03.06.2013

ZAZ, la Edith Piaf de la era de YouTube

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Foto: Yann Orhan

Ha nacido una nueva Piaf. Menos atormentada, pero igual de vibrante, capaz de traspasar corazones con el nervio de su voz. La francesa Isabelle Geffroy, que en 2011 se convirtió en una estrella de la galaxia YouTube, ha fichado por una discográfica grande, Sony, y saca su segundo disco: 14 temas delicados y rítmicos, que nos harán ver que, a pesar de tantos eclipses, sigue habiendo esperanza.

ALBERTO D. PRIETO

Debe de ser muy duro heredar el trino de la Piaf. Y encajarlo, saber qué hacer con él. Porque una cosa es cantar para tus colegas entre cervezas y humo, y otra muy distinta afrontar el reto en público. Ante el gran público.

Isabelle Geffroy no ha debutado en el Olympia, ni falta que hace. Lo hizo en el YouTube viral que todos pudimos ver el año pasado, antes de conocer su nombre artístico: ZAZ. Y cuando supimos que no era una chica guapa más de las que daba buen rollo a los turistas del Montmartre a cambio de unos euros en la gorra, nos alegramos de que su primer disco llevase ya dos años dando tumbos en el silencio de las estanterías de cualquier Fnac… Y de que haya llegado el siguiente: Recto verso (Sony), una colección de 14 temas diversos, delicados y rítmicos, melódicos y vibrantes.

La Piaf original fue enorme porque el nervio que le asomaba en el cuello vibraba con ella a cada nota. Cantaba con las tripas y echaba el corazón por la boca. La misma por la que se había alcoholizado antes de pisar las tablas. Y después. En la soledad del camerino. Entre visita y visita de admiradores. A los que ladraba. Harta. O amorosa. O las dos cosas a la vez. Porque la Piaf, Edith Piaf, pedía amor a gritos y lo rechazaba con una mirada de desdén. Lo mismo en la cama que en el escenario. Todos pensamos que ese vibrato en la voz era privativo de los discos de acetato y vinilo, sospechábamos que su sonido se alimentaba de la aguja y el surco y del crujido suave de las motas de polvo, que con una materia prima tan arrolladora detrás, siempre aportaba la atmósfera adecuada. Hasta que llegó el año 2010 y quisimos viajar a París para, entre otras cosas, echar unas monedas a ZAZ camino de Pigalle, en agradecimiento por su emocionante Je veux.

Isabelle Geffroy llegó como un torbellino a todos nuestros muros de Facebook y poco a poco consiguió datos apabullantes: entre 2011 y 2012, logró vender más de 1,7 millones de discos en todo el mundo. Su álbum de debut fue disco de diamante en Francia; doble platino en Alemania, Rusia, Polonia, Bélgica, Suiza y Turquía, y oro en Grecia y Austria. Cifras de vértigo, como los más de 23 millones de visionados de sus canciones en YouTube. Pero nos dejó con ganas de más. Sonriendo, chasqueando la garganta y los dedos, invitándonos a una vida mejor, más feliz y menos material, con un mensaje sencillo: no me líes con regalos y joyas, dame risas y amor; con eso basta.

No fue la única heroicidad de Geffroy. La joven, además, ha sabido darle la vuelta como un guante a su referencia principal y apostar por la alegría. Y es que los canarios solían alegrar los salones de las casas, hasta que Louis Leplée dobló una esquina de las callejas cercanas al Sacré Coeur y tropezó con una niña de nombre Édith Gassion y la bautizó Piaf. Desde entonces supimos que los trinos guardaban notas tristes, inacabadas, deseosas, desgarradas. Qué se podía esperar de una niña nacida bajo una farola del frío diciembre guerramundialista y parisino de 1915, la hija de un borracho acróbata que había dejado preñada a una cantante ambulante. Cuando cantaba en Pigalle por unos francos ya era una niña criada con más vino que leche y que echaba los ratos ensayando sus tonadas sentada sobre las sábanas sucias de un burdel.

La Môme Piaf, la niña canario, escupió siempre su alma a borbotones tratando de llenar vacíos. Por eso todos decían de ella que era generosa y apasionada. De ascendencia argelina, cuando ya era la reina del music hall parisino, se ocupó en salvar judíos durante la ocupación nazi de Francia; a cada cantante que se le acercaba lo adoptaba de secretario, se lo llevaba a la cama y lo lanzaba al estrellato (Moustaki, Aznavour…). A un lado u otro del Atlántico, reinaba en un mundo agresivo, y ella lo atemperó a base de amor, alcohol, música y morfina.

Toda de negro siempre sobre el escenario, se casó y enviudó de todo, hasta de algún marido. Tuvo accidentes, buscó muchos de ellos, y alguno terminó de machacar su cuerpo desgraciado: bajita, enclenque, feúcha, adicta. Si nacer es empezar a morir un poco, Edith Piaf comenzó a hacerlo desde aquella farola en el 72 de la rue Belleville y lo alargó casi 48 años hasta su cottage de Plascasier, pequeñita y encogida, como un pajarillo muerto en el suelo de su jaula. Con la misión cumplida: nadie cantó mejor las calles de Paris, nadie amó más, nadie sufrió más, nadie se desgastó más.

Antes, la vida culminaba tras un largo camino. Hoy el mundo globalizado ha cambiado las tornas y se necesita empezar por la cumbre. Pese al solfeo, la formación reglada, los cursos pagados por papá en Burdeos, el esfuerzo no es por llegar, sino por mantenerse: Las diferentes tomas de Je veux superaron cada una los 10 millones de visitas en la web de vídeos en pocos meses -hoy van por 15 millones-. Y pese a que guapa y fea, alegre y decadente, de buena familia y abandonada, nada tienen que ver la una y la otra, ambas, ZAZ y Piaf, comparten algo más que el trino: el sentido de éste, quizá: la esperanza.

En aquel primer disco de ZAZ, sin inversión casi, en un sello pequeño (Play), con una portada de todo a 100 y sin buscarle un título, y en este nuevo, que se ha hecho esperar por el mimo de la productora (Sony), de sonido limpio y promoción global, todo el repertorio de la joven francesita del siglo XXI es un canto a un mundo mejor, una ilusión por caminar juntos y entenderse. Un fuego de campamento constante.

Ella misma lo sabe, su gorjeo heredado tiene una misión, que se explicita en los versos de On ira, el sencillo lanzado hace unos días a todas las radios, ya sean de dial o de url: “No merecemos más que lo que compartimos, los niños son los guardianes del alma, y seguirá habiendo reinas mientras haya mujeres”.

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14 comentarios

  • El 03.06.2013 , Helena ha comentado:

    “a cada cantante que se le acercaba lo adoptaba de secretario, se lo llevaba a la cama y lo lanzaba al estrellato (Moustaki, Aznavour…). ”

    Cielos, que sexista comentario, soys unos neomachistas pero del otro sexo.

    • El 03.06.2013 , Rob ha comentado:

      Puff, si seguimos así ya no se va a poder ni hablar…

  • El 03.06.2013 , Belén ha comentado:

    Zaz es una pasada, sus letras, música, … en casa desde hace un par de meses suena a diario. Cada uno tiene su canción favorita… “je veux” “comme-çi comme-ça”…

  • El 03.06.2013 , Alberto D. Prieto (@ADPrietoPYC) ha comentado:

    Joé… jamás me habían dicho eso. Espero que no sea malo del todo. No sé cómo interpretarlo… ains

  • El 03.06.2013 , Aaaa ha comentado:

    Acabo de conocerla por este artículo. Sin duda, una voz preciosa

  • El 03.06.2013 , Miquel Àngel ha comentado:

    Dejad a Edith Piaf tranquila.

  • El 15.06.2013 , Clarisa ha comentado:

    Me encanta esta mujer, Zaz, todo en ella es excepcional y no hay parangón posible, para mí es única, no me canso de oírla.

  • El 17.06.2013 , Angel Rueda ha comentado:

    ZaZ es impresionante. Pero este Articulo no se queda atrás. Un gran articulo, cargado de pasión e historia. Alberto, me has dejado impresionado he sentido la musica de estas dos mujeres mientras te leía. Grande. Mis felicitaciones.

  • El 27.05.2014 , Joaquín ha comentado:

    La Edith del Siglo XXI. Aquella fue el gorrión triste y sufriente de Paris, ésta la alondra alegre que goza cantando. No me cansaré nunca de mirarlas y escucharlas.

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