18.07.2016

Una editorial ‘Minúscula’ frente a la tiranía del libro-novedad

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Valeria Bergalli: Foto de I. F.

Valeria Bergalli: Foto de I. F.

Ha cumplido 17 años y la editorial Minúscula es ya una referencia ineludible dentro del campo editorial y literario de nuestro país. Hablamos con su creadora, Valeria Bergalli, que en esta entrevista subraya la importancia de centrarse en la calidad literaria, el respeto a los lectores y el cuidado a autores y traductores, frente a diversas tiranías del ultra-capitalismo que están perjudicando enormemente al libro: desde las listas de los más vendidos y de la novedad por la novedad, al ‘reseñismo’ en los medios de comunicación frente a la auténtica crítica literaria.

Fundada en 1999 por Valeria Bergalli, Minúscula comenzó su andadura con un catálogo centrado en la literatura del siglo XX, en concreto, la literatura de tradición germánica e italiana. Autores como Maria Madieri, Joseph Roth, Klaus Mann o Irmgard Keun fueron los primeros nombres que conformaron el catálogo de Minúscula, catálogo que a lo largo de estos años ha ampliado su perspectiva geográfica y temporal. Autores contemporáneos, como Gonzalo Maier, José Luis de Juan o Jennifer Egan se han sumado a la propuesta literaria de Valeria Bergalli, para quien la literatura trasciende las fronteras y las demarcaciones temporales.

Como en otras ocasiones, quisiera comenzar la entrevista pidiéndote que me definieras la editorial Minúscula.

Minúscula nació en 1999 y los primeros libros se publicaron en octubre del 2000. Nació con el objetivo de publicar determinados libros con pasión, con entusiasmo y con curiosidad intelectual. Y quiero subrayar este último aspecto porque por lo general se suele poner el acento en el entusiasmo –con toda la razón, por cierto, porque sin él sería imposible dedicarse a la edición de esta manera-, pero no se destaca lo suficiente la curiosidad intelectual, que, al menos en nuestro caso, es la que nos lleva a publicar ciertos títulos.

En una ocasión, comentabas que tu formación universitaria en Antropología estaba, en parte, detrás de la colección ‘Paisajes Narrados’.

Es posible que haya una relación entre mi formación en Antropología y esta colección. Cuando me dedicaba a la Antropología, hace ya tiempo, me interesé por la antropología urbana y, dentro de ese campo y durante una época, por el imaginario urbano. La literatura es una de las artes que contribuyen a la construcción y a la expresión de ese imaginario. En este sentido, la relación entre mi formación y la colección es bastante directa, aunque Paisajes Narrados es un proyecto exclusivamente literario y los lectores de esta colección no tienen que tener ningún tipo de formación antropológica para acercarse a los libros que la componen. Los libros que aquí se reúnen son literarios.

Uno de los primeros títulos que publicasteis fue ‘Verde agua’, de Marisa Madieri, con posfacio de Claudio Magris, libro que, podríamos decir, explicita el interés por el imaginario urbano y el imaginario cultural de los espacios.

A toro pasado puedes ver claramente cómo hay algo más que solo casualidades en la elección de un libro. Y sí, diría que en la publicación del libro de Marisa Madieri estaban ya las preguntas que son ciertamente recurrentes en el catálogo: la cuestión de la identidad, el papel de la frontera, el exilio, el peso de la infancia, la mirada sobre los paisajes, etc. El posfacio de Magris pone de manifiesto todo eso de manera brillante.

Algo similar podríamos decir de ‘Las ciudades blancas’, las crónicas de Joseph Roth que siguieron al título de Madieri y que juntamente con ‘Verde agua’ resume el interés por la confluencia cultural germánico-italiana, tan presente en la editorial.

Bueno, Roth y Madieri son representativos de, como te decía, una serie de interrogantes presentes en el catálogo de Minúscula, interrogantes que fueron formulados con especial sensibilidad por escritores de un área geográfico-cultural que podríamos denominar centroeuropea, aunque me parece importante subrayar que en el catálogo no nos hayamos limitado a publicar escritores de ese área. En el caso de Roth, además, su publicación respondía a mi interés por dar a conocer su faceta de cronista. Hasta ese momento, en España, Roth era conocido como novelista y yo quería que se conociese su trabajo como periodista: primero publicamos Las ciudades blancas, luego Crónicas berlinesas y Viaje a Rusia. Posteriormente, otras editoriales retomaron también el Roth cronista.

Podríamos, por tanto, decir que fuisteis los primeros en poner en valor al Joseph Roth cronista.

Para mí es muy difícil decir que Roth es mejor cronista que novelista, sobre todo teniendo en cuenta La leyenda del santo bebedor, por ejemplo. Sin embargo, aun gustándome mucho toda su obra, debo decir que el Roth cronista es el Roth que más me apasiona y de ahí el particular interés por publicar, entre los primeros títulos de Minúscula, Las ciudades blancas. Además, este libro es representativo de otra vía de aproximación al interrogante que está en la base de la colección Paisajes Narrados, es decir, la curiosidad por la mirada literaria sobre los paisajes. Y digo mirada literaria refiriéndome al Roth cronista, porque al publicar Las ciudades blancas y sus otros títulos lo que estábamos afirmando es que la crónica es literatura.

¿En Minúscula hay la voluntad de considerar el periodismo como literatura y, por tanto, no diferenciarlo de los textos puramente literarios enmarcándolo en una colección aparte?

En Minúscula, desde el principio, hemos hecho lo posible por no distinguir entre géneros. Lo de separar textos y colocarlos en compartimentos estancos siempre me ha parecido que juega en contra de la literatura. Además, hay que tener en cuenta que la propia novela cada vez es más difícil de clasificar en cuanto se está haciendo más digresiva, más ensayística… De la misma manera que el ensayo está tendiendo cada vez más a lo narrativo. En fin, hay una confluencia entre los géneros -que no comenzó ayer, por cierto, pero de la que los lectores están tomando cada vez más conciencia- y encerrar los textos en colecciones de narrativa, ensayo o periodismo empobrecería, en mi opinión, la propuesta que hacemos desde la editorial.

Esta confluencia se hace patente en la interrelación de las colecciones de Minúscula: pienso en ‘Paisajes Narrados’ y ‘Con vuelta de hoja’, hay una relación tan estrecha que podrían compartir, en ocasiones, mismos títulos.

Hay bastante sintonía entre las distintas colecciones. Esto se debe a que, en el fondo, comparten un punto de vista. De hecho, una editorial es un punto de vista sobre la literatura y el mundo, por lo que las colecciones no deberían contradecirse entre ellas. Además de un punto de vista, me imagino una editorial como una casa. Y el lector debe poder entrar en esa casa a través de las distintas puertas y ventanas, correspondientes a las colecciones, y debe poder circular por las distintas estancias; el objetivo final es que el lector quiera quedarse a vivir en esa casa, o sea, que se establezca una continuidad en la relación del lector con la editorial y sus propuestas.

¿Y el dibujo de las colecciones responde a esta definición de editorial?

Efectivamente, por ello las colecciones, por más distintas que sean, comparten ciertas características.

¿Es también el modo de que el lector se sienta cómodo y transite, por tanto, de una colección a otra y, a la vez, identifique la editorial y su propuesta?

En primer lugar, la idea de trabajar con colecciones tenía bastante que ver con lo que mencionas, si bien por el tamaño de la editorial y por la cantidad de títulos que publicamos al año, creo que nos hubiera favorecido una colección única, probablemente nos habría ofrecido mayor visibilidad. Sin embargo, la presencia que hemos alcanzado con las colecciones ha afianzado mejor a los lectores interesados en temas muy particulares. Hay lectores de Paisajes Narrados absolutamente fieles a esta colección, a tal punto que nos escriben o nos llaman por teléfono para pedirnos dónde localizar el número de la colección que les falta. Lo mismo sucede con la colección Alexanderplatz: hay lectores que quieren tener todos los títulos de esta colección porque les interesa su planteamiento.

Podemos, por tanto, hablar de lectores fieles a colecciones.

Hay lectores muy fieles a las colecciones, lectores que siguen atentamente todo lo que se publica dentro de la colección -o colecciones- que les interesa. Por otro lado, a mí personalmente, me permiten saber en qué ámbito moverme y qué libros, por mucho que me apasionen, no son para nosotros. Podríamos decir que, en cierta manera, el diseño de las colecciones me limita, pero algunos límites son útiles y necesarios.

Las colecciones te permiten dar coherencia al catálogo.

Una coherencia que no sé si es evidente para el lector, pero que para mí es esencial a la hora de trabajar. Podríamos decir que son límites sobre todo para mí, para así evitar la dispersión que creo que hubiera sido inevitable de no haber colección alguna.

¿La coherencia interna del catálogo se impone al gusto del propio editor y, por tanto, puede obligar a excluir determinados títulos?

Indudablemente. Ahora bien, creo que a veces la coherencia se malinterpreta, es decir, se toma al pie de la letra y se empobrece. La coherencia de un catálogo, para mí, no tiene que ver con límites geográficos, no tiene que ver con límites temporales ni tampoco de género; la coherencia tiene que ver con la calidad literaria.

De hecho, podríamos decir que Minúscula abarca la literatura desde principios del XX hasta la actualidad.

Minúscula comenzó publicando autores que no eran estrictamente contemporáneos (y no solo de principios del XX, también hemos publicado títulos de Balzac, Pushkin, Gógol, Chéjov…), si bien no mucho después empezamos a publicar también a autores actuales. A pesar de ello, se nos siguió considerando durante mucho tiempo como una editorial centrada en la literatura del primer tercio del XX… No tengo nada en contra de esto, me parece una época fascinante, fundamental, pero a nuestros autores contemporáneos, probablemente, les perjudique este tipo de categorización, porque les resta protagonismo.

Efectivamente, tenéis una colección, ‘Tour de Force’, centrada en literatura actual.

Sí, en esa colección hemos publicado a Jennifer Egan, Jon Bauer, Leonor de Recondo, etc…, pero no se trata solamente de enmarcarlos en una colección distinta, sino de reforzar la presencia de autores actuales sin tener que renunciar a otros. Cuando publico un autor de hace 80 o 90 años, lo que me interesa es la capacidad de ese autor o de esa autora de establecer un diálogo con lo contemporáneo. Me interesa un autor del pasado en la medida en que nos dice algo del presente. En este sentido, el autor del pasado puede ser tan contemporáneo como un escritor actual.

¿La contemporaneidad se define por la relación del texto con el presente y no por el marco temporal del autor?

Diría que sí. Los textos de autores del pasado que describieron particularmente bien el momento en que vivían –o lo que estaba por venir– son los que dialogan mejor con el presente en la medida en que plantean preguntas que nos parecen significativas o manifiestan una sensibilidad que nos resulta próxima.

Minúscula, como señalábamos antes, empezó publicando principalmente traducciones, en concreto, traducciones del alemán. Por tanto, imagino que para ti, en tanto que editora, el papel del traductor es casi tan importante o igual de importante que el del autor.

La traducción, como parte integrante del proceso literario, me parece fascinante. Me interesan todos los aspectos relacionados con ella, quizá porque ya muy pronto entré en contacto con otras lenguas. Sin la traducción no habría literatura universal. Para nosotros, la elección del traductor idóneo es de gran importancia. Me daría miedo publicar un texto sin tener la sensación de que contamos con el traductor adecuado. Y, por cierto, aprovecho para aclarar un malentendido: es verdad que las traducciones del alemán son la especialidad de la casa –de hecho, en la colección Alexanderplatz publicamos novelas y ensayos acerca de la realidad alemana y de las áreas geográficas sobre las que esta ha tenido influencia-, pero lo cierto es que a lo largo de los años hemos publicado obras traducidas de una decena de lenguas.

Siempre se ha dicho que España es un país de lectores de novela, si bien algunos señalan un incremento del interés por el ensayo y la no ficción. ¿En estos 15 años de trayectoria has notado un cambio en el interés por la no ficción?

Minúscula no es una editorial muy típica y, por lo tanto, me cuesta responderte en términos generales; yo sólo puedo responderte desde mi experiencia. Los ensayos que nosotros publicamos son bastante literarios, con algunas excepciones, como por ejemplo LTI. La lengua del Tercer Reich, de Victor Klemplerer, que es un ensayo algo más académico –que se lee estupendamente bien, está escrito con una gran ironía—, resultado de una investigación, y a partir de los materiales que el mismo Klemperer recogió en sus diarios. En Minúscula, el ensayo siempre ha funcionado bien, desde el propio LTI hasta El sexo y el espanto, de Pascal Quignard, mucho más literario, o la correspondencia entre Freud y Einstein sobre la guerra, un volumen que no deja de ser de ensayo. En nuestro caso, el interés de los lectores por estas obras se ha mantenido a lo largo del tiempo e, incluso, en algún caso, como el de LTI, hasta se ha incrementado, es un libro que ha conseguido tener cada vez más lectores.

Y desde tu experiencia, puesto que tenéis una colección, ‘Microclimes’, en catalán, ¿el campo lector catalán es diferente?

Microclimes es una colección concebida de forma autónoma; en ella publicamos obras en catalán que no necesariamente publicamos en castellano. Me parece que ha llegado el momento de que las propuestas literarias en catalán dejen de pensarse como secundarias respecto a las propuestas en castellano. Es decir, el campo literario en catalán debe considerarse como un campo autónomo, entre otras cosas porque la historia editorial catalana tuvo esta autonomía en ciertos momentos. Nosotros hemos publicado recientemente un libro de Panait Istrati, un autor que se había publicado tanto en castellano como en catalán, pero siempre desde Barcelona, que fue el foco de difusión de Istrati también en castellano, pues aquí había una sensibilidad más acusada por la obra de este autor. El hecho de que ahora volvamos a publicar a Istrati enlaza con esa historia de la edición catalana, con un trabajo que se inició hace tiempo.

¿Y se perdió?

Bueno, sucedieron muchas cosas, pero nosotros contribuimos con nuestro granito de arena para que Istrati vuelva a estar presente en el campo catalán. Nuestra colección en catalán es, en definitiva, un intento de no ir a remolque del campo editorial en castellano.

En vuestro catálogo, encontramos autores consagrados como Joseph Roth, autores alemanes que no habían sido traducidos antes, autores contemporáneos en castellano… A nivel de recepción lectora, ¿funcionan de forma distinta un autor como Roth y un autor desconocido traducido o un autor en castellano?

Si la pregunta es qué libros han tenido más aceptación entre los lectores, la respuesta es que son variados y que no responden a un patrón. Está Verde agua de Marisa Madieri, LTI. La lengua del Tercer Reich de Klemperer, La isla de Giani Stuparich, El sexo y el espanto de Pascal Quignard, los Relatos de Kolimá de Varlam Shalámov …

No hay patrón fijo.

Efectivamente, no hay patrón. Y respecto a la recepción de los autores españoles, tampoco. Además, hay que tener en cuenta que no podemos comparar la recepción de los títulos que te he mencionado, que ya tienen algunos años, con la recepción de nuestros autores en castellano, cuyas obras son más recientes. Dicho esto, la recepción que ha tenido Gonzalo Maier, al que el año pasado le publicamos un libro y ahora otro, ha sido muy buena; Aleksandra Lun, una autora polaca que escribe en castellano, también ha sido bien recibida con Los palimpsestos; lo mismo pasó cuando, hace ya algunos años, publicamos Castilla y otras islas, de Jesús del Campo, una obra que circuló bien para ser un libro difícil de clasificar, y también podría hablarte de José Luis de Juan, cuya novela La llama danzante va a ser traducida en Francia…

Como afirmabas antes, la incorporación de literatura actual en castellano es más reciente.

Sí, son obras que tienen menos trayectoria que Verde agua, por ejemplo, y por tanto no pueden compararse. No se puede comparar la trayectoria de un libro publicado en el 2000 con uno publicado en 2015, si bien creo que es posible hablar de una buena acogida de ambos entre los lectores. Quizá lo más llamativo de los datos que te he dado es que, en el caso de Minúscula, los libros más vendidos de nuestro catálogo son libros que se van vendiendo de forma sostenida, es decir, nuestros best sellers son long sellers.

Es decir, el éxito de estos libros no es momentáneo, no se debe a un boom momentáneo.

Exacto, no son libros que hayan vendido muchos ejemplares los primeros meses y ya está. Al contrario, se trata de títulos que se siguen vendiendo. Produce una gran satisfacción ver cómo tus libros, a lo largo de los años, van encontrando lectores nuevos, van sumando lectores, y esto, por más que piense que la cuestión de las ventas hay que cogerla con pinzas, confirma la idea de que la novedad como protagonista absoluta de la industria editorial es muy discutible.

¿Lo que permite este éxito continuado es el boca-oreja entre lectores, que no dejan de recomendar estos títulos?

Lo que hace que un libro se mantenga en vida son precisamente los lectores cautivados, que pueden transformarse en auténticos promotores de la obra. Son ellos quienes hacen posible que un libro se mantenga vivo -en el sentido de que sigue circulando- a lo largo del tiempo.

¿Más que la crítica o los medios de comunicación? Lo pregunto pensando en la gran presencia en medios que tuvo Shirley Jackson.

Sí, una gran presencia, y, por suerte, la mayoría de los artículos subrayan, tanto en el caso de Siempre hemos vivido en el castillo como en el de Cuentos escogidos, la relevancia de Jackson en tanto que escritora a secas, alejada de cualquier género en el que años atrás pudo haber estado encasillada. Pero debo decir que, en términos generales, me desconcierta la prensa en los últimos tiempos. Me parece que la crítica ha entrado en una deriva, por decirlo de alguna manera, bastante imprevisible. Es erróneo generalizar, pero está costando reconocer criterios en la crítica que se hace en los suplementos; no lo sé, probablemente la crítica esté en otra parte y esta parte todavía tenga que aflorar. O eso espero. Lo que hay actualmente es otra cosa. Hay quien se refiere a ello como reseñismo. En cualquier caso, es bueno distinguir.

Y, por tanto, si la crítica ya no tiene un papel determinante, ¿lo que consagra un libro es el boca-oreja y no la aparición en medios?

Sin duda. La aparición en medios de comunicación ayuda, porque se publica mucho y, por tanto, el mero hecho de que un libro salga en un medio y de forma destacada supone que muchos lectores van a enterarse de que ese libro existe. En este sentido, los medios son importantes. Luego, la influencia real de los medios en la difusión de los libros es relativa; no se puede establecer una relación de causa-efecto entre la aparición en los medios y el éxito comercial de los libros. Es distinto, quizás -y esto lo digo en términos meramente mercantiles-, cuando se publican artículos sobre un mismo libro de forma casi simultánea; esto produce un impacto y tiene repercusión. Pero el goteo de artículos no repercute tanto.

En definitiva, los lectores son la pieza determinante.

Sobre todo en casos como el nuestro, la proyección de nuestros libros está casi toda en manos de los libreros y los lectores. Cuando los lectores hacen suyo un libro, lo recomiendan con entusiasmo a sus amigos, lo regalan, incluso llegan a llamar la atención del librero sobre la importancia del libro, es entonces, solo entonces, cuando el libro llega a círculos más amplios.

Has mencionado al librero. La mayoría de los editores entrevistados subrayan el papel que juega, sobre todo del librero independiente, en el éxito de un título y en hacer llegar determinados títulos, a lo mejor con menos eco mediático, a los lectores.

Suelo referirme a los libreros como socios implícitos, nos necesitamos los unos a los otros. Los editores necesitamos a los libreros por la visibilidad que nos dan y ellos nos necesitan a nosotros para poder distinguirse de cualquier otra librería y llevar a cabo su propia selección. En este sentido, hay editores y libreros que trabajamos con criterios muy similares, en ambos casos hay una vocación cultural. Ahora bien, a mí me alegra mucho que a pesar de la crisis hayan nacido nuevas librerías, me parece además fantástico que lo hayan hecho en barrios donde no las había -pienso sobre todo en Barcelona-, pero me sigue preocupando el futuro de las librerías de fondo. Por edad, soy de las que se formaron como lectoras en las librerías de fondo.

¿Se compraban libros no en base a la novedad?

Se iba a mirar y comprar todo tipo de libros, no solo a buscar la novedad, y la librería tenía tanto fondo en exposición que era posible encontrar casi cualquier tipo de libro y sobre casi cualquier tema. Funcionaban casi como bibliotecas.

Sin embargo, para ello no solo se necesitan librerías con espacio para tener un gran fondo, sino un sustrato lector que consuma habitualmente.

Sí y, sin embargo, no escasean los libreros que dicen que lo que mejor les funciona es el fondo. Hay librerías de fondo que dicen que el fondo está cobrando cada vez más vida; esto es algo que hay que tener en cuenta.

¿De qué crees que es síntoma?

Me gustaría creer que tiene que ver con un criterio propio por parte de los lectores, que se alejan de la tiranía de las novedades. Con esto no quiero decir que considere las novedades como algo nocivo, pero sí que creo que, en los últimos años, las librerías –y de rebote los lectores- han padecido una aceleración imparable de circulación de libros, una circulación que no da tiempo a los libros para que se asienten. Los libros, por naturaleza, tienen un ritmo lento: tienen que ser leídos y digeridos para que se produzca una reacción, que puede ser de entusiasmo o de indiferencia. Y, sin embargo, muchas veces nos encontramos con que los libros se quedan tan poco tiempo en las librerías que, cuando ya han sido leídos por aquellos lectores que se han entusiasmado y empiezan a recomendarlos a otros, ya no se encuentran. Claro que se pueden recuperar y pedir, pero…

Pero la no presencia del libro en la librería puede disuadir al lector de comprarlo.

Sí y todo esto viene motivado, como te decía, por la tiranía de la novedad instigada por dinámicas de ultra-capitalismo aplicadas la industria del libro, dinámicas que buscan obtener no solo el máximo rendimiento, sino hasta beneficios imposibles.

Es un leit-motiv el que se publica demasiado y que los tiempos son demasiado rápidos, el sector de libro reconoce el problema y, sin embargo, todos siguen la tendencia para no perder el tren y quedarse atrás.

Se trata de dinámicas tan instaladas que, si quisiéramos cambiarlas, las consecuencias que tendría este cambio serían terribles en un primer momento. De ahí que se perpetúen. Lo que sucede es que sí que se podría ir desacelerando el mercado paulatinamente. Creo que con la crisis algo se ha hecho en este sentido, pero quizá en cuanto se vislumbre una mejora se volverá a las andadas.

De lo que no cabe duda es de que, independientemente del número de lectores y las ventas, en los últimos 10 o 15 años se ha enriquecido el escenario editorial con el nacimiento de gran número de editoriales independientes.

Las propuestas nunca han sido tan variadas, algo que es muy positivo para los lectores, pero también para los libreros, que ahora tienen un enorme campo donde escoger y así hacer sus propias propuestas. Sin embargo, es imposible no preguntarse: ¿para quién se está editando? A mí me parece muy bien todo el trabajo que se ha hecho y bienvenido sea, pero también nos tenemos que preguntar para quién editamos. Tenemos cierto grado de responsabilidad en la creación de nuevos lectores, que es la gran tarea pendiente. Es una responsabilidad relativa porque debería ser sobre todo de quienes diseñan las políticas educativas, pero no podemos mantenernos al margen. La sensación que se tiene es que la mayoría de las nuevas propuestas se dirigen a un determinado tipo de lectores, siempre el mismo, que no parece aumentar. Y, por tanto, habrá que preguntarse qué podemos hacer para ampliar la base lectora, sin perder un ápice de vocación cultural a la hora de publicar. A veces, lamentablemente, se da por supuesto que para llegar a más lectores hay que renunciar a la calidad. No estoy de acuerdo.

Las listas de libros más vendidos muchas veces subrayan esto: para vender hay que reducir la calidad.

Eso ha sido casi siempre así. Si piensas en épocas pasadas, también se publicaban y se vendían mucho cosas que no tenían ningún valor literario, y esto sigue pasando hoy como pasaba ayer. El problema es que hay una obsesión por los más vendidos: acaba la Feria del Libro de Madrid y aparece la lista de los más vendidos, termina Sant Jordi y aparece la lista de más vendidos, y así también cada semana en algunos de los suplementos o las propias editoriales anunciando cuáles son sus libros más vendidos, pero ¿por qué esta obsesión?

En una ocasión, un editor me dijo que Sant Jordi era el día en que compran los libros aquellos que nunca o casi nunca compran libros.

En estos últimos años, y en concreto este año, se llegó a la conclusión de que la lista de los más vendidos de Sant Jordi representaba un porcentaje mínimo de las ventas totales. Es decir, hay muchos Sant Jordi en un mismo día, pasan muchas más cosas en la Feria del Libro de Madrid y, por lo tanto, es una distorsión aferrarse a esa obsesión por los más vendidos.

Supongo que es difícil oponerse abiertamente al evento mediático que gira alrededor de determinadas celebraciones del libro.

Personalmente, celebraría que dejáramos de poner el foco en los más vendidos y habláramos de otras cosas. Además -y sin ánimo de relacionar automáticamente “más vendido” con baja calidad literaria porque, a veces, por suerte, no es así- a lo largo de la historia se ha leído siempre mucha literatura efímera, llamémosla así; de modo que dejemos de poner el foco en ella y en los libros que más venden y hablemos de otra cosa.

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