24.10.2018

Suso Mourelo, el escritor lento que salió a buscar el tiempo, la luz y la naturaleza

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El escritor Suso Mourrelo.

El escritor Suso Mourrelo.

En el último año, el escritor Suso Mourelo (Madrid, 1964), autor de Tiempo de Hiroshima’, se ha dedicado a mirar a la gente a los ojos. A escuchar sus voces en pueblos que a menudo no superaban los cien habitantes. En este viaje de pasos detenidos ha ido ligero de equipaje. Una docena de libros, entre ellos ‘Walden’ (Errata Naturae), del mítico Thoureau, y algo de ropa le han acompañado en estos meses de caminar bajo las estrellas, los árboles y los rastros que dejaba la Luna. “Una habitación casi vacía es tranquilizadora e inspiradora”, asegura. Y añade: “No eché nada, nada material, en falta. Eso supuso una liberación, una sensación de ligereza”.

Para Mourelo el tiempo es la única libertad. “Todos hemos oído a gente que dice todo lo que hará cuando se jubile, de forma que vive a la espera de un perpetuo futuro que, tal vez, nunca se cumpla y, mientras tanto, lleva un presente insatisfactorio como animal laborans”, asegura el autor de Tiempo de Hiroshima (La línea del horizonte Ediciones), su último libro, un viaje por esta ciudad japonesa devastada por el odio humano. “En Hiroshima todo estuvo muerto, las plantas, los animales, los ríos, los niños, los viejos, las flores, el futuro…, pero todo resucitó y resurgió con mayor intensidad, dispuesto a no dejarse quemar”, comenta este viajero incansable, que no tiene prisa, que busca la felicidad en la sencillez, que busca un poco de aire en un mundo fascinado por lo fugaz, por lo vulgar, por la exaltación de lo mediocre, donde la belleza y el arte quedan relegados, apartados.

Ahora que, como sostiene Byung-Chul Han, el tiempo da tumbos sin dirección alguna y todo es fugaz, breve, todo pasa sin apenas dejar rastro como el destello de un haz de luz en medio de la noche, parece que se hace necesario demorarse, volver a la lentitud perdida, a tomar conciencia del valor incalculable de cada instante irrepetible… ¿Volveremos a tener las personas unos minutos para mirarnos a los ojos y conversar como lo hacíamos antaño o no hay ya retorno posible?

Creo que sí. La prisa y pasar de puntillas por todo, desde las relaciones a las lecturas, de los trabajos a los placeres, ha ido calando en todo el mundo, empezando por los adolescentes, con la trampa fácil de los audiovisuales y la inmediatez de internet. Basta sentarse a ver una película o una serie de hace 30 años para descubrir cómo el lenguaje cinematográfico se ha acelerado, en paralelo a los estímulos externos. Parece que en la vida, como en las películas y las novelas comerciales, si no sucede algo cada tres minutos, la trama, o la existencia, es aburrida y sin interés.

Cuando trabajaba como periodista hace 20 años, los diarios se hacían en papel: el espacio era limitado físicamente, pero incluso así, había entrevistas y reportajes largos, en profundidad. Hoy la mayoría, estén en papel o en internet, son breves: escribir un texto largo exige dedicación y quien lo escribe se arriesga a que los lectores piensen que es un tocho, algo que impide recibir 30 estímulos en el tiempo de esa lectura… Pero hay cosas que requieren tiempo, espacio, calma; además, no todo el mundo tiene la capacidad de síntesis de un poeta de haiku.

Este exceso de elementos breves y, a ser posible, sensacionalistas, se ha extendido por todo el mundo urbano y a todas las edades. Hoy se vende el multitasking como una habilidad cuando es un retroceso, una falta de concentración, una imposibilidad de dedicarse con calma y profundidad a lo que lo merece. Es lógico que los más jóvenes, que siempre están en búsqueda, se dejen llevar por las gotas de lo efímero, pero a medida que nos hacemos mayores y podemos disfrutar y valorar de otra forma el tiempo, las relaciones, la amistad, la conversación, una lectura, el paseo y lo que no es productivo, somos nosotros quienes debemos elegir esos minutos, esas miradas, esos placeres: como no generan negocio, nadie nos va a ayudar a conseguirlo, pero depende de cada uno hacerlo.

No soy quién para decir lo que tiene que hacer cada persona, pero sí sé que tomar conciencia del paso de las estaciones, de cada día, de la luz y las estrellas, abre los sentidos y la conciencia, y nos hace más libres y satisfechos. También descubrí que, en gran media, lo que hice fue una búsqueda del tiempo.

Escribes que los pétalos de las flores son las hojas de tu almanaque. En los últimos nueve meses has vivido en distintos pueblos de pocos habitantes, como un nómada de pasos detenidos fuera del tiempo, que goza del silencio en esa España vacía, esa España a la que hemos ido cambiando por el ruido de las ciudades, donde nos hemos convertido en máquinas de producción y rendimiento, en ‘animal laborans’ perdidos en una espiral de autoexplotación. ¿A qué podemos llamar hoy libertad?

Siempre he vivido en ciudades, unas más grandes, como Londres, otras medianas como Hiroshima y algunas pequeñas, como Santiago de Compostela, y me gusta lo que ofrecen, la posibilidad de conocer gente distinta, de ir a librerías de todo tipo, de sumergirme entre miles de personas, de escuchar un concierto, de ver edificios hermosos… Pero en las ciudades hay una serie de obligaciones y una pérdida de tiempo por los desplazamientos y la forma de trabajo; y hay una cortina que nos hace cerrar los ojos ante lo que sucede. La mayoría de las actividades laborales bien pagadas están, lógicamente, en los centros urbanos, así que casi nadie se plantea cambiar de lugar para no perder poder adquisitivo y crecer laboralmente.

Este último año he tratado de mirar a los ojos a la gente y oír sus voces. Comencé una vida en pueblos pequeños, ese viaje de pasos detenidos, en parte como proyecto literario, pero finalmente fue sobre todo una experiencia vital; probablemente, era esa experiencia la que buscaba y por eso inventé una excusa.

Cuando me fui a vivir a esos pueblos de menos de cien habitantes tuve que dejar algún trabajo que requería una relación presencial, así que mis ingresos se redujeron, pero al mismo tiempo descendieron mis gastos y mis necesidades y aumentó mi tiempo, el tiempo para mí.

En primer lugar, en gran medida, el tiempo es la libertad. Todos hemos oído a gente que dice todo lo que hará cuando se jubile, de forma que vive a la espera de un perpetuo futuro que, tal vez, nunca se cumpla y, mientras tanto, lleva un presente insatisfactorio como ese animal laborans que comentas. También nos avisa de que el ser humano actual ha sustituido la explotación de siglos pasados por la autoexplotación, y aunque no sea consciente de eso, percibe que no vive una existencia enriquecedora y libre.

No creo en el mito de que toda la vida rural o natural es bondadosa, en un sentido rousseauniano, y es la ciudad quien corrompe a sus habitantes. En estos pueblos he conocido a personas generosas y a gente cruel, igual que en las ciudades, pero hay una posibilidad de llevar una vida más consciente, más acorde con la naturaleza y nuestro interior, en un lugar que no nos exija estímulos y reacciones cada cinco minutos.

Para llevar una vida en la que podamos dedicar tiempo a la contemplación, tenemos que cambiar la rutina, y eso empieza por la rutina laboral, lo que siempre entraña riesgos y presiones, empezando por los propios. Tenemos miedo a los cambios y a enfrentarnos a algo que no es lo corriente, lo que hacen nuestros colegas y lo que henos hecho hasta ahora. Pero, junto al tiempo, la libertad es la ausencia de miedo. En parte, eso no ha cambiado tanto desde los tiempos de Thoreau, cuando él buscaba la esencia de la vida y de la libertad en la naturaleza y lo sencillo.

Decía Thoreau en ‘Walden’: “Mi mayor habilidad ha sido desear poco”, para continuar: “Un hombre es rico en relación al número de cosas de las que puede prescindir”. Avanzar ligero, caminar sin demasiadas cargas, con sencillez, con solidaridad y generosidad hacia el otro, podría ser un buen patrimonio intangible para moverse por el mundo…

Thoreau ha sido mi compañero todo este tiempo. Mi primera lectura en invierno, en Aragües del Puerto, en el Pirineo oscense, fue Walden. Aunque no me retiré como él a una cabaña, esas páginas se convirtieron en mi biblia, o mi tao, y cada día leía unas páginas como quien escucha a un buen amigo, algo más mayor y algo más sabio. Durante este año mis posesiones han sido una docenas de libros y algo de ropa, nada más. Levantar el campamento significaba unos minutos de tiempo y un mínimo esfuerzo. Y no eché nada, nada material, en falta. Eso supuso una liberación, una sensación de ligereza. Una habitación casi vacía es tranquilizadora e inspiradora.

Además de Thoreau, leí textos de poetas antiguos, japoneses y chinos, como Kamo no Chômei o Tao Qian, que dejaron sus puestos de responsabilidad y sus tareas burocráticas y se retiraron a vivir a cabañas cada vez más pequeñas y sencillas.

En un poema de Tao Qian, escrito hace 1.600 años, dice:

“De niño, sin ambiciones mundanas, sentía un gran apego a las montañas.

Más tarde caí, por desgracia, en los lazos del vanidoso mundo que durante años me retuvo. Los pájaros enjaulados recuerdan los nidos que tenían en el bosque;

los peces de las peceras añoran la inmensidad del mar.

He vuelto, por fin, a mi tierra donde vivo como campesino arando los surcos secos del sur”.

La búsqueda de esa sencillez, de esos pasos ligeros, no es nueva, pero en Occidente parece más extraña. En estos meses han venido a verme amigas y amigos a los que invitaba a dar paseos y a ver caminos, árboles y estrellas. Era intangible, pero era intenso. Pocas veces me he sentido más rico.

Creemos que estamos por encima de la naturaleza, por encima del resto de las especies, que todo está a nuestro servicio, que todo está ahí para nuestro consumo alocado, nuestra acumulación descabellada, nuestro obsceno derroche. “La humanidad está en guerra contra la naturaleza”, escribe Satish Kumar. ¿Cómo ponemos límites a nuestro deseo de destrucción masiva y capitalista de lo natural?

Pensando de una forma simple, en cada persona -en quienes somos- y en todas las personas. Pasear por un campo de cereal y caminar por un bosque, ver por las noches los zorros y oír a los ruiseñores nos acerca a lo que de verdad somos. En el Pirineo me hice amigo de un chico, Nano, que vivió años solo, en la naturaleza. Cuando le pregunté si no se sentía solo me dijo que no lo estaba, que los animales lo acompañaban. No hace falta tener esa fortaleza, basta con ser algo sensible y con tratar de usar lo que necesitamos, en vez de consumir porque sí, y de respetar todo lo que existe, la naturaleza y los seres humanos.

Lo artificial y lo procesado han ganado terreno. La mentira repta a placer en todos los ámbitos. El ego exhibe sin pudor hasta el último hueso del esqueleto de la intimidad. La vulgaridad más violenta amenaza con convertirse en sistema de pensamiento. La ética predica en el desierto. ¿Hay algún atisbo de optimismo entre tanto vacío?

En vez de filosofía en las escuelas se venden libros de autoayuda. En vez de disfrutar el tiempo, se gasta. En vez de dedicarnos a una cosa, hay que hacer quince. En vez de regirnos por la ética, tenemos que seguir la moda. En vez de leer a los poetas, nos cuelan youtubers de pacotilla y fenómenos de telerrealidad. En vez de disfrutar la intimidad, hay que mostrar al mundo nuestra mesa barroca y hortera y nuestra digestión. Este ego pantagruélico funciona porque todavía tiene muchos fans, muchos arribistas, muchos monaguillos, producto de la ignorancia y la consigna de ser famoso porque sí. Para Marinetti un coche de carreras era más bello que la Victoria de Samotracia: eso ya suena a anticuado, hoy ya no surge un Marinetti que sustituya ese coche de carreras por otro concepto moderno, sino que, simplemente, el nuevo ídolo no conoce a Marinetti y presume de ello, no se busca la belleza ni el arte. Lo vulgar, lo mediocre, mola. Y la exaltación de la mediocridad es el objetivo. Hoy lo más revolucionario sería leer poesía, poesía de verdad, no versitos blandos para satisfacer a los adolescentes en busca de ídolos.

La primera e indispensable condición ética, dice Savater, es la de estar decidido a no vivir de cualquier modo: “Estar convencido de que no todo da igual aunque antes o después vayamos a morirnos”. ¿Nos da igual ya casi todo?

Han metido miedo a los niños, a las parejas que pueden tener niños, y el miedo es el mayor enemigo de la libertad. Desconozco qué parte del miedo impuesto es consecuencia simplemente de la forma de vida actual y cuánto es una imposición, lo que es cierto es que el miedo favorece la aparición de súbditos en vez de ciudadanos, de esclavos, de temerosos dispuestos a aceptar cualquier cosa por el temor a no tener trabajo, a no tener dinero, a no tener un lugar donde vivir, incluso a no tener amigos por si estos nos consideran un raro, un loser, un sospechoso… Esas palabras de Savater son ahora igual de válidas: no todo da igual, y precisamente, como un día vamos a morir, lo más digno es vivir todos los días hasta entonces con dignidad, con el orgullo de no aceptar cualquier cosa, de no vivir de cualquier modo.

¿El mundo está en venta?

Sí, claro, pero casi siempre ha sido así, con independencia de quienes sean los dueños en cada momento, los reyes, los señores de la guerra, los fondos de inversión… En cualquier caso, siempre hay cosas, tangibles e intangibles, que no se pueden comprar: se puede, si lo decidimos, no vivir de cualquier modo.

En tu último libro, ‘Tiempo de Hiroshima’, asistimos a una ciudad en presente que ha cicatrizado bien las heridas tras la destrucción que provocó en ella la bomba atómica. En este libro de viaje, el lector tiene la sensación de que todo allí goza de alma. Y precisamente el alma es lo que parece que han perdido aquí las cosas en Occidente…

Todo goza de alma. En Hiroshima todo estuvo muerto, las plantas, los animales, los ríos, los niños, los viejos, las flores, el futuro…, pero todo resucitó, y resurgió con mayor intensidad, dispuesto a no dejarse quemar. Todo, por pequeño que fuera, era vida, y, por tanto, algo que respetar, algo sagrado. La ventaja de partir de una religión no rebelada es que la mitología sirve como base y, en el sintoísmo, todo es sagrado, todo tiene alma, desde las personas y los pájaros a los ríos y las flores.

En Hiroshima confluyó esa base espiritual, mezclada con el budismo, con el deseo vital de sus habitantes de recuperarse: habían perdido el pasado y el presente, y decidieron luchar para tener el futuro y la esperanza. Y lo consiguieron. No pudo ser fácil, porque todo era miseria, destrucción y ceniza. Los ríos, por donde siempre había discurrido la vida, estaban llenos de cadáveres. El cielo, que se había vuelto negro, tenía el silencio de los pájaros que no cantaban porque habían ardido. Para la gente de Hiroshima era aún más sencillo encontrar el alma de las cosas y los seres: un pez era vida y alimento (por eso se dan las gracias cuando se come), una carta era un regalo, algo escrito en un papel hermoso por alguien que pensaba en nosotros… Todo tenía alma, solo había que sentirlo.

Perder ese conocimiento, esa sensación, como ha sucedido en Occidente y, en general, en todas partes, nos empobrece, no solo a la humanidad, a cada pueblo, sino a cada persona. En Occidente las religiones están en declive por su historia, por no haber ayudado a las personas, por no haber actuado con frecuencia como predicaban y, a cambio, haber impuesto miedo; aun así, eran una esperanza para quien creía en ellas; ahora que ya han perdido su fuerza, la gente no va a un cura para que le consuele si tiene depresión…, las religiones no dan solución a los problemas y ya no sirven. Y las nuevas religiones, desde el trabajo al consumo, funcionan mejor si a todo le quitamos, o le escondemos, el alma. Por eso sus profetas, rostros del éxito, han sustituido con éxito a los sacerdotes y a los dioses.

Y frente a ese exhibicionismo, esa necesidad constante que tenemos de contarlo todo, de mostrar qué comemos, dónde viajamos, cómo vestimos o con quién estamos, encontramos en tu libro el contrapunto japonés. “En Japón”, señalas, “las cortinas no se cierran para ocultar, sino porque el hogar es el reino de lo íntimo; cualquier exhibición es, ya, falta de virtud. Las casas son el reino de lo esencial y lo personal, lo que no se desborda sobre el desconocido”. ¡Cuánto nos queda por aprender de la cultura oriental, aunque no de toda!

Sí, sin duda. No voy a defender a ultranza la cultura japonesa, pues hay aspectos como el exceso de trabajo o las jerarquías procedentes del confucionismo –incluido el papel de la mujer, aunque las jóvenes están cambiando radicalmente esto–, que no contribuyen a la libertad, pero en general hay un respeto por el otro que se aprecia en gestos cotidianos como apagar el móvil al entrar en un lugar público o recoger un papel del suelo que otro deja caer, y hay una relación más profunda con la naturaleza, incluso en las ciudades. Y en China, que hace 20 años era probablemente el país menos sexista de Asia, vemos cómo los nuevos ricos se exhiben, y parte de esa ostentación consiste en tener amantes y mostrarlas. No hay pueblo perfecto, claro, pero en Asia perviven elementos de los que podemos aprender.

En Japón, en general, hay una sutileza y un arte de lo cotidiano, una forma hermosa de ofrecer algo a alguien, de invitar a lo que sea, de no exhibir ni acosar con los gestos ni la voz. Los países protestantes, en los que la riqueza se exhibe porque los ricos son los bendecidos por Dios, no cerrar las ventanas es solo hipocresía. Aunque el sintoísmo y el budismo estén contaminados por la política y el poder, sus anatemas no son los pecados, sino vivir en desacuerdo con la naturaleza. Pese a la globalización, los viajes de consumo y la vida líquida, una rosa que florece sigue siendo una maravilla que la gente observa y celebra cada día.

Y a Suso Mourelo le fascina observar: “Me gusta esa quietud de la mañana, en la que los pensamientos amanecen solos, cuando el sol enorme ilumina las auroras frías y despierta un olor, en invierno, a primavera”. Y en esa observación tuya de hombre lento dices que la tierra huele “a invierno y vida (…) y los arces se incendian de belleza”. Porque frente al odio, al horror y a la sinrazón humana, como comprobamos en Hiroshima, está el amor, que al final siempre vence…

El amor y el perdón. Durante meses pregunté a habitantes de Hiroshima, incluso algún superviviente de la crueldad, por qué no odiaban a los extranjeros, a los occidentales, a los descendientes de quienes le habían destruido. Y siempre me respondían lo mismo, habían perdonado, habían decidido perdonar. (Olvidar, no, por supuesto, por eso quieren mostrar a todo el mundo lo que sucedió, lo que les hicieron). Como no lo entendía, una y otra vez formulé la misma pregunta esperando que me dieran otras respuestas, pero la realidad era que habían decidido perdonar, pues lo perdido ya no lo recuperarían y todo lo tenían por ganar: entre otras cosas, el amor y la vida. Habían decidido eliminar el rencor y el odio, aunque eso les hubiera sumido en muchas ocasiones en el silencio, en la confusión, en la incertidumbre, pero sabían que, si odiaban, su vida no sería mejor, y la de sus hijos tampoco. Hicieron todo lo contrario de lo esperable: amar el amor, al ser humano y a la vida, y eso los convirtió en personas más libres, más generosas y más felices.

Para mí esa es una lección, algo que aprendí a fuerza de escuchar, de mirar. Es cierto, observar, mirar, oír…, abrir los sentidos y posarlos sobre las personas, es lo que más me fascina del mundo.

Pese al panorama actual…, ¿tendrá que haber un camino, no?

Sinceramente, creo que sí. Y soy optimista. Todavía estamos adaptándonos a un cambio, a este mundo en venta, a esa relación con uno mismo de autoexplotación, a esa vida líquida que no deja posos y genera depresiones y enfermedades, pero el ser humano es, a fin de cuentas, un animal, es decir, parte de la naturaleza, y la naturaleza siempre reacciona cuando se produce un desequilibrio.

Ante un error, una injusticia, primero surgen las voces críticas, desde el intelecto, y la advertencia de las personas sensibles; unas denuncian y otras buscan su camino en la vida fuera de ese mundo: cuando todo eso se extienda y se conozca, cuando deje de ser algo raro y la gente pierda miedo, habrá una respuesta, una búsqueda mayoritaria de ese camino que ya mucha gente ha emprendido.

Si el mundo esta mal ahora, es más probable que se produzca un rebote y, quienes ahora son muy jóvenes encuentren un camino y nos lo muestren.

Otras ‘entrevistas emocionales’:

Alejandro Simón Partal.

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Sobre el autor

Luis Reguero
Luis Reguero Periodista por la Universidad de Málaga. Dice que escribe porque, como Beckett, no sabe hacer otra cosa. Actualmente está elaborando la tesis doctoral sobre la obra en prensa del escritor Enrique Vila-Matas. Escribe sobre excéntricos ejemplares en el suplemento cultural de La Opinión de Málaga. También publica artículos literarios y entrevistas en revistadeletras.net y en culturamas.es. Iniciará en breve un programa cultural en esradio Málaga. Twitter: @quijotesancho78 Facebook: https://www.facebook.com/luis.buenoreguero

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