27.12.2018

Tres libros para terminar el año aproximándonos a los bosques

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Proponemos tres lecturas verdes entre las que se encuentra ‘El bosque. Instrucciones de uso’, de Peter Wohlleben. Foto: Pixabay.

Proponemos tres lecturas verdes entre las que se encuentra ‘El bosque. Instrucciones de uso’, de Peter Wohlleben. Foto: Pixabay.

Terminamos 2018 con tres recomendaciones para abordar la cuestión ecológica, el disfrute de la naturaleza y el buen vivir a través de buenas lecturas. Para entrar en el bosque y aprender el lenguaje de los árboles y las montañas sin salir de casa. ‘Diario Rural. Apuntes de un naturalista’, de Susan Fenimore Cooper; ‘Diario del Naturalista’, de Nathaniel T. Wheelwright y Bernd Heinrich, y ‘El bosque. Instrucciones de uso’, de Peter Wohlleben. Queremos desearos así un Feliz y Verde 2019.

De la misma manera que nuevos descubrimientos avalan cada cierto tiempo que el origen de los humanos es más remoto de lo que creíamos, los nuevos “descubrimientos” o “rescates” editoriales retrasan un poco más el origen de eso que llamamos ahora ‘Nature Writing’, la escritura sobre la naturaleza y la ecología, una tendencia a la que se suman con fortuna cada vez más editoriales y que viene a cubrir la necesidad de muchos lectores de libros que aborden la cuestión ecológica, el disfrute de la naturaleza y el buen vivir.

La frase sobre esa sintonía entre la investigación antropológica y la de la literatura sobre la naturaleza se la escuché el otro día al naturalista Joaquín Araújo en Reserva Natural, un veterano e imprescindible programa de Radio Nacional (Radio 5) que desde hace años presenta y dirige la periodista Josefina Maestre. La afirmación de Araújo, colaborador habitual del programa, venía a cuento de un libro que justo yo acababa de terminar y del que había subrayado el siguiente fragmento:

“Existe una cierta leyenda extendida por el pueblo según la cual el clima ha experimentado un cierto cambio desde la llegada de los primeros colonos: cuentan que las primaveras se han hecho más inciertas y los veranos, menos cálidos; eso dicen las personas mayores que conocen el lugar desde hace cuarenta años. […] Sin embargo, quizás este asunto guarde alguna parte de autoengaño, ya que, de manera natural, somos más dados a sentir las heladas de hoy que las del año pasado, y es muy plausible que la memoria haya atenuado el clima para quienes miren atrás, desde una edad provecta, a la juventud. En cualquier caso, la teoría parece tener alguna base certera, dado que sí es un hecho bien conocido el que frutos que antaño prosperaban en la región, ahora raras veces maduran. Hace cuarenta años, las sandías se cultivaban aquí sin necesidad de semilleros, y existía un pequeño viñedo en el mismo lugar en el que las heladas han acabado con las uvas todos los años desde el último decenio”.

Aunque con resonancias que llegan hasta la actualidad, este pasaje está escrito en la primavera de 1848 y su autora es Susan Fenimore Cooper. El apellido les sonará por James Fenimore Cooper, el autor de El último mohicano, entre otras novelas, y padre de Susan. El libro en cuestión es Diario Rural (Primavera-Verano). Apuntes de un naturalista, de Susan Fenimore Cooper, editado por la editorial Pepitas de Calabaza y con un prólogo muy reivindicativo de la escritora María Sánchez.

Escrito unos años antes que Walden, la biblia del ecologismo moderno, se pregunta con acierto Sánchez en el prólogo qué habría pasado si el autor de Diario rural, donde aparece por primera vez la palabra sostenibilidad en el sentido que le damos hoy, hubiera sido un hombre en lugar de una mujer. Estoy seguro de que su recorrido habría sido diferente y de que hubiéramos sabido de Fenimore Cooper mucho antes. La propia condición de mujer de Fenimore Cooper fue una de las razones de su abandono de la literatura (es autora de una novela de enfoque social y de decenas de colaboraciones periodísticas). Tras la muerte del novelista decidió dedicarse por completo a la difusión y cuidado del legado literario de su padre, a quien también dedica su obra más conocida.

Más que comparar Diario rural con Walden, una obra más ideológica y reivindicativa, yo emparentaría este libro con otros libros de Thoreau, como Un paseo invernal o el propio diario del autor. Comparten ambos escritores la capacidad de observación de la naturaleza, la habilidad para integrarla en la vida cotidiana y la percepción de los detalles. Y ya sabemos desde Nabokov que la literatura está en los detalles. Podemos pensar en ambos autores como dos visionarios. Supieron vislumbrar los efectos que el progreso y la acción de los humanos estaba causando en el medio natural y alertaron también de cómo al desvincularnos de la naturaleza nos desvinculamos también de nosotros mismos.

Impresiona la mirada de Fenimore Coopera hacia lo que le rodea y su extraordinaria formación como naturalista, el conocimiento que tiene del entorno, algo que llamó la atención del mismísimo Darwin: “Hablando de libros, ando en mitad de uno que me está encantado: Diario rural, de la señorita Cooper. ¿Quién puede ser? Parece una mujer muy inteligente, y ofrece un relato magistral de la batalla entre nuestras malas hierbas y las de ustedes”, escribió el padre de la Teoría de la Evolución.

Con un ojo puesto siempre en el cielo de Nueva Inglaterra, donde vivía, leer a Fenimore Cooper es como ver una película a cámara lenta, por la cantidad de detalles que es capaz de observar. Nos habla de la lentitud del deshielo y de la emoción de ver cómo la vida se abre paso en el bosque con la llegada de la primavera. Su conocimiento de los animales y de las plantas que allí viven, y de cómo interactúan con los humanos, es sorprendente. La mirada de la autora, aparentemente descriptiva, incluye también una severa crítica al deterioro ambiental, entonces incipiente, y se lamenta por ejemplo de que un bosque que adoraba haya sido talado y ya solo queden los tocones.

Fenimore Cooper tiene una prosa contagiosa, que nos incita a disfrutar de la naturaleza y a convivir con los animales, una prosa contenida que no elude el aliento poético, como en esta descripción: “Ahora mismo no hay nada que pueda tener un aspecto más lúgubre que el lago. La superficie no es nieve, ni hielo, ni agua, sino una corteza apagada que le da una expresión taciturna, muy fuera del lugar frente al paisaje general en un día como este. El sol calienta los montes marrones, los pinos viejos y las tuyas orientales, dándoles un brillo primaveral que sustituye a sus largas heladas, pero al lago es imposible sacarle una sonrisa, cada vez más oscuro y plomizo con el paso de las horas”.

Fenimore Cooper, Darwin, Muir o Félix Rodríguez de la Fuente en España son algunos de los maestros que nos enseñaron a relacionaron de otra forma con la naturaleza, a disfrutar de ella. Nos demostraron que cualquier persona, con un poco de tesón y de sensibilidad, puede convertirse en un naturalista. Incluso si uno vive en un medio urbano, como es mi caso. La ciudad está llena de animales y plantas que comparten el espacio con nosotros. Se trata de observarlos, de tenerlos en cuenta. Es lo que nos plantean los profesores y naturalistas Nathaniel T. Wheelwright y Bernd Heinrich en Diario del Naturalista, publicado en una edición exquisita por Errata Naturae.

¿Qué es un naturalista?, se pregunta Wheelwright. “Alguien que comprende y disfruta del mundo natural. Puede ser un recién llegado o un experto con estudios sobre ecología. Lo que hace a la historia natural ligeramente diferente a la ecología (ese campo de la biología que se ha definido como historia natural científica) es que los naturalistas no ocultan que su interés aúna un conocimiento directo de la naturaleza y un íntimo afecto por ella que va más allá de la ciencia. En palabras del escritor Richard Mabey es “el punto de encuentro entre la vida salvaje y la emoción humana””, escribe este profesor.

De modo que usted o yo podríamos convertirnos en naturalistas si le pusiéramos empeño. Ahora lo tenemos mucho más fácil con este delicioso diario que comparten con nosotros Wheelwright y Heinrich, fruto de años de experiencia y dedicación, también de enseñanza.

“Para convertirse en un naturalista experto”, asegura Wheelwright, “lo fundamental es desarrollar la habilidad de observar los detalles más pequeños de la vida que te rodea y, así, ir adquiriendo los conocimientos para responder al porqué que los motiva. Es algo que exige un poco de práctica y organización, pero que no es difícil”.

Confieso que después de leer este libro, de consultarlo, me he marcado el objetivo de mirar de otra manera las calles y la ciudad en la que vivo, de buscar aún con más empeño la complicidad de los animales no humanos que la pueblan. El libro nos da las herramientas para hacerlo, poco a poco. Se trata, entre otras cosas, de ir fijando un grupo taxonómico (por ejemplo, las aves o los insectos o los árboles) y profundizar cada día. “Llevar un diario conduce a una mayor conciencia del entorno”, escribe Wheelwright.

En este mundo en el que nos mata la prisa y la velocidad, tan atentos a la pantalla del móvil o del ordenador o el televisor, observar el entorno, a nuestros compañeros de viaje, puede ser una manera de detener el tiempo. No se trata de despreciar algunas prácticas que se han puesto de moda últimamente para retener el tiempo, como el mindfulness, que está muy bien, pero a veces basta con pararse un poco y observar las ramas de un árbol, fijarnos en quién vive ahí, cómo cambian las hojas con las estaciones. En este sentido, habitar en un mismo lugar es una ventaja porque nos permite conocer con más detalle el entorno.

Para quienes somos un poco fetichistas con los libros, en Diario del naturalista encontramos no solo una puerta que nos lleva a convertirnos en expertos en la naturaleza, a disfrutar de ella, sino también a disfrutar de sus páginas, en una estupenda edición con ilustraciones de los propios autores, muy amena, y accesible para cualquier persona que vea algo más que un objeto cuando se cruce con un árbol en su camino al trabajo.

La indagación personal, la búsqueda, a veces puede tener resultados sorprendentes. Es lo que le pasó al ingeniero forestal Peter Wohlleben. Cuando era joven, no tenía muy claro qué quería estudiar. Pensó en cursar Biología, pero un anuncio en un periódico en el que la Administración de Renania-Palatinado solicitaba aspirantes para un curso forestal cambió su vida. Y no porque el curso, basado en las prácticas forestales habituales, le enseñara cómo había que tratar los bosques, sino todo lo contrario. “Lo que me encontré después en el trabajo práctico no tenía nada que ver con mis sueños. El manejo de la maquinaria pesada que destruye el suelo del bosque no era más que la punta del iceberg. La aplicación de venenos con insecticidas de contacto, las talas o la eliminación de árboles más antiguos (las viejas hayas, que tanto adoro); todo esto me resultaba cada vez más chocante”.

Este descubrimiento llevó a Wohlleben a investigar otros modelos de gestión forestal más sostenible y ecológico y hoy se ha convertido en un referente en Alemania. El nuevo modelo de gestión se basa en la implicación de la población local y eso pasa por concertar visitas guiadas al bosque para que los ciudadanos conozcan sus secretos. Algunos de ellos los contó en La vida secreta de los árboles y La vida interior de los animales. Ahora, la editorial Obelisco publica El bosque. Instrucciones de uso, un libro divertido y ameno que nos propone un paseo por uno de esos bosques.

Con un sorprendente conocimiento del medio, el libro nos propone una nueva manera de mirar a los árboles y descubrir que son capaces de comunicarse entre ellos, por ejemplo. Cómo orientarse, qué indumentaria llevar, cómo reconocer las especies vegetales o seguir el rastro de los animales, son algunas de las pistas que nos da este naturalista para no perdernos en la vida de los bosques, tan beneficiosos para los seres humanos. Wohlleben no elude temas controvertidos como la legitimidad de la caza hoy en día. En último término, El bosque. Instrucciones de uso es un alegato para que conozcamos, cuidemos y protejamos el lugar de donde venimos.

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Sobre el autor

Javier Morales
Soy escritor, periodista y profesor de escritura creativa. He publicado las novelas “Trabajar cansa” y “Pequeñas biografías por encargo” y los libros de relato “Ocho cuentos y medio”, “Lisboa” y “La despedida”. Imparto clases de escritura creativa en el taller de Clara Obligado y en la Escuela de Escritores. En Área de Descanso hablo de los libros que me gustan. Puedes seguirme en:

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Un comentario

  • El 30.12.2018 , Eva Manzano Plaza ha comentado:

    Hola, Javier.

    Me ha encantado tu artículo. Gracias por aconsejarnos con estas lecturas para un año más verde. Me gustaría considerarme una naturalista, aunque últimamente permanezco demasiado en la ciudad. Pero mi amor sigue intacto.
    Te quería recomendar un libro que me pareció muy bueno, es de una escritora que se llama Annie Dillard y el libro “Una temporada en Tinker Creek” está publicado en Errata Naturae. Recibió el premio Pulitzer de ensayo. Es delicioso!

    Ojalá llueva pronto y nieve 🙂 Y podamos combatir con inteligencia los problemas que causamos a nuestro planeta.

    ¡Feliz Año, Javier!

    Un abrazo,

    Eva

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