Teléfonos, baterías, linternas, relojes y batidoras se convierten en robots

Teléfonos, baterías, linternas, relojes y batidoras se convierten en robots

Dos robots de

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Dos robots de Javier Arcos Pitarque.

Robots hechos a partir de latas, botones, radios de los años 60, piezas de los primeros radiocasetes, tubos, muelles, baterías, teléfonos, linternas, alarmas, relojes de manillas, voltímetros… El artista Javier Arcos Pitarque reutiliza mil y una piezas de objetos antiguos para crear ‘esculturas mecánicas’ irrepetibles… y con corazón.

El mando a distancia de una televisión que llegó a usar el dictador Francisco Franco se encuentra ahora entre los miles de artilugios que Javier Arcos Pitarque, creador de Pitarque Robots, tiene en su taller de Madrid. Un batiburrillo de objetos vintage que este artista de origen ecuatoriano reconvierte en una infinidad de criaturas de hojalata y que nos miran desde los estantes, seres que parecen llegados de otros mundos con cara de sorpresa o sonrientes o crispados… o sin expresión alguna porque su creador los hizo sin ojos ni boca.

“Ni una de mis criaturas es igual”, asegura Arcos, que lleva años vendiendo y exhibiendo su arte en galerías, eventos y tiendas, convirtiendo lo que comenzó como un hobby en su nueva vocación. “Durante mucho años fui el director creativo de una gran agencia de publicidad, en la que llegué a ser representante de España a nivel mundial, pero un día de 2007, con unos objetos que tenía en el despacho hice un robot pequeño que funcionó muy bien en las fotos y ya no pude dejar de hacer otros. Me relaja mucho trabajar con las manos y comprobé que el resultado me gustaba más que los robots de juguete que había coleccionado hasta entonces”.

Pitarque comenzó así un peregrinaje por cuantos mercadillos y anticuarios se le ponían a mano para conseguir piezas en las que sólo él ve un sinfín de posibilidades para dar cuerpo a sus personajes. Y sigue en ello, aunque pareciera que en su taller no entra ya ni una tuerca más. Entrar allí es hacer un viaje en el tiempo hasta los años 50 o 60 del siglo pasado. “La búsqueda es constante, pero es parte de mi hobby. Lo más difícil ahora es encontrar latas antiguas para el cuerpo, que es lo que más me gusta utilizar”, reconoce. A su alrededor, cajas de ojos, de bocas, de piernas, de cabezas… Como un gigantesco y sofisticado mecano.

Aún recuerda con emoción sus visitas a Radio Jiménez, un almacén del centro de Madrid ya cerrado al que iba a recoger todo tipo de objetos previos al mundo digital. Pertenecía a una viuda cuyo marido se dedicó en vida a recoger cuanto extraño aparato caía en sus manos. Fue ahí donde se encontró con el mando a distancia con el que Franco seguramente dirigía en una sala del Palacio de El Pardo si se veía la Primera Cadena o el UHF, porque no había más. Lo ha guardado como curiosidad histórica.

El artista Javier Arcos Pitarque junto a uno de sus robots.

Dos creaciones de Javier Arcos Pitarque.

Más de 500 extrañas criaturas

El resto de los materiales lo descompone y recompone sin hacer antes un diseño previo, dirigido tan sólo por su creatividad y el imprescindible requisito de que cada robot mantenga el equilibrio. Físico y visual, primero porque debe ser estable de pie, pero también porque tiene que combinar formas, tamaños y colores. Es la base de su éxito. Siguiendo esos criterios, ya tiene en su haber más de 500 extrañas criaturas, la inmensa mayoría de entre 30 y 50 centímetros de altura, aunque también los ha hecho, bajo petición, de más de un metro. “Tengo algunos que me los guardo para mí porque me da pena desprenderme de ellos”.

En estos momentos, su página web está en transformación, pero se le puede seguir en galerías de arte, en eventos y también en Instagram, donde publica algunas de sus obras. “En realidad, no he dejado la publicidad porque sigo trabajando mucho en eventos con marcas y empresas que me piden los robots. A veces organizo talleres de construcción con directivos y en otras ocasiones quieren que haga robots para personas concretas; incluso me han encargado regalos de boda. En esos casos, procuro poner algo que personalice el regalo. También me han pedido robots para trofeos en un festival de vídeo. Son los únicos que he hecho iguales porque tenían que ser cinco”, afirma.

Sus robots, salvo excepciones, no se mueven solos ni hablan ni tienen inteligencia artificial ni limpian la casa ni cocinan. Sencillamente, están para disfrutarlos. A algunos si se les enciende su bombilla-cabeza y también los hay que se iluminan cuando pasas por delante gracias a un sensor de movimiento, otros avanzan mecánicamente porque les ha puesto ruedas en vez de pies. “Mi objetivo no es hacer algo tecnológico, sino crear personajes con objetos cotidianos que convierto en otra cosa. Reutilizo algo que ya no sirve y acabaría en la basura para darle una nueva vida y convertirlo en arte”.

Uno de los robots de Javier Arcos Pitarque en su estudio.

‘Modelo confinamiento’

El encierro obligatorio de estos meses de atrás lo pasó en casa, donde casi no tenía materiales a los que otorgar una nueva identidad, pero no podía parar, así que rebuscando en los cajones encontró un antiguo disquete de ordenador de los años 90, una caja y una bola de cristal, “de esas con nieve que cae”. De ahí salió su más reciente creación hasta el día que hablamos: el ‘modelo confinamiento’.

En general, todos parecen tener un aspecto muy masculino, aunque aclara que los robots no tienen género. Sólo recuerda uno hecho con una batidora minipimer que sí llegó a tener una apariencia más femenina. “En todo el mundo somos entre 60 y 80 personas dedicadas a crear robots con objetos, alguna otra en España, pero cada uno con su estilo”, afirma.

Como ya es conocido en su barrio madrileño, de cuando en cuando los vecinos le dejan sorpresas en la puerta: una radio antigua que ya no funciona, una cocina de juguete de los años 70, un coche con radio-control… En sus manos, un sinfín de posibilidades. “Lo único que se me ha resistido es una plancha. No hubo forma de desmontarla. Lo normal es que dedique una semana a hacer cada robot, aunque los hay más sencillos y más complejos”.

Este año, el conoronavirus ha truncado algunos proyectos que tenía en el calendario especialmente una exposición en Bruselas, que ha sido aplazada, y un encargo para un restaurante. De nuevo inmerso en su mundo-taller, rodeado de artilugios, un nuevo personaje de apariencia irrepetible comienza a tomar cuerpo… Lo único que se sabe es que no se parecerá a ningún otro.

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