que ha optado la primera ministra neozelandesa, para no darle popularidad.

Sabemos que estamos lejos de entender las complejísimas (e individuales) razones profundas de un asesino –que incluirán seguramente miedos, traumas y filias que ni él comprende–, pero sí podemos aproximarnos con cautela a algunos de los ingredientes culturales que envuelven al tipo en cuestión, según él mismo lo ha explicitado. Uno de ellos (lo sabemos porque lo dejó escrito en un “comunicado” que emitió unos minutos antes de ir hacia su objetivo) es su adhesión a la teoría del ‘gran reemplazo’, con la que algunos representantes de la extrema derecha francesa intentan inocular el miedo de los europeos blancos a las personas de piel oscura y, especialmente, a las árabes o nacidas en el Islam. El otro rasgo generacional del treintañero es su pertenencia a la subcultura gamer (de los videojuegos) y las “trazas políticas chungas” que contiene ese lenguaje (en palabras de Lionel Delgado, el co-columnista, su contemporáneo y aficionado a los mismos juegos). De ellas dejó impronta el tirador australiano en los 17 minutos de transmisión de Facebook Live, en los que tuvo tiempo para recomendar la suscripción al canal de Youtube de un experto en Call of Duty, mientras se dirigía a la matanza en su coche.

Cada una de estas dos dimensiones etarias y culturales abren infinidad de interrogantes y nuevos desafíos de interpretación. Necesitamos explorar estos episodios y ponerlos en contexto para empezar a analizar lo que subyace a las pasiones desde su origen y los rasgos de violencia de género asociados a la frustración neocolonial en el capitalismo tecnológico.

En el origen de la pasión.

¿Qué es la pasión? Hoy relacionamos la palabra pasión con la lujuria, incluso con el deseo irrefrenable que ponemos en otras actividades a las que revestimos de ímpetu sexual. Pero la palabra no siempre tuvo lo erótico como primera acepción.

En tiempos de Homero, la pasión por antonomasia era la ira, que aludía a un deseo violento, incontrolable. Era una iracundia inspirada por aquel Dios vengador del Antiguo Testamento, arguye la lingüista Ivonne Bordelois, en su libro Etimología de las pasiones. Aquella ira homérica se desprendía de “la justa venganza que identifica y justifica al héroe como tal, defensor no solo de su propia vida individual, sino de la integridad y supervivencia de su grupo y de su estirpe”.

El héroe recobraba la “plenitud de su libertad”, a través de la destrucción total de su enemigo. En cambio, la etimología que nos lleva hasta el estro (y de allí, estrógeno, la hormona femenina) habla de inspiración, ardor, estímulo y excitación. Dice Bordelois: “Podríamos aventurar que, en el mundo griego, mientras la ira parece señalar lo propio de los varones conquistadores y rapaces, justificados en la destrucción de los enemigos por un impulso irresistible proveniente de los dioses, en las mujeres la pérdida de control, el desenfreno vital se encamina preferentemente a la liberación de la potencia genésica, orientada a la celebración de los dioses y expresada en los ritos dedicados a ellos”.

Destrucción versus generación. Y Bordelois se aferra a Sigmund Freud para señalar que “la pulsión erótica puede orientarse en dos instancias: la de fusionarse entregándose y la de conquistar apropiándose”. Por lo demás, Freud alertó de que una pulsión amor-odio subyace siempre a la relación del ego con el objeto de su elección.

A veces excluimos significados de las palabras porque no sabemos qué hacer con tanta contradicción, los reprimimos o nos los reprimen. De las pasiones calientes, ligadas al cuerpo, hemos pasado a las pasiones frías, como el rédito y el interés de las ordenadas y disciplinadas sociedades “democráticas”, y ahí es cuando “amor e ira se reducen convirtiéndose en sexo y violencia”, culmina Bordelois.

La paranoia blanca de la virilidad árabe y la fertilidad musulmana

El hombre blanco hetero que mató a 50 personas (hombres, mujeres y niños, la mayoría refugiados palestinos), la semana pasada, había pasado una temporada en Francia, de donde se trajo una teoría política que calzó a la perfección a su paranoia: el “gran reemplazo”. Lo dejó escrito en el manifiesto que colgó en internet, minutos antes de salir a matar a la mezquita, y a modo de sesuda explicación de sus motivos. El “gran reemplazo” es el nombre de un fantasma inventado por el escritor francés de extrema derecha nacionalista Renaud Camus para alertar a la población blanca francesa de que los inmigrantes africanos y magrebíes, por su alta tasa de fecundidad, van a terminar reemplazando a pálidos galos y, al fin, a todos los rubios del norte.

Incluso si esto fuera a suceder ¿cuál sería el problema de que se nos oscurezca la piel, si tomamos consciencia de que todos fuimos africanos una vez y que algunos nos fuimos decolorando, generación tras generación, por vivir bajo un sol de baja intensidad en territorio de lo que hoy es Europa? Sea cual sea la dinámica demográfica de este planeta, los que se muden al norte se terminarán destiñendo, ¿no? Y vuelta a ser rubios…

Lo cierto es que esta paranoia (por lo demás, típica de las potencias coloniales) ha dado letra a escritores mediáticos como Michel Houellebecq y a muchos otros pensadores franceses envejecidos y asustados por su propio declive. Si la virilidad del macho colonial –otrora exitoso embaucador y conquistador– se pone en duda, hay que inventar teorías para menospreciar al magrebí potente (o que ellos suponen como la encarnación de un poderoso falo: “cuchillos árabes del sexo”, les llamaban algunos franceses) y, de paso, infundir terror a la poderosa y obligada fertilidad musulmana. Amenazado el hombre blanco hetero, su misión es castrar al árabe y al negro, para salvar a su población aria y cristiana de ese gran falo siempre erecto, envidiable y temido invasor (ellos sí controlan a sus esposas), tan apetecible como vengativo, cuya imagen ellos mismos han agigantado en su cabeza. Gran reemplazo.

A este respecto, vale la pena echar un vistazo a la perspectiva descolonial de género de los indígenas” de la República, en especial, a los escritos de la militante feminista franco-argelina Houria Bouteldia. Porque los franceses, unos y otros, hace décadas que entendieron que la política sí tiene que ver con la pulsión sexual, y debaten activa y abiertamente sobre estos asuntos.

La impotencia se torna violencia

Tenemos que tener mucho cuidado las mujeres de no alimentar exclusivamente la imagen de la víctima del monstruo, que lloriquea frente a cámara, porque parecemos seres desvalidos que buscan que alguien los salve. Esta idea del monstruo autocumplido, como la profecía, es una sabia advertencia de la antropóloga Rita Segato, que insiste allá donde puede que, justamente, el hombre criado en esta sociedad machista lo que quiere es confirmar su potencia de monstruo, porque en eso consiste el mandato de la masculinidad.

Extrapolando este vínculo de la inválida y la bestia al territorio político, el monstruo blanco no puede parecer afeminado e inerme frente a la amenaza árabe-negro-musulmana, toda vez que –como hemos visto– el héroe de nuestra cultura greco-latina (y cristiana) es un destructor, como el Dios castigador del Antiguo Testamento.

Sobre esta capa cultural, está la del impiadoso capitalismo que, con su carga de desigualdad, injusticia y precariedad, vuelve impotentes a los hombres en el terreno económico. Así, incapaz de cumplir con su rol de proveedor y sostén de su familia, el monstruo viril recurre a la última bala en la recámara: la violencia física (ya sea en forma de agresión sexual, patada o rifle). También es Segato –que ha trabajado con violadores en cárceles de Brasil– quien nos pone en la pista de la indagación.

Vivir dentro de un videojuego

Cada uno adapta su neurosis (o su psicopatía) al lenguaje aprendido para expresarla. El caso es que el videojuego es el lenguaje en el que se mueve con soltura el asesino de Nueva Zelanda, como cualquier milenial que ha adoptado los códigos de Nintendo como lengua materna. Esto solo significa que habrá fanáticos del Call of Duty que no salgan de su habitación porque la vida real es más aburrida que la pantalla, otros que compren rifles semiautomáticos y salgan a matar, y otros que lean a Dostoievsky y sean felices escribiendo, incluso otros que se doctoren en Filosofía y anden en la búsqueda teórica del superhombre de Nietzsche.

Con todas nuestras (in)sensibilidades diversas en liza, podemos preguntarnos, sin embargo, ¿cómo opera la ficción de la hiperconectividad digital en nuestra consciencia?

Hoy ningún terrorista de la generación gamer se olvida de la cámara GoPro al salir de casa. Con la cámara adherida a la frente, emulan los planos subjetivos, en los que se ven sus pies caminando firmes hacia el enemigo, con todo el horizonte a conquistar a la altura de sus ojos. En este caso, el supremacista que atacó las mezquitas transmitió la masacre durante 17 minutos por Facebook Live. En el directo se ve su acercamiento al templo, cuando se encuentra con un hombre que le dice “pasa, hermano” y cómo él le dispara. En el trayecto, ha amenizado la transmisión con una recomendación de suscripción al canal del youtuber sueco PewDiePie, “una suerte de último héroe del Youtube original” que mantiene una rivalidad virtual contra los nuevos hacedores de memes, tal como lo menciona el periodista Emilio Domenech. Pura comidilla de tribu digital.

En el artículo de eldiario.es El supremacismo es un meme peligroso”, Felipe Gil explica con lujo de detalles estas batallitas por la supremacía en territorio del videojuego y narra cómo se multiplicó la difusión del vídeo del terrorista, al que le fueron agregando las etiquetas propias de la comunidad, por ejemplo, real life effort post (una publicación en la vida real).

Con esto queda claro que un héroe del mundo algorítmico puede saltar a la vida real para convertir en nomenclatura gamer una carnicería con sangre verdadera. En esta rueda tecnodelirante, no se puede hablar de efectos lineales, sin duda que no, pero todos y todas nos sentimos cada día más autómatas, y lo sabemos bien, aunque lo ocultemos. La tecnología es nuestro idioma y, como toda lengua, antes que nada, expresa el vínculo que tenemos con nosotros y nosotras mismas. Los selfies o nuestras stories de Instagram son el espejo en el que nos vemos. El post del asalto a la mezquita es, antes que nada, el reflejo narcisista que busca el asesino.

En fin, como corolario podríamos proponer acaso seguir pensando, sintiendo y explorándonos para entender algunas derivas político-sexuales de estos autómatas del consumo que somos y que son, sobre todo, estos dioses zombies de falos blancos y también los cultores de otros paraísos con vírgenes dóciles, desnortados, en busca de alguna salvación.

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Sobre el autor

Analía Iglesias
Analía Iglesias es escritora y periodista. Coordinó durante cinco años el blog Eros de El País. Como ensayista, se acerca a la afectividad de la época con la necesidad de indagar en las pulsiones sexuales y en la función que cumplen en la actual sociedad de consumo. Es coautora –junto a Martha Zein– del libro ‘Lo que esconde el agujero: el porno en tiempos obscenos’, publicado por Editorial Catarata. En Twitter ‘@analiaigles’

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