26.06.2020

“Tenemos que cuidar nuestro nido”

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Odile Rodríguez de la Fuente. Foto: San Bernardo.

Odile Rodríguez de la Fuente, hija de Félix, el más famoso y querido divulgador español de la naturaleza, ha sido la invitada de otra de las charlas virtuales #BosqueHablado que ha organizado últimamente FSC entre líderes de opinión que nos ayudan a mirar el planeta, el bosque, los árboles, las raíces, y el periodista César-Javier Palacios. En ‘Bosques para Siempre’ recogemos parte de esa conversación en la que Odile subraya la importancia de cuidar nuestras casas, nuestros nidos, nuestras cuevas, nuestros refugios en tiempos de tanta incertidumbre como los actuales. “Han de ser una prolongación de nosotros”.

Licenciada en Biológicas y producción de cine en Los Ángeles, Odile llegó a trabajar en la sede central de National Geographic en Washington; en 2004 regresó a España y puso en marcha la Fundación Félix Rodríguez de la Fuente, una aventura que terminó hace unos años. Ha publicado documentales y libros; el último, el excelente Félix, un Hombre en la Tierra (geoPlaneta), un compendio del espíritu Félix. Hace más de una década fue pionera en proyectos de defensa de los bosques como Grandes árboles para la Vida y otros ahora de mucha actualidad, como Consuma Naturalidad, que perseguía conectar el mundo urbano y el mundo rural a través del incentivo al consumo de productos locales y de cercanía, para evitar pérdida de biodiversidad y frenar la deriva de esa España que se vacía.

CJ Palacios: Repensemos el mañana. La pandemia nos ha demostrado que no somos dioses, nos ha dado una terrible lección de humildad. ¿Qué nos espera a la vuelta?

“Complicado. Se ha creado un sistema socio-económico muy pragmático y cortoplacista, así que mucha gente cree que ésta es una crisis más, un capítulo más, que puede terminar en 2020. Una crisis a la que nos sobrepondremos y ya. Yo no tengo una bola de cristal, pero intuyo que esto va a ser mucho más duro y largo. Ni siquiera sabemos si vamos a desarrollar una vacuna, aunque esté todo el mundo en ello; hay multitud de enfermedades por virus, como por ejemplo el sida, para las que no se han descubierto vacunas. En cualquier caso, vamos a sufrir diferentes oleadas, porque la vacuna, como pronto, se podrá aplicar en 2021. Y además, la gente se relaja mucho con las mascarillas, con la distancia social… Yo creo que es una enfermedad que va a cambiar todo y lo malo es que también tengo la sensación de que esto no es sino el principio, porque el cambio climático es un tema enormemente serio y con consecuencias muchísimo más graves que este virus, que va a poner patas arriba nuestro concepto socio-económico, del sistema actual, que va a poner en jaque incluso el concepto de países, de fronteras; la emigración, los refugiados climáticos, se va a disparar, van a llegar nuevas enfermedades a raíz del derretimiento de zonas heladas…

Es decir, que a mí esto me parece el principio de un cambio que nos va a costar bastante, no va a ser de la noche a la mañana, que nos va costar bastante tiempo asumirlo e interiorizarlo, pero un cambio absolutamente profundo del mundo tal como lo conocemos, un golpe tremendo también a la economía tal como la hemos construido. Porque hemos construido un sistema económico muy vistoso, muy alto, pero enormemente frágil en la base, y en cuanto quitas dos cartas de ese castillo de naipes, que es lo que es, se desmorona completamente y se viene abajo. ¿Por qué?, pues en gran medida porque hay conceptos muy perversos dentro de esta estructura económica, como las externalidades, que no se incluyen dentro del coste real de un producto; tener deslocalizada gran parte de la producción industrial y primaria nos lleva a disparates como que una manzana traída por ejemplo de Chile, de la otra punta del mundo, te sale más económica que una manzana ecológica de La Rioja. Es la perversidad de un mercado con sus deslocalizaciones.

Y yo creo que nos vamos a ver obligados a cambiar, no porque lo deseemos, sino porque vamos a tener que reinventarnos y reconstruir una economía mucho más local, más resiliente, en el sentido de darle más valor a las pequeñas comunidades, a las pequeñas ciudades, a los pueblos; todo eso es positivo para un tipo de producción no industrializada.

En resumen, creo que va a ser una crisis mayor de lo que estamos pensando, encadenada con otras, y nos va a obligar a repensarnos. Tendremos que repensar otro modelo, basado en la sostenibilidad, la cercanía. Y quizá esto nos ayude a llegar a algo que nos parecía inalcanzable, que no quede más remedio.

Lo sorprendente es que este sistema socioeconómico se haya construido sobre una economía lineal y extractiva basada en exprimir el planeta al máximo, lo que nos puede abocar incluso a nuestra extinción, y que sigamos sin ser capaces de caernos del guindo y darnos cuenta. ¿Qué hace falta para que nos demos cuenta? Desafortunadamente, lo que hará falta es una gran crisis. Llegar al coma para entonces valorar las cosas esenciales y básicas de la vida. Como ya decía mi padre hace más de 40 años, que la especie capacitada para pensar y reflexionar no lo haga, no sea capaz de utilizar esas herramientas a favor de la vida… y no en contra de la vida, y de su propia vida, no tiene absolutamente ningún sentido”.

Odile Rodríguez de la Fuente.

“Todo esto nos va a llevar a que todo ese concepto de globalización y deslocalización, a concebir el planeta como una gran industria, va a dejar de ser posible. Y nos va a obligar a todos a cambiar el chip para empezar a poner en marcha otras alternativas, volver a lo local; y a escala individual, nos va a llevar a relativizar el consumo, porque el consumo para muchos es una necesidad para llenar vacíos en su vida. Esta parada obligatoria nos ha hecho replantearnos cosas, como volver a cocinar, consumir productos más cercanos, hacer un huerto en la terraza o en la parte de atrás de la casa… La gente también se ha dado cuenta de lo que significa vivir en grandes ciudades; ciudades construidas de cara a la economía, pensando en que estemos todos juntos para que sea más fácil consumir, llegar al trabajo, crear entretenimiento, pero donde las casas ofrecen una calidad de vida muy relativa. Se han puesto muchas cosas en cuestión”.

“El confinamiento ha puesto de manifiesto esa necesidad vital que tenemos de salir a respirar aire puro, que nos dé sol, encontrar plantas. Antes tampoco mucha gente respiraba aire puro, su día a día consiste en ir de casa a un transporte público y al trabajo y después del trabajo a un transporte público y de ahí a casa. Pero estábamos tan distraídos que ni siquiera nos dábamos cuenta de eso y de que lo único importante en la vida es estar vivo. Estar vivo y compartirlo. Mi padre ya hablaba de las cárceles de asfalto y cristal que nos llevan a conductas neuróticas, a comportamientos obsesivos como los de los animales en los zoos”.

CJ Palacios: El refugio de Félix era una cabaña de madera en medio de un encinar. Tú también te haces una casa de madera al volver de EE UU. ¿Qué aporta una casa de madera, por qué ese concepto cabaña, del que tanto se habla ahora?

“Una casa de madera habla; una de cemento, no. Es un material vivo, como los libros, algo que te habla, que huele, que cambia de color. Mi casa es de cedro americano procedente de bosques sostenibles. Y huele a perfume de cedro. Una casa de madera tiene un carácter, se impregna de una energía. Volvemos a lo de siempre: vamos muy rápido y a menudo no nos detenemos a pensar. Y yo creo que es fundamental el concepto del nido, de dónde vivimos. El espacio en el que dormimos, comemos, en el que, como ha sucedido ahora, nos podemos ver obligados a estar mucho tiempo. Es nuestro cubil, nuestra cueva, nuestro refugio. El lugar al que volvemos para procesar todas nuestras experiencias. Es fundamental que ese lugar sea una parte de nosotros, una prolongación de nosotros, donde podamos seguir alimentando nuestra alma y nuestro intelecto, con libros, música…”.

CJ Palacios: En una casa de madera hay algo de volver a la naturaleza, a los bosques, como nuestros más lejanos antepasados. Y el contacto con un entorno natural yo creo que nos aporta una relación interna que nos hace sentir mejor.

“Vivo en un entorno rural, en La Alcarria. Porque yo necesito tres cosas fundamentales para no marchitarme, lo sé muy bien, y esas tres cosas son, mira tú que elemental: Pisar tierra, no cemento ni asfalto; salir y pisar tierra. Oler, oler los olores del campo, y en las ciudades no hueles el cambio de las estaciones, no hueles la primavera, el cambio del día, la primera hora del día, la última, la noche. Y tres: poder mirar hacia arriba y ver las estrellas. Son tres cosas fundamentales y que no puedes tener en una ciudad, y para mí son vitales; si no las tengo, siento que me marchito.

Hemos perdido el vínculo emocional con la naturaleza. Un vínculo de amor y atracción y respeto. Uno de los errores que estamos cometiendo es que desatendemos la base, que vamos directamente al intelecto, a llenarlo de información, sin pasar por la emoción, sin despertar la curiosidad. Hemos perdido la parte más viva de nosotros mismos, porque nosotros somos sobre todo experiencia, emociones, sentidos, comunicación, calor…”.

CJ Palacios: Tu padre decía que le gustaba que el bosque estuviera desordenadamente ordenado, biodiverso, un bosque que nos está esperando con las ramas abiertas. Ahí se resuelve a menudo ese déficit de naturaleza que tanto padecemos en la actualidad; lo necesitamos para recargar pilas, es una gran batería de vida.

“El bosque es para mí como una gran matriz de vida, algo en lo que pierdes el sentido de lo vertical y lo horizontal; en el que estás como metido en una especie de líquido amniótico que crea ese mundo de ramas, hojas, raíces. Que desprende y contiene una energía que se palpa al entrar en un bosque primigenio, autóctono, no los cultivos de árboles, sino los desordenadamente ordenados, como decía mi padre, llenos de criaturas y sonidos, de imágenes, un verdadero gozo para los sentidos… y el alma. Esa energía se palpa y se siente, y efectivamente te reequilibra”.

CJ Palacios: Según datos de la FAO, el planeta ha perdido 178 millones de hectáreas de bosque en los últimos 30 años, equivalente a, por ejemplo, toda la superficie de Libia. Es tremenda la deforestación.

“Lo grave es, como decía mi padre, que en el mundo se toman las decisiones no sobre bases científicas, sino solo sobre el poder y el dinero, las grandes empresas. La realidad es que los que toman las decisiones son los poderes fácticos. En Brasil es absolutamente descorazonador lo que está ocurriendo; están cambiando la poca legislación ambiental que habían logrado poner en marcha para salvaguardar algunas zonas del Amazonas, vinculadas a zonas sagradas de tribus, y lo están desmontando absolutamente. Y luego está la responsabilidad de los medios de comunicación, que lo que pretenden es tenernos distraídos con bombardeo de contenidos totalmente frívolos, que no van a ningún sitio, que en ningún momento suponen aumentar la cultura de la audiencia. Estamos gobernados por una serie de poderes con una visión cortoplacista y en beneficio propio, y no pensando en el bien común”.

“Ahí cada uno de nosotros tenemos la obligación de empoderarnos, elaborar un criterio propio, buscar información propia, crear red y ofrecer alternativas. Esta crisis también es una gran oportunidad para desmontar todo eso. Es la importancia del consumidor activo. Pero la legislación que hay en torno al etiquetado de productos es tan sumamente pobre y engañosa que ha permitido que se vendan productos como orgánicos cuando no lo eran en absoluto. No puede ser que no se vea a simple vista de dónde viene un producto, su huella de carbono, la huella hídrica. Es información fundamental. Y luego tenemos el coste de la externalidad, que no se está introduciendo en el precio del producto; que una manzana que viene de la otra punta del mundo sea más barata que una cercana no es justo. El precio no contiene los costes reales, porque no contempla el impacto en el planeta ni el impacto social, con trabajos tercermundistas. Hay que empezar a presionar, el consumidor debe exigir transparencia para que empiecen a cambiar las cosas”.

“Pero yo soy optimista por naturaleza y estamos viendo un movimiento de la juventud, a través de Fridays for Future, con Greta Thunberg; es algo digno de celebrar, gente joven que viene con otro chip, disruptivo y postmaterialista, que se está cuestionando todo el modelo. A este respecto también he hecho autocrítica de cómo exponemos los problemas y retos que tenemos por delante. Creo que tenemos mucho que aprender de figuras como mi padre, por su capacidad de seducir, de convencer seduciendo; porque por la vía de la imposición, lo único que conseguimos es polarizar y que el otro lado, la otra posición, se haga más fuerte; debemos pasar a otro nivel, a un nivel unificador, empezar a hacer ver que el cambio que tenemos que dar va a mejorar la vida de todos y cada uno de nosotros, individualmente, colectivamente, de manera muy sustancial, que va a democratizar de verdad el actual sistema”.

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Sobre el autor

Rafa Ruiz
Periodista convencido de que las luces al final del túnel solo se ven desde una perspectiva progresista de la realidad, con un compromiso sólido con la cultura, el arte y el medio ambiente, temas a los que ha dedicado la mayor parte del tiempo de su vida profesional -10 años en 'El País' y 15 años en 'El País Semanal'-. Autor de los libros de cuentos infantiles 'Toletis' y 'Ninoninoni', codirector de la galería madrileña Mad is Mad -centrada en artistas emergentes- y uno de los socios fundadores de la Asociación de Periodistas de Información Ambiental (APIA).

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